«A porrón»

 

A mi padrino y tío, Paco.

El viernes por la mañana me disponía a comenzar a pintar un cuadro. Hace mucho tiempo que no pinto, mucho. En el sentido más amplio de la palabra. Además, ni tan siquiera lo hago bien, lo hago por expresarme quizá, por intentar aprender… Tengo varios pintados, los tiene casi todos mi padre; ¿acaso él me va a decir lo feos que son y que deje de pintar? Evidentemente ambos hemos consensuado que no es mi fuerte; no obstante, bien me conoce y sabe que la pintura me hace escapar. Al igual que la escritura.

Con la música puesta y ante un lienzo en blanco, me puse a pensar qué pintar. No se me ocurría absolutamente nada. Y miren que siempre he sido de pintar aunque fuesen formas geométricas, algo siempre salía. Pues no. totalmente bloqueada. Pero como hace ya unos meses, para qué lo voy a negar. Si son ustedes algo seguidores de mis reflexiones (gracias por gastar su tiempo en mis humildes letras) lo habrán percibido. Si no, pues ya les informo yo. Así pues, al igual que ante el lienzo, igual que ante ciertas situaciones que se me han dado en el día a día: hay algo que no me deja seguir.

En ese momento de bloqueo me vino a la cabeza un cuadro. Pero no un cuadro famoso o de alto valor. Se trata de un cuadro que tengo en mi trastero guardado como oro en paño, que en su día guardé porque me transmitía cosas indescriptibles y que ahora ha cobrado un valor emocional inmenso y de gran potencia. Ahora, por fin,  (sí, por fin) me ha hecho «estallar»: una casa de pescador en una pequeña playa con dos barcos varados, de manera paralela, en la arena. Y con nombre ambos, el de dos hermanos: uno de ellos, el de su mujer. El otro, el del «cuñao», mi padre, su hermano pequeño. Esa fue su relación siempre. Y lo pintó, habrán podido entrever ustedes que mi único tío, mi padrino, Paco, un segundo padre para mí amén de una persona tremendamente especial. Pues la familia no se elige. Afortunada me siento de que un día lo eligieran a él para formar parte de la mía.

Que yo sepa, mi padrino no había recibido clases de pintura. Lo que se cuenta es que un día, como a mí el viernes me dio el puntazo, se compró todo lo necesario para ponerse a pintar, escogió una lámina en la que inspirarse y, como si de una de sus maquetas se tratase (era muy mañoso), paso a paso lo pintó. Pues menos mal que no sabía, pues si lo llega a hacer, deja a muchos en mantilla. ¿Veis? Si es que no puedo no sentirme identificado con él: alguien capaz de ponerse ante un lienzo sin saber y, lo más importante, sin temblarle el pulso. Alguien que encontraba su refugio en los libros. Quien, a veces, no entendía cosas de este mundo y sufría sin ser entendido; alguien que estoy segura se sintió en muchas ocasiones y de manera callada, distinto. Es que lo era, ¡qué narices! Eso es lo que le hizo para mí que siempre tuviese un punto que me unía a él… Alguien a quien siempre admiraré por su lucha, su fuerza, por haberse hecho a sí mismo. Desde la humildad y como las hormigas, día a día. Eso sí: lo primero, los suyos. Hasta el último día de sus días siempre pensó en nosotros antes que en él. Cómo te echo de menos, coñe, todos los días me acuerdo de ti, todavía no cabe en mí la creencia de que te hayas ido para siempre. La muerte no es el final, eso es cierto, pero, mientras, ¿qué? En estos momentos (lo reconozco a manos abiertas) echo de menos ese Dios justo que te debería haber dejado entre nosotros unos bastantes años más. Estoy  indignada. Que no me conformo.

Podría pasarme horas delante de la pantalla contando batallas y anécdotas de su vida; habilidades que tenía (a porrón), recuerdos a su lado. No me apetece. Además, creo que si él  pudiera leer esto valoraría que en vez de contarlas expresase mi no conformidad ante su ausencia, que mostrase mi indignación y no tuviera pelos en la lengua. Como una vez me dijo tras leer uno de mis escritos: «qué valor que tienes, Anica, qué cojones. Ser capaz de escribir y contar, sin cortarte. No pares nunca». Tras eso, se fundió conmigo en un abrazo, todavía lo siento. Pues sí, a «echarle cojones» a esto, incluso en lo que se supone que tenía que ser un bonito obituario para ti. De momento, me quedo con mis recuerdos, que míos son. Es posible que algún día salgan, no lo sé. Lo que tengo clarísimo es que no me voy  a obligar a ello. Igual que me va a costar sobremanera acostumbrarme a tu ausencia. A carecer ahora de tu risa, tu ironía, tu picardía. A esa alegría que siempre me transmitiste. A esa adoración que siempre sentí que sentías por tu familia, a tu bondad, tremenda bondad. A tu afán luchador y espíritu de sacrificio.

Un Jueves Santo te marchaste. Dicen que los que nacen ese día lo hacen con «Gracia». Yo creo que los que mueren ese día es que la han tenido. Como el mismísimo Jesucristo. No se me indignen algunos por la comparación. Pero cada vez menos creo en las casualidades. Y su marcha, tu marcha, padrino, en un día tan señalado, tampoco creo que lo sea. Qué vanidad la mía, ¿verdad? Pues vale.

A ver si me mandas desde el «más allá» algo de inspiración para mi cuadro, porque desde luego en blanco se va a quedar o me saldrá un churro en toda regla listo para tirarlo a la basura… ¡Vamos!

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