Cachitos de recuerdos

 

Laura, asomada por la ventanilla del avión y a la espera de que despegue, intenta no recordar. Sabe que hacerlo sería dar un paso atrás: melancolía y apego. Pues quiere pensar que la libertad real no es tanto haber quedado exentos de algo o alguien que nos tenía «atados» sino haber sabido desprenderse del bagaje emocional que nos impide avanzar, esto es, melancolía hacia todo lo bueno vivido y apego a las cosas y personas que sentimos que abandonamos. Y, no, ser libre no se trata de olvidar y abandonar sino de educar mente, alma y, en definitiva, actitud, hacia un futuro en que todo lo pasado tiene perfecta cabida, sin duda, pero en forma de impulso positivo que nos empuja y ayuda a despegar. De una vez por todas. Como ese avión en el que Laura se encuentra y está a punto de hacerlo.

El despegar de un avión tiene muchísimas similitudes al inicio de un proyecto o cambio en nuestras vidas. En primer lugar, uno se decide a comprar ese billete hacia el cambio. Seguidamente, se prepara para ello; al margen de aquellas cosas materiales necesarias como son un destino o las pertenencias personales, hay una fase de preparación mental, en el que imaginamos qué nos encontraremos, a quiénes y cómo será, en definitiva, aquello que nos espera. Una vez subidos al «avión», llega la fase de preparación e instrucciones (sí, esas que nos dan muy amablemente las/los azafatas/os y a las que no solemos prestar atención alguna) y que, la vida misma, nos emite constantemente. Quizá por ceguera algunos, por ignorancia otros, obviamos. Después, llega el esperado despegue, en el que el avión toma gran velocidad y nuestro corazón y cuerpo, también.  Y de repente, una sensación extraña e inexplicable nos invade por completo: nuestro cuerpo reacciona orgánicamente a esa elevación que estamos experimentando y lo acompañamos de manera inevitable e inconsciente de una gran sensación de vulnerabilidad. Pues en ese preciso momentos sabemos que no depende de nosotros cómo vaya a transcurrir el vuelo, lo mismo que ocurre en una fase de cambio: uno despega con el corazón a mil y con gran velocidad (si un despegue es lento no es un despegue sino una mera transición). Tanto en el caso del despegue real de un avión como en el despegue personal, una vez tomada cierta altura, nuestro cuerpo vuelve a su estado anterior, no así la mente, que ya entró en fase de cambio. Y busca, necesariamente y por cuestión de supervivencia, cambiar el ‘chip’.

Tras haber despegado, Laura saca de su bolso la cartera. Mientras busca unas monedas para tomar un café, encuentra un sobre amarillento que contiene fotografías. Sabía, nada más ver el sobre, que las contiene. Ella las puso ahí. Pero… ¡Cómo somos los seres humanos! Lo abre, igual que haríamos cualquiera de nosotros (-¿No lo harías tú? Lo dudo mucho-) y comienza a contemplar su contenido.

Recuerdos, melancolía y apego en grandes dosis. Regodeo en todo esto. Y, además, esa sensación inconsciente y humana de que se está olvidando y abandonando todo lo que se contempla. No, Laura, viajas hacia un cambio, a un nuevo destino, hacia algo desconocido que efectivamente te da miedo, pero no abandonas y olvidas sino que vas en busca de nuevos recuerdos, cosas, lugares y personas que sumarás a tu nueva vida y circunstancia. Todo eso que contemplas, Laura, ya lo tienes; ahora, vas en busca de más. Eso es crecer y evolucionar, no olvidar ni abandonar. Así que tú decides si lamentarte  por aquello que crees dejar o pensar en todo lo bueno nuevo que te espera y podrás compartir con aquellos que no abandonas ni olvidas sino que llevas, de alguna manera, contigo en tu viaje. Porque, en algún momento, volverás, y el recuerdo de ese miedo, melancolía y sensación de desapego no harán sino que sacarte una sonrisa. Porque lo lograste. Por todo lo que hayas alcanzado, por todo lo que hayas experimentado y aunque haya sido malo, te habrá hecho más fuerte y aprender.

– ¿Y si el avión se estrella, querida narradora?- Me pregunta Laura con actitud un tanto chulesca. Piensa que voy de «listilla» con toques de «sabelotodo¨… Y razón no le falta…

Efectivamente, puede estrellarse. Al igual que un proyecto o un cambio pueden fracasar. E incluso, sin planearlo -¡Eso nunca se tiene planeado!- encontrarnos con la muerte.  En cualquiera de estos casos, dime, Laura, ¿qué beneficio te habrá reportado el regodeo entre melancolía, apegos y recuerdos? Nada. Más dolor, si cabe. Y, además, haber gastado un valiosísimo tiempo que podrías haber empleado en algo que te hiciese sentirte bien, situarte en el plano positivo de tu ser.

Porque, al igual que cómo se desarrolle el vuelo que has tomado y su final no depende de ti, en la vida hay infinidad de factores que tampoco dependen de ti, es decir, no están en nuestras manos. Gobierna y aprende a saber ver y distinguir aquellas cosas que puedes llegar a controlar y que la vida está constantemente destellándote y no gastes energía en aquello que no depende de ti. Es en eso en lo que consiste la libertad real, la libertad individual, la libertad de nuestro ‘yo’.

La muerte no es el final (en mi opinión, no lo es); un fracaso, tampoco. Así que, querida Laura, guarda esos cachitos de recuerdos para seguramente compartirlos con aquellos que forman parte de tu presente y tu futuro y, ahora, sé libre y vuela. Disfruta del camino. Porque aquello que te espera es del todo incierto.

 

 

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