A rabiar

 

 

Que no. Que al final las cosas caen por su propio peso, y aquellas que son incontestables, más.

Siempre me he considerado una mujer cosmopolita. Me gusta el asfalto, que dirían algunos. Cierto. El movimiento, la vida, gente, comercio… Sí, soy cosmopolita. Mis paseos favoritos son por avenidas atestadas de gente. Largas y anchas avenidas. Callejear para buscar los bares con encanto. Poder coincidir con gente muy diversa. Es divino para mí, así es como quiero vivir. Soy pez de ciudad.

Pero no me voy a engañar más. Soy cosmopolita por devoción, no por obligación. Y lo quiero ser donde yo quiera. Y es que al final la cabra tira al monte. Sí, sí, al monte de uno.

Siempre he dicho que Madrid me fascina. Así es. Es el centro del centro. Aquí nace todo, aquí está todo. Están todos. Aquí tengo una mínima posibilidad mayor de ejercer mi profesión. Tengo diversidad de recursos para formarme aún más y siempre hay algo que hacer, visitar, encontrar. De Madrid al cielo, sin lugar a dudas. Pero Madrid tiene un defecto para mí que jamás podrá despejar. Un defecto incorregible: no es Murcia. No es mi tierra, no tengo a mi gente, no tengo mi casa, no la conozco de punta a punta. No tiene esas tradiciones que todos los murcianos compartimos a una, no tiene carácter propio ni identidad irrepetible.

No tiene esos amaneceres en los que el sol ilumina toda la vegetación en la ciudad y fuera, nuestra huerta. No es al Cristo de Monteagudo al primero que ilumina. No se oyen los pájaros cantar. Qué narices, no se asoma una a la ventana y huele a azahar.
No. Aquí el asfalto se pasa por exceso, no por defecto.

Salir de Murcia ha sido para mí la mejor manera de tomar perspectiva. Que aquí hago mucho, sí. Pero en Murcia hago sintiendo, siento haciendo. No hay metro a la Gran Vía porque voy andando. Y está atestada de gente, pero lo justo, lo justo para sentirme cosmopolita. Ahora, ¿que me canso? Carretera y toalla, en vez de manta, y a respirar el mar. Aunque sea media hora. Lo tengo a un tiro de chinarro del pequeño.
Y si no apetece mar, me pierdo entre limoneros y naranjos, mientras respiro aire puro. Ese aire que cura, que ensancha el pulmón, que hasta abre poros y libera toxinas. La huerta.

No se engañen. Que sea sábado por la mañana y salir de paseo a Santo Domingo, no tiene precio. Tomar una marinera con una Estrella en el centro, casi en manga corta aunque sea enero, no tiene precio. Comprar unos pasteles de carne para cenar, no tiene precio. Pero lo que de verdad, de todas, todas, no tiene precio, es su gente. Los murcianos y murcianas: los murcianicos. Somos distintos. Somos más sencillos, más prácticos, más alegres. Los tiempos son distintos. Ojo que no quiero decir más lentos, sino distintos. No debo pronunciar hasta las eses que no existen u ocultar mi acento porque «suena mal». Y puedo ir a comer a casa a medio día. No hay circunvalaciones con atascos diarios ni conductores agresivos que ponen la vida de una en peligro por posicionarse dos sitios por delante. Los estanques los dejamos para los patos, en vez de ponerle barquitas y barcos y hacer embarcaderos. Es comprensible, aquí no hay playa, vaya.

En resumen, mi sueño: poder desempeñar mi profesión pero en mi tierra, la Región de Murcia. Harto imposible, he tenido que emigrar al centro del centro para formarme y buscar oportunidades. Pero no me olvido de dónde soy y sé perfectamente que mi sitio, esté donde esté, será Murcia por defecto. Allí lo tengo todo, allí me hice lo que hoy soy y allí soy totalmente libre. Porque Murcia es abierta, sus salidas y entradas son claras. Es mi tierra, y por tanto, lo que ahora ansío porque amo. Y ese amor no solo es subjetivo; en Murcia la calidad de vida es mayor, en Murcia se vive desde el primer hasta el último rayo de sol. La calle es nuestra segunda casa, y los murcianos, nuestra pequeña gran familia, los nuestros. Un murciano no tiene absolutamente nada que envidiarle a otro español, sea de donde sea. En tal caso, como espectadora que ahora me encuentro, más de un madrileño envidia a algún murciano.

Pero, señores, esto de vivir en la capital está muy bien y es muy entretenido pero lo cambio, cuando ustedes quieran, por un buen pastel de carne, un platico de caldero, una Estrella de Levante y una mesa en Tontódromo, viendo a la gente pasar.

Que no le engañen. Todos los caminos no llevan ni a Roma ni a Madrid. Qué va. Todos los caminos llevan a Murcia y a Carthagonova, ciudad tres o cuatro veces más cultural por sí misma que todos los museos centro-situados.

Murcia, ese cachito de cielo que una tarde Dios se dejó caer. Por suerte.

La echo de menos a rabiar.

 

Desde la terraza del Casino, la Catedral.

Desde la terraza del Casino, la Catedral.

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