Simetría fraternal

 

A mi amiga Dulce Bódalo; a la familia Pérez-Bódalo, con el especial recuerdo y cariño a José Eduardo.

 

*Artículo publicado en mi desaparecido blog http://blogs.laverdad.es/reflexionesuniversidad30/ el 2 de mayo de 2014. Está incluido dentro de mi primer libro publicado, ‘Reflexiones de Una Treintañera Universitaria’, (2015).

 

No tengo hermanas. Sí hermanos, dos. Yo soy la que va entre ambos. Desde luego
siempre eché de menos tener una, sin perjuicio de lo mucho que quiero a mis hermanos y lo que he compartido con ellos. Pero no es lo mismo, supongo que no es lo mismo. Creo que mi hermana hubiese sido ante todo mi mejor amiga y leal compañera, aquella con la que compartirlo absolutamente todo y con la que pienso que nunca hubiese tenido la oportunidad de sentirme sola. Los hermanos son una bendición, pero si son del mismo sexo y con poca diferencia de edad tiene que ser algo verdaderamente genial. Y lo creo porque lo he visto y lo veo todos los días.

Menuda pareja. Menuda pareja de hermanos bien avenidos. El temor de “las nenas”, los Zipi y Zape de Cartagena y parte de Polonia. Siempre al acecho, pasan parte de su vida juntos (cuando pueden, también es cierto) y es seguro que se lo pasan tremendamente genial. Yo creo que muchos les envidiamos, aunque sea yo la que ahora a través de estas letras lo reconozca. Pero sobre todo, les queremos y tenemos gran cariño, porque son sencillamente geniales. Menudos son los hermanos Pérez-Bódalo.

Eduardo es el mayor. Es algo más introvertido pero al mismo tiempo tremendamente observador. Y cuando se pronuncia sobre algo, sentencia. Con todas las de la ley. Yo soy algo mayor que él y le recuerdo, yendo yo de nazarena junto al trono de nuestro amado Descendimiento, con un mini-traje de capirote del Descendimiento (cara tapada incluida) llevando el paso al sonido de los tambores junto a su padre que de nazareno lo acompañaba. No tendría más de cinco o seis años y aguantó toda la santísima procesión. Lo lleva en los genes, y de varias generaciones. Ahora viste el traje titular, el de “verdad”, percibo que con el gran respeto y devoción hacia éste alrededor de los que ha crecido. Y es Ingeniero Naval, no podía ser de otra manera. Ama Cartagena, el mar y los barcos.

Javier es el pequeño. Es bastante extrovertido, al contrario que su hermano. También tremendamente observador. Y alguien que dice lo que piensa sin cortapisas (cosas que para mí es una gran virtud) con argumentos y con un margen de error bastante pequeño. Vamos, que no se suele equivocar, no dice tonterías. Tiene carácter, sí señor, parece más pasional. Se lleva algún año más conmigo que su hermano y lo recuerdo algo revoltoso. Recuerdo a su madre, Dulce, con un “Javier, estate quieto” casi siempre en la boca. También viste el traje titular del Descendimiento, y en las mismas condiciones de respeto y devoción que su hermano, han crecido en el mismo ambiente juntos. Y es cuasi-abogado, un gran cuasi-abogado, con un futuro a mi criterio bastante prometedor. Será Fiscal General del Estado, el presidente del Consejo General del Poder Judicial o directamente Presidente del Gobierno. Lo que tengo claro es que no nos va a dejar indiferentes a ninguno. Al tiempo.

Yo siempre digo, entre risas, que soy muy fan de los Pérez-Bódalo. Pero es que no se puede no serlo. Son geniales. Lo que no te dice uno, te lo aporta el otro. Son simétricos y complementarios. Van, cuando pueden, siempre juntos. Al unísono. Sus historias, sus Bódalo-secretos, sus confidencias. Disfrutan del ambiente de su querida Cartagena y tienen algo que a mí me encanta particularmente: se enteran de todo. Poseen dos radares a tiempo completo y de gran alcance que hacen que se empapen de absolutamente todo. Y bien saben ellos que la información es poder, sí señor. Visten muy parecido, en ocasiones por detrás no se les distingue. De capirotes es ya una tarea prácticamente imposible. Son esos dos hermanos-mejores amigos que saben que, se dé la circunstancia que se dé, se tendrán el uno al otro. Incondicionalmente. Encarnan eso que yo tanto he echado de menos y que es una bendición. Permitidme que os dé un consejo: no dejéis que nada ni nadie os separe. Nunca. Es tremendamente valioso eso que tenéis y no es incompatible con tener otros amigos o pareja. Vuestro mejor amigo siempre va a ser el otro, nunca os va a fallar. Yo por esto último soy capaz de poner la mano en el fuego, aunque no se deba.

Y hoy da la casualidad que es el cumpleaños de la gran madre que los parió, Dulce (y permítanme la expresión). Así que no veo mejor oportunidad para felicitarla, pero no solo por su cumpleaños, sino por tener los dos hijos que tiene, siameses cuando tienen la oportunidad. Porque es evidente que ella, junto a su marido, ha tenido mucho que ver en esta tremenda unión fraternal. Y en la gran educación a nivel personal y profesional que ambos tienen. Así que felicidades y enhorabuena, porque como madre, sé que tener hijos de los que estar orgullosa es el mejor regalo que se puede tener todos los días, especialmente hoy que es tu cumpleaños.

Nos vemos por las redes y Cartagena, pareja.




Amorosa y positiva experiencia

 

De lo que versa sobre la experiencia… De lo que versa sobre el amor… De lo que versa sobre la experiencia en el amor… De lo que versa sobre el amor experimental… De todo se ha escrito ya. Siglos y siglos (incluso milenios) de literatura. Distintos autores (y autoras) y distintas opiniones… ¿Dadas desde la experiencia vivida en el terreno del amor? ¿Sobre el amor en sí mismo? El amor, como sentimiento, es finalmente fruto de la experiencia y sobre la cual ya se ha escrito mucho. Voy más allá: ¿qué es el amor?¿Amor a qué o quién? ¿Hay distintos tipos de amor o se trata de grados? Pues no lo sé. Respecto a estas preguntas puedo tener una opinión, pero no una respuesta. Porque hablaría desde la experiencia, lo que no es en absoluto objetivo.

Es por ello que lo que les propongo para que sigan leyendo estas líneas es lo siguiente: positivicemos el amor, en el sentido de ‘racionalizarlo’ de alguna manera y con la única intención de extraer un mensaje en positivo que nos ayude a todos, es decir, un mensaje universal y transversal. Pero, sobre todo, real. Y digo real para que se pueda ajustar al día a día de cualquiera. Ello, inevitablemente, me lleva al terreno de la ‘necesidad’, acotando el término por un lado, como la necesidad de analizar lo que necesitamos para que ese amor positivizado nos ayude. Por otro, de la necesidad de entender que es el amor en sus diversas ¿formas? (como les he dicho, es algo que no sé) el que mueve el mundo. Alguien, en este punto, es seguro que está girando su cabeza izquierda a derecha negando tal afirmación, pues en realidad es el dinero. No, querido lector: el amor al dinero, en todo caso. Pues lo que mueve a las personas a nivel tanto ‘micro’ como ‘macro’ son las emociones y sentimientos hacia las cosas, no las cosas en sí mismas.

¿Cómo positivizar -que no positivar, pues no es lo mismo- el amor? Pues tampoco lo sé, supongo que es difícil, por eso me lo propongo, es lo que les propongo. Pues si de algo me he dado cuenta es que lo que se hace con amor y aprecio siempre tendrá un resultado positivo y satisfactorio. Y si no lo tiene, nos quedará el sentimiento o sensación de haberlo hecho de la manera más sana y mejor que se puede hacer. Y eso, sin duda, ayudará a hacer frente a las consecuencias y/o responsabilidades derivadas de lo llevado a cabo desde una posición tranquila, desde una actitud positiva, desde el amor positivizado que lleva a una clara y sana perspectiva.

La perspectiva y el amor positivizado. Me quiero centrar ahora en este punto que me parece  de relevante importancia. ¿De qué depende la perspectiva a través de la cual abordamos la vida? ¿De la necesidad?¿O más bien de la experiencia? Seguramente de ambas. Pero ya tengo las tres incógnitas de mi ecuación: perspectiva, necesidad y experiencia. Siempre digo (los que me leen con asiduidad lo saben pues está presente en muchos de mis artículos) que para mí la perspectiva es casi lo único importante; el no perderla nunca, tal y como decía Camilo José Cela a través del personaje de doña Rosa en su novela La Colmena. Para no perder la perspectiva es necesario no perder el control de nuestra mente ni de lo que nos lleva a hacer. Aquí hacemos válido el axioma todo es mente,  pero ello a través de una canalización de sentimientos y emociones, que es el ‘quid’ de mi exposición y positivizando el amor, entendido este como un término abierto y muy amplio.

Así pues, dejemos de teorizar y vayamos a la práctica con un ejemplo. Es seguro que así verán con más claridad (o lograrán entender) lo que les expongo pues tediosa disertación la que están sufriendo, lo reconozco. Escojamos, para ello, algo común, que aglutine al mayor número de personas en ese ejercicio de mensaje universal y transversal que queremos extraer: el madrugar. No me pongan esa cara, parece banal, pero hay ‘chicha’, vean:

  1. Necesidad de madrugar.
  2. Tomar perspectiva de la necesidad de madrugar.
  3. El madrugar no le gusta a nadie. A muchas personas les induce hasta odio. Vamos a ‘positivizar amorosamente’.
  4. «Aunque necesito madrugar, lo voy a hacer con amor y aprecio hacia mí mismo y hacia el día que tengo por delante, pues cada día es un regalo. Este día me devendrá todo tipo de cosas que, con mi actitud, lograré solventar». Mensaje: confianza en que todo tiene solución desde una perspectiva positiva.
  5.  «El amor a la vida y al nuevo día que tenemos por delante me produce sensación de tranquilidad, de felicidad y alegría. Ahora, tengo el control sobre lo que siento». Mensaje: el amor positivizado a vivir nos genera sentimientos y emociones estimulantes . Y nos hace sentir que tenemos el control. Luego pensar que afrontar con ‘cariño’ positivo la necesidad de madrugar (recordemos que he hablado de ‘amor’ como término abierto) ya nos ha predispuesto en un sentido motivante.
  6. «Tengo que madrugar para trabajar/estudiar/ponga usted lo que quiera. ¿Amo positivamente lo que hago/estudi0/X? Si no lo hago, tengo que positivizar el sentimiento que me produce. ¿Mi tarea es por obligación? Pues si lo hago con amor positivizado la jornada se me hará llevadera y corta. ¿Si lo amo? Pues voy a hacer grandes cosas con grandes resultados. Pues cuento con el amor a lo que hago y la herramienta de amar positivamente aquello que me suponga un obstáculo o, simplemente, no es agradable. Mensaje: relativizar minimizando la experiencia de lo que nos disgusta y maximizando la satisfacción conduce al éxito de algún u otro modo.

Me ha gustado esto de aprender a positivizar el amor como herramienta para afrontar la vida. Ahora, sí que sí, toca aplicarlo. Para todo, ante todo. Entrenemos nuestra mente.




Semper mecum, amicus meus

 
   A mi adorado Rubén. Desde el cariño más profundo, desde la pena de tu ausencia. Descansa En Paz.

Dice la canción que «algo se muere en el alma cuando un amigo se va». No solo eso. Una parte de la vida de uno, una parte de vida conjunta que anidaba en mi interior en forma de llama que, de repente, se apagó.  Y se hizo la   oscuridad… Que nubla mi mente y mi corazón, inundándome de una profunda tristeza, impotencia y rabia. La mezcla: un bomba dolorosamente explosiva.

Una llamada de teléfono y ya no estás. Se hizo el caos en mí  y ya nada, absolutamente nada, volverá a ser como antes. Ahora debo aprender a vivir sin ti… No sé cómo lo voy a hacer. Pues la estela que dejas en mi alma y en mi vida es infinita.

«Todo es fabuloso» cantábamos en trío junto a Maite. No lo era, para ninguno. Pero nos reíamos de ello, consiguiendo de alguna manera que lo  fuese. Cocinaste ancas de rana y, entre los nervios de la novedad y el    atrevimiento, te cachondeabas de nosotras. Al mismo tiempo, Siri nos llamaba básicamente inadaptados por preguntarle el resultado de dividir cero entre cero. Y nosotros, como buenos inadaptados (y dándole así la razón) nos reíamos mientras, como tontos, se lo volvíamos a preguntar una y otra vez deseosos de escuchar su respuesta.

Muchos ‘besings’ y ‘abracings’… Te enamoraste de mi Murcia desde el primer momento en que la pisaste (y mira que precisamente no está de moda). Motu proprio te uniste a mi indignación  por nuestra mala reputación: repetías junto a mí ese «Murcia no tiene ná» que reconozco terminé por exagerar en su pronunciación por la sonrisa y ese reír tuyo que así te sacaba. Soñamos futuro, limpiamos pasado. Nos creímos capaces incluso y por un instante de cambiar el mundo, a sabiendas de que engañándonos de esa manera cogeríamos el impulso necesario para seguir.

Noble, amable, generoso, humilde. Amigo hasta de sus enemigos; incapaz de juzgar pues su tremenda empatía se lo impedía.  Tremendamente inteligente, inasequible al desaliento. El rendirse nunca fue una opción para él. Y me consideraste una soldado y, por tanto, compañera, por luchadora y tenaz. ¿Cómo no serlo si tenía tu ejemplo constante? Merecía además la pena, por todos los ratos vividos juntos y en compañía de muchos que, al igual o más que yo, vivimos inmersos en una profunda desolación ahora que no estás. Dime Rubén, dime ‘Johnny’, ¿ahora qué hago sin ti?

Pasarán días, meses, años. Y mi mente, de manera totalmente insana tendrá siempre la esperanza de volverte a ver. Porque si bien la muerte es parte de la vida y algo natural, debiera haber respetado en tu caso el orden también natural y cronológico de las cosas.

Estés donde estés sigue brillando como siempre. Procura que tu estela sea intensa. Pues es y será mi luz y mi consuelo. Y probablemente no solo el mío.

Hasta siempre, amigo mío. Entre lágrimas me veo en la injusta obligación de despedirme de ti. Pero no es un adiós sino un hasta luego. Pues la muerte no es el final y, muchísimo menos, el nuestro. Siempre conmigo, amigo mío.

 




Inversiones de una vida

 

 

Cuando era pequeña, digamos que en edad de colegio, uniforme y canicas, mi vida se ceñía a vivir el día a día, a un día vista como mucho. Los días me resultaban largos, cada minuto contaba y mi percepción del tiempo hacía que viviese con énfasis cada experiencia o situación. No había para mí días, meses, semanas o años, como ahora, sino momentos. No planeaba, no necesitaba trazar ningún plan de vida: vivir, esa era mi ocupación y preocupación, sin más. Y la mía, la de mis hermanos, amigos o compañeros. Veía a mis padres como procuradores de todo lo demás sin imaginar, ni por asomo, lo que para ellos suponía que yo solo me dedicara exclusivamente a eso: vivir. Ellos, como digo, me procuraban todo lo necesario para esa vida y yo no era capaz de valorar el coste que les suponía. En eso los niños son ‘egoístas’, en el sentido de que su grado de madurez no les permite hacer esa valoración; solo ya de adultos y especialmente cuando se convierten en padres valoran (y no todos) lo que eso supone. A mí, al menos, es lo que me ocurrió.

La empatía (acompañada de la humildad), eso es lo que terminé de desarrollar al ser madre: ponerme en el lugar de mis padres. Eso no significa que no fuese ya empática antes (creo), pues entiendo que la empatía va relacionada en gran parte a la madurez (y algunos ni con esas, va en su forma de ser) pero la llegada de un hijo, ¡qué narices!, ese es el mayor baño de empatía que, al menos yo, me he pegado en lo que llevo de vida. Y espero muchos baños más, sin necesidad de vástagos de por medio. Es por ello que me pregunto: ¿hay alguna manera de educar a nuestros hijos en la empatía? Es decir, ¿no debiera formar parte básica de la formación de la persona el educar en empatía como eje fundamental para valorar lo que se tiene, lo que no se tiene, lo que se necesita o no y ser conscientes a edades más tempranas (antes) de lo que cuesta (no hablo de dinero), en definitiva, vivir? Algunos (muchos) de ustedes estarán pensando que eso es obligación de un padre desde hace ya mucho, un valor fundamental que todo padre debe inculcar. Si es así, ¿no tendríamos un mundo mejor al que tenemos? ¿No sería la sociedad muy distinta a la que es? ¿No serían las relaciones humanas más sanas en vez de más tóxicas cada vez? Porque sí, señores, vivimos en un momento en el que las relaciones humanas, de cualquier índole, son cada vez más tóxicas, entendiendo por ‘toxicidad’ individualismo, inmediatez, perfección, humillación, incapacidad de perdón (de pedirlo o ser consciente de que se debe pedirlo porque se ha obrado mal), incapacidad de reconocer errores, dependencia y egoísmo, mucho egoísmo. Si de algo somos muy pobres todos (como sociedad) es de empatía. La que conlleva, como señalaba antes, humildad. Esa toxicidad anula cualquier atisbo de empatía en el ser humano. Sé que no debo generalizar. Pero bien saben que gran parte de lo que les estoy exponiendo es una realidad. Y qué quieren que les diga: para qué queremos un mundo globalizado, ultra tecnológico, en el que internet dirige nuestras vidas y en el que el conocimiento está a un ‘clic’ de distancia, en el que la sobrecualificación y la titulítis es casi una constante, en el que todos tenemos muchos derechos… ¿Para qué? ¿Para luego utilizar esos medios, esos derechos, para dañarnos unos a otros sin miramiento alguno? ¿Dónde queda el «ser» como individuo íntegro formado de valores y entre los que se encuentra la empatía? ¿Para qué tanta demagogia entorno a la educación, la economía o el progreso si estamos asistiendo a una deshumanización en toda regla?

Pero ojo, no se me rasguen las vestiduras cayendo en el tópico de que «menuda juventud tenemos y lo que nos espera». No. Estoy viene de muy lejos. Y es posible que los niños sean poco empáticos por su inmadurez pero les aseguro que algunos no lo han sido en su vida ni lo van a ser, tengan 20, 40, 60 u 80 años. Es por ello, que de nuevo, me pregunto: ¿cuáles están siendo las inversiones de nuestra vida? Pregúnteselo, ahora que lee estas líneas: ¿en qué estoy invirtiendo mi vida? ¿Es positivo solo para mí el fruto de esas inversiones o algún semejante se beneficia? ¿Soy cada día un poco más humano y mejor persona?

Si bien es cierto que podríamos pensar que tanto la empatía como esas inversiones humanas de vida pueden hacernos vulnerables y ponernos en peligro por el mal de otros, de nuevo me pregunto: ¿tener arrojo, constancia y capacidad de miras es incompatible con la empatía y la humildad? ¿De verdad? Porque, entonces, yo me ‘borro’ de persona y me apunto a ameba. Pues consideraré, entonces, que absolutamente nada de lo hecho, de lo aprendido, de lo vivido e invertido tiene sentido. Esto no va de una rebelión con sus consignas derivadas que a mí me ha dado esta noche por emprender. Es que no puedo entender, de ninguna manera, que existan personas sobre la faz de la Tierra que caminen por ella sin haberse dado cuenta de que conviven con semejantes, que son iguales y sienten y padecen de la misma manera, tienen necesidades y luchan al igual. Exactamente por lo mismo y que es vivir.

¿Darwin y la selección natural? No solo sobreviven los más fuertes por rastreros, pisa cabezas y cabronería (perdón); sobreviven aquellos más fuertes de alma, de mente, de corazón y de valores cuyas inversiones de vida son sostenibles. Sí, sostenibles, donde cabe el semejante. Donde el «te quito a ti para ponerme yo» no es lo normal sino en el que caben todos, cada uno en su lugar. Y es que a través de esa empatía y la humildad somos capaces de llegar a tal conclusión. La astucia no es ser el más malo malote del mundo mundial, es tener la capacidad y fuerza mental de saber dónde se está, dónde está el resto y sostener el deber moral de caminar sin dañar o fastidiar al otro.

Para esta etapa que comenzamos en breve (para mí ya saben que el año empieza el 1 de septiembre) les deseo prosperidad, felicidad, salud y mucha ilusión. Pero, sobre todo, mucha empatía y humildad en las que sus inversiones de vida incluyan a cuantos más, mejor.

 




Ponga más gasolina, por favor

 

Ante la evidencia de que el diésel contamina más que la gasolina

Foto: La Vanguardia

 

Ponga más gasolina, por favor

¿Diésel o gasolina? ¿Contaminación o ahorro?

 

Las ventas de coches con motor gasolina están sufriendo un importante incremento frente a los de motor diésel de manera que la tendencia a día de hoy es que su venta se está igualando, independientemente del consumo de uno u otro. Algunos expertos vaticinan la desaparición de los coches con motor diésel, debido a que éstos contaminan bastante más. Es por ello que el comportamiento a la hora de comprar un coche se ha visto modificando, primando en el individuo criterios medioambientales frente a económicos en muchos casos.

___________________________________________________________            ANA SOTO                                  21/05/2017 ___________________________________________________________

■ A pesar de que el consumo medio de un coche de motor diésel (cada 100 kilómetros) es alrededor de un 30% menos que el de uno de gasolina, las organizaciones ecologistas como la DUH (Deutsche Umwelthilfe) advierten de que los coches diésel contaminan más que los de gasolina, expulsando de media veinte veces más partículas contaminantes a la atmósfera que aquel que es propulsado por gasolina. Si escogemos como ejemplo un coche de gama media, de 120 CV de potencia, obtenemos que el consumo de un motor diésel es de alrededor de 6 litros y emite a la atmósfera unos 134 gramos por kilómetro recorrido; sin embargo, un motor gasolina obtiene un consumo de entre 7 y 8 litros, emitiendo a la atmósfera unos 93,8 gramos por kilómetro recorrido. Aun así, los precios son los que mandan, y lo que resulta un hecho es que llenar un depósito de gasolina es, a día de hoy, más que caro que llenar uno diésel.

El diésel, lo que en principio fue un combustible destinado en exclusiva a uso industrial (y por ello gravado con bastantes menos impuestos por los gobiernos) fue poco a poco introduciéndose en el mundo de la automoción y, a nivel microeconómico, en turismos y utilitarios en general. Los primeros coches que salieron a la venta en España en los años 20 del siglo pasado eran exclusivamente de gasolina pues el diésel era un subproducto obtenido del refinado de la gasolina compuesto básicamente por aceite y, hasta entonces, inservible.

Primer coche diésel en serie Foto:mundoaftermarket.com

Tras la optimización de la bomba de inyección del diésel en Alemania de la mano de Robert Bosch el motor diésel-gasoil pasa a ser eficiente para ser utilizado en el sector de la automoción, por lo que en 1936 y ya en la Alemania nazi, la casa Mercedes-Benz presenta la primera gama de vehículos producidos en serie para ser comercializados. Mientras, en España el sector del transporte tanto de pasajeros como de mercancías (taxistas y camioneros, principalmente), advertidos de que el uso del diésel resultaba más barato, cambian sus motores gasolina por otros diésel adquiridos en un mercado un tanto opaco. A pesar de que el repostaje del diésel en España no existía, las cooperativas y asociaciones de estos gremios se encargaron de facilitar este ansiado combustible, de manera que pudiesen verse abastecidos. Así, a largo plazo el ahorro que obtenían era bastante considerable, llegando a amortizar lo que les había supuesto adaptar sus vehículos al nuevo motor diésel.

Por qué un coche con motor diésel contamina más que uno de gasolina lo encontramos, principalmente, en las partículas en suspensión que emite a la atmósfera, cargadas éstas de elevadas dosis de óxidos de nitrógeno (NOx), además de bencenos, toluenos, benzopirenos y otros hidrocarburos policíclicos aromáticos que la gasolina no contiene y que por su naturaleza, son gases que inciden de manera directa en el llamado “efecto invernadero”. Si bien es cierto que no debemos perder de vista el Downsizing, la nueva práctica llevada a cabo por fabricantes y que pone en jaque la normativa entorno a la emisión de gases existente en Europa (Euro 6, de 1 de septiembre de 2014). La diferencia de los motores diésel/gasolina con estos nuevos se encuentra en la cilindrada, que siendo menor, genera potencias similares. Sin embargo, la entrada en vigor el 1 de enero de este 2017 de la norma Euro 6c ha puesto límites necesarios a esta práctica.

Los fabricantes, además, no han sabido (o no han querido) implementar un sistema que reduzca la emisión de las partículas tan contaminantes que el diésel genera. Cabe aquí recordar el conocido como Diesel Gate, destapado en 2015, en el que varios fabricantes se vieron involucrados en el trucaje a través de microchips implantados en sus motores diésel con el fin de falsear los datos relativos a sus emisiones. Todo esto junto a campañas generadas por la prensa y otros colectivos han llevado a los conductores y ciudadanos a una mayor concienciación entorno a la contaminación que genera un motor frente al otro, aparte de que cada vez más la sociedad sabe de la necesidad de reducir el uso del vehículo particular si esto es posible.

Entorno a los precios: un vehículo diésel o gasolina

A la hora de adquirir un coche nuevo, uno con motor diésel es más caro que uno de gasolina, debido a que el conductor se encuentra ante un turismo que la va proporcionar un rendimiento energético mayor, amén de un combustible más barato a la hora de repostar. Ese encarecimiento se debe a que el diésel, por su composición aceitosa, tiene mayor poder calorífico, lo que conlleva que el motor se caliente más. Es por ello que a la hora de fabricar un coche diésel se necesitan materiales más resistentes a dicho calor, lo que, en definitiva, encarece su precio final. Sin embargo, ese mayor coste se ve amortizado por el rendimiento energético que nos aporta el coche diésel y el coste más barato de su carburante, que si bien ha visto incrementado su gravamen en impuestos, sigue sin igualar a los que contiene la gasolina.

Algunos expertos advierten de que aquí a no mucho se pueda llegar a exigir por parte de los gobiernos y a través de un marco legal la retirada de los coches diésel, haciendo así que paulatinamente desaparezcan de nuestras carreteras y obligando al ciudadano a la compra de un nuevo vehículo y de gasolina. No obstante, los intereses económicos entorno al diésel (que son muchos y elevados) dejan abierta y un tanto en evidencia esta advertencia.

Las ventas se igualan

A 31 de diciembre de 2016 y según fuentes de Anfac, Faconauto y Ganvan, se habían vendido en España un total de 1.156.654 coches, de los cuales un 40,2% fueron gasolina, un 56,8% diésel y tan sólo un 3% híbridos y eléctricos. Estas cifras revelan que la tendencia a la hora de comprar un automóvil está cambiando, ya que reflejan que las ventas de coches diésel y gasolina se van igualando, por lo que el componente técnico ya no es tan importante a la hora de decidir y sí el factor social manifestado en una preocupación mayor por el medio ambiente y la contaminación. El resultado es que ha variado el comportamiento del potencial comprador: tiende a mirar más por la madre naturaleza antes que por el componente técnico del vehículo, una tendencia que se prevé vaya al alza durante los próximos años.■




Solsticio de Verano (II)

 

 

 

El amor nos unió en un principio de verano…
Conjuro de emociones,
magia de sensaciones,
hogueras de pasión.

El mar fusiona nuestros espíritus
en busca de una bendición divina
mientras
mojando nuestros pies
bautiza la inmensidad del cambio que este solsticio de verano
nos llevará a lugares imposibles.

El verano es a nuestro amor
lo que la Luna a la Tierra:
su satélite con órbita propia que garantiza que nunca,
más lejos, más cerca,
según el solsticio o el equinocio que juntos vivamos
estemos unidos.

Calidez veraniega que resplandece su risa,
que ilumina su cara,
que alimenta sus sueños,
que nutre su fuerza.

Vamos, juntos, a cruzar el océano de la inmortalidad
que,
ahora con sus cálidas aguas
nos permite disfrutar más tiempo juntos.

Pues la luz es mayor
y apenas sin necesidad de ropajes
podemos conquistar aquellos lugares imposibles
que,
el cambio de este solsticio de verano
con sus pasiones, conjuros y hogueras de magia
fusionó nuestros espíritus,

Pues el amor nos unió
en un principio de verano.

 




Solsticio de Verano (I)

 

A mi pequeña Inés...

Azul y amarillo, colores de mi infancia.
Estíos vacíos del frío viento del invierno…

Pero sopla, igualmente sopla, en chorros de brisa salina…
Que cura heridas pasadas,
que cura heridas presentes,
que alienta mi alma y mi ser…
Pudiendo seguir adelante sin parar, sin barreras
¡Fuerza bendita!

Ahora es su infancia.
Los azules e intensos amarillos esbozan su silueta en la profundidad de mi corazón.
Ella adora estos estíos vacíos de viento invernal,
adora la sal sobre su piel,
en el aire,
esa sal que sana al secar mis lágrimas
ante la impotencia de no poderla retener.

Pero ahora es su infancia.
Sigue, dura, permanece…
Aún no se ha ido.

Y esos colores profundos a la vez que triviales
conforman la fotografía que,
en su alma,
en la mía,
siempre quedará expuesta.