Cierre de campaña: en el metro

Una propuesta un tanto disparatada para algunos, bastante sensata y real para otros: todo un acto de valentía y de sinceridad para mí. Ya que aún llego a tiempo propongo a todos los candidatos a presidencias de comunidades autónomas varias o a alcaldías de municipios que esta vez olviden el cierre de campaña de globitos, bocadillos de jamón y gaseosa y se suban al metro (autobús más frecuentado de otras ciudades, tranvías, etc.), haciendo una tourné por todas las líneas. No se me ha ido el juicio (aún), argumento seguidamente mi propuesta.
Hará una semana viajaba en metro al centro de la capital de España, Madrid, esa ciudad que concentra a parte de los políticos de este país y no solo eso sino a los líderes, a los que al final mandan y hacen mandar, los peces gordos. Viernes tarde, línea que atraviesa Madrid de punta a punta, ajetreo, gente viviendo la vida que le ha tocado. El metro para, no recuerdo el nombre de la parada. Unos bajan, otros suben; entre ellos una mujer, de mi edad precisamente, que arranca en voz alta a contar su situación personal con una hija a cargo, aludiendo a que tiene que pagar el alquiler del mes de una habitación de una pensión y que aun limpiando varias casas, no llega. La susodicha, mirada al suelo y resignación contenida, pide que si alguien necesita señora de la limpieza, que la contrate. No pide dinero, no, pide trabajo. El vagón silencioso no muestra interesado por lo que la mujer, con mirada igual de caída, da las gracias y, justo a tiempo, se baja en la siguiente parada. Resaltar que lo que palpé en ese vagón no fue pasotismo, fue resignación y vergüenza. Todos los allí presentes mirábamos al suelo con resignación e impotencia. Y no solo por la situación de la pobre mujer, sino por la de cada uno de nosotros.
Dos paradas adelante, sube un chaval con una bolsa y varios pasteles en ella. En esta ocasión, el joven resignado cabizbajo y avergonzado no pide trabajo, pide comida. Si alguien lleva compra y le puede entregar algo, si alguien lleva un bocadillo o un zumo que no se va a tomar. Misma reacción de los pasajeros. Y el chico, en la siguiente parada, dando también las gracias, se baja.
Al margen de un sin fin de sentimientos y emociones que experimenté escuchando a los desgarrados ciudadanos y posteriormente analizando lo ocurrido, he de decir que hubo un momento que pensé, ¿y si hacemos una terapia de grupo aquí en un momento? Ronda de necesidades y miserias, quizá uno podría ayudar a otro o, simplemente, el poner en común que estamos todos bien jodidos nos hiciera sentir algo mejor y entender que, por mucho que se empeñen en lo contrario, la culpa de esta situación no es nuestra. Y es por ello que esa vergüenza que de manera inconsciente sentimos al escuchar ambas peticiones no es más que la impotencia y el cansancio de una situación que lleva siete años sin cambiar. Y le queda tiempo sin cambiar, no les quepa la menor duda.
Esa chica podría haber sido perfectamente yo. De momento (repito, de momento) no me he encontrado en tal situación aunque tampoco puedo presumir de holgura y solidez a buen nivel. Pero, ¿quién me asegura a mí que en un periodo de tiempo no puedo llegar a encontrarme así o peor? ¿Por qué no consigo ni puedo vivir mejor, por mucho que luche y lo intente?
Vuelvo a la terapia de grupo. Hubiese sido de telediario. Dos señoras, una que le dice a la otra que tiene a un hijo trabajando en Perú y que el otro ha encontrado algo por seis meses, a ver si hay suerte. La otra que le dice a la una que su hija trabaja de diez a diez por poco dinero y la nieta la tienen entre la otra abuela y ella, así que se está criando entre abuelas y tiene reacciones para con su madre de rechazo por «abandonarla». Al lado un chaval, con carpeta y apuntes, cara de cansancio y poca esperanza. Pensará que menuda de pérdida el estar estudiando si luego a lo que puede aspirar es a pedir en el metro un trabajo como limpiador de botas. Muy digno, no acorde ni con los tiempos ni con la inversión de los padres del chico y del propio chico en una carrera con posterior profesión. A mi lado, una mujer embarazada. Se toca la barriga, seguramente pensando que a qué mundo va a traer a su hijo, cómo le dará de comer, etc. y etc.
Venga, anímense, candidatos. Cierre de campaña en el metro. Pablo Iglesias (sí, Pablito, que a mí no me engañas, que ya no vas en metro y todos lo sabemos), Carmona, Esperanza Aguirre, Cifuentes, Pedro Sánchez, Albert Rivera… Tovar, Pedro Antonio Sánchez, Gras, Ballesta y todos los que me dejo. Al metro a cerrar la campaña. Cuenten sus milongas, den sus ánimos, pidan su voto a la gente de vuelta del trabajo (o de ida), de la oficina del paro, del trabajo mileurista o seiscientoseuros-ista, la mamá embarazada y en paro, la señora con una pensión de mierda, o yo, madre con profesión que solo busca no tener que hacer piruetas con poco dinero para llegar a fin de mes, que me paguen por mi trabajo y me reconozcan como profesional frente a otros que intrusivamente me quitan las posibilidades. Eso sí, ya saben, a riesgo de llevarse un bolsazo, un manzanazo o muchos móviles-azos. Va en la candidatura y en el sueldo. Va incluido en el compromiso que dicen van a adquirir si ganan, va en todo lo que dicen que harán a pies juntillas porque son los mejores. Pues venga, cierre de campaña y fiesta en metro, bus, tranvía… A dar la cara.
Para terminar y como un pegote hago aquí, decirles que bajo mi humilde opinión de ciudadana y algo enterada de cómo van las cosas, el domingo tras la «fiesta de la democracia» y happy, happy, no va a cambiar absolutamente nada. Son los actos los que cambias las cosas, no las ideas, y mucho menos vacías. Y gane quien gane nadie va a hacer absolutamente nada, al menos por el momento, son muchos los intereses cruzados, principalmente en que la sociedad esté dividida como lo está ahora, con poco poder adquisitivo y por tanto sujeta a lo que el de arriba dicte, sin más opción. Yo no sé la fórmula para cambiar las cosas, lo que sí sé y cada día veo más claro es que no hay voluntad por parte de la clase política de cambiar nada. ¿Por qué? Lo dejo para otro rato de mala leche.

 

madridmetro

image_pdfimage_print

Deja un comentario