Cabalgar entre mentiras y una fiesta

Por ANA SOTO

En memoria de Ernest Hemingway (1899-1961)
Novelista y Periodista 




Una chica entró en el café y se sentó sola a una mesa junto a la ventana. Era muy linda, de cara fresca, diría que de la tierra, española; ¡sí, eso, mediterránea! Y joven. Sus ojos azules eran el Mediterráneo que de repente había inundado aquella cafetería. Y el color de su piel, la finísima arena de las playas que este mar baña. Su pelo era negro, negro como el carbón que brilla cuando la luz refleja en él. Porque, sí, el carbón brilla.
Por su forma de caminar y las curvas de ese vertiginoso cuerpo, diría que era una española del sur, andaluza, quizá. O murciana. Como mucho, valenciana. Llevaba su larga melena recogida en una cola de caballo. Es por ello que, al entrar a la cafetería y verla, no vi a una chica sino a un bello caballo de piel semioscura y pelo negro brillante que cabalgaba por alguna playa mediterránea, mientras su cabalgar cortaba las olas del mar. Aquella chica era una auténtica potra de primer bocado, no creo que llegase a segundo.
Aquella cafetería no era una cualquiera. Allí no iba gente al uso, era un lugar de trabajo y tertulia para artistas y culturetas de medio pelo. Yo acudía todos los días allí desde hacía diez años y jamás había visto a aquella chica allí. Éramos ya habituales los clientes, nos conocíamos todos, por lo que para mí pasaban como parte del mobiliario de la cafetería. Eso sí, era una fiesta cuando, los miércoles al anochecer, el dueño echaba la persiana antes de tiempo para que los “parroquianos” pudiésemos desarrollar nuestras tertulias hasta altas horas de la mañana. Esas tertulias eran auténticas clases magistrales de universidad en las que artistas alumnos de la calle aprendíamos de los más sabios y vividos. Los culturetas sabían que no era lugar para ellos; así que cuando llegaba el momento de la tertulia sabían que tenían que marcharse. Alguno de ellos se hacía el despistado para poderse quedar. Si no resultaba ser molesto, le dejábamos, pues al fin y al cabo todos los allí presentes teníamos claro que estaba en su derecho a aprender. Eso sí, sabíamos quiénes eran los culturetas cotillas y plagiadores que luego publicaban en periódicos columnas con ideas sacadas de nuestras tertulias o, directamente, las reproducía. Esos tenían negada la entrada aunque fuese un lunes por la mañana. El miércoles por la noche aquella cafetería, Gijón, era una fiesta.
Había cuadros de todo tipo de artistas colgados en todas las paredes de la cafetería. Unos más conocidos que otros. Ya faltaba sitio para más. Pero no solo cuadros con pinturas; había poesías, páginas de novelas nunca terminadas o trozos de guiones de películas que luego fueron un éxito. La cafetería tenía un piso más, un sótano, en el que estaban los baños y los enseres de limpieza. Hasta dentro de los baños había cosas colgadas. También tras los enseres de limpieza o los abrigos de los trabajadores que colgaban de un viejo perchero. Dicen los asiduos más antiguos que lo único que ha cambiado en cuarenta años allí es el nombre de la cafetería, de Manila a Gijón.
Un camarero con chaqueta blanca y pajarita negra (Pepe, vamos, el que estaba de turno aquella tarde) se acercó a la chica para preguntarle qué deseaba tomar:

Un café con leche muy caliente y con mucho café, es decir, más largo de café que de leche. – le dijo a Pepe con una dulzura que me deshizo a mí y hasta al propio Pepe.

Enseguida, señorita.– contestó Pepe.

La chica no paraba de mirar a la puerta. Parecía que esperaba a alguien. Movía esas preciosas piernas de manera nerviosa y miraba su reloj cada minuto. Su sonrisa se encendía y apagaba como las luces de Navidad, por momentos, supongo que acorde a sus pensamientos.

Su café, señorita. ¿Uno o dos terrones de azúcar?– le preguntó Pepe con exquisita educación.

Uno solo, gracias.– Respondió ella, tomando las pinzas; cogió solo un terrón y lo echó directamente a su café.- Gracias, señor.– le dijo a Pepe.

A usted.– replicó Pepe mientras se daba la vuelta como si de un bailarín se tratase (Pepe era muy exquisito para todo) y se fue.

De repente, un chico algo desaliñado entró por la puerta. La chica, pegó un respingo. Le clavó la mirada y él, al sentirla, se dirigió a la mesa y se sentó a su lado.

Siéntate mejor enfrente.– le dijo la chica. Él se levantó y se cambió de sitio.

¡Perdona! ¡Sabes que se me va el santo al cielo! Me lío a trabajar y…. ¡Uf! No me doy cuenta del tiempo.– le respondió él.

Tú te has creído que puedes seguir tomándome el pelo, ¿verdad? Eres un desgraciado. Vienes de estar con ella. No me lo niegues porque llevas rímel en tu oreja derecha.– le dijo la chica sin titubear.

Hoy ya no te miento más. Es cierto. Mira, es que yo…

Cállate, bastante humillada me siento ya. No necesito tus palabras ni tus excusas. Su perfume se huele por toda la cafetería. – le dijo mientras se levantaba de la mesa y dejaba una moneda de dos euros sobre la ella.
Es que yo…. ¡Espera! ¡Déjame que te hable!– le gritó él mientras ella se ponía su abrigo.- ¡No te vayas!– le volvió a espetar.

No hay nada que decir. Buena suerte y adiós.– le dijo ella con lágrimas en los ojos.
Estuve a punto de levantarme e ir tras ella… Pero era una potra de primera (o segunda) y no la hubiese podido alcanzar.

El chico se bebió de un trago el café que ella había pedido, se levantó y se fue. La mesa se quedó vacía. Y el mar con su playa desaparecieron. Y la tormenta que se había levantado, también.

 

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