Cómo pedir perdón

El perdón, ese algo tan necesario en las relaciones con las personas, en los sentimientos de las personas, en el bienestar de éstas. El perdón, algo que si se pidiera más a menudo… Algo que si se reconociese como acto necesario para con otras personas, especialmente las que más nos importan, seguramente cambiaría el mundo. ¿Qué pasaría si nos perdonásemos unos a otros, dejando el orgullo a un lado, el rencor y el egoísmo? Que tendríamos un mundo mejor. Que, sencillamente, viviríamos sin culpabilidades ni cargas emocionales. Que podríamos caminar por la vida sin peso, sin equipaje que sobra, teniendo una perspectiva más positiva, enérgica y vital de la vida. El perdón, ese gran olvidado.

Pero, ¿solo debemos perdonar a los demás?¿Acaso no andamos continuamente en conflicto con nosotros mismos? Sean realistas, no nos perdonamos a nosotros mismos un amor que se nos fue por simple egoísmo, una persona a la que dejamos sumamente dañada por una mala decisión o, simplemente, no nos perdonamos cómo somos. No me malinterpreten, los textos de autoayuda se los dejo a los expertos. Yo les planteo, ¿le damos al perdón la importancia que tiene? Para con los demás y para con nosotros. Perdonarnos y seguir libres, porque, a mi entender, el perdón es la clave de conflictos que se nos generan en nosotros mismos y luego se proyectan en los demás. El perdón es un eje fundamental de nuestras vidas. El perdón, en muchos casos, le hace a uno renacer y comenzar una nueva vida, con otras pautas. Es resetearse, es la versión buena y auténtica de nosotros.

¿Y cómo pedir perdón a los demás? Qué difícil. Porque pedir perdón supone reconocer primeramente que nos hemos equivocado, que hemos dañado a esa persona, que le hemos generado sufrimiento. Y es un «coste» muy difícil de asumir. Qué repetido ese consejo que nos dan de «olvídate y sigue, no merece la pena». Eso es lo más fácil. Eso el lo que deja personas gravemente heridas por la vida, por el mundo. Ese el consejo egoísta de mirar por uno antes que por el otro. Sin embargo es el que nos enseñan cuando empezamos a tener uso de razón. De bien pequeños, cuando le hemos pegado un guantazo a un amigo o peleado con nuestro hermano/a es lo primero que se nos reclama, pedirle perdón y «darle un abrazo». Es esa enseñanza obligada por parte de nosotros los padres. Sabemos que es eso lo que debemos hacer, enseñar a pedir perdón. Pero luego, de más adultos, les solemos decir a nuestros hijos «hijo, pasa, bastante tienes con lo tuyo, no te merece la pena esa persona, tienes que ser feliz». No. Toda persona merece la pena si no es la que nos agrede y no, esa no es la frase, el consejo es «hijo, pídele perdón y continúa con tu vida. Esa persona podrá seguir con la suya». No hay cultura del perdón, sólo del egoísmo y del egocentrismo. Dios me libre de estar abogando aquí por un mundo en el que nos vamos dando abrazos y besos los unos a los otros por las esquinas, existen los unicornios y las casitas son de chocolate; no, me hago reflexionar que el perdón es el punto de partida necesario, no sólo para solucionar un conflicto, sino para poder querernos y continuar en este arduo camino que es la vida. Si tú no te perdonas, ¿quién lo va hacer?

Y se preguntarán por qué hablo de perdón. Porque yo también hago daño y, en ocasiones, mucho. Porque no pido perdón todo lo que debería. Y porque debido a no perdonarme a mí no avanzo, no avanzo nada, al contrario; estoy caminando hacia detrás. Y machaco en ocasiones al que me quiere ayudar y no sabe cómo, porque nadie nace ni sabiendo ni con el don de hacer sentir mejor a los demás. No todos somos terapeutas.

Me encuentro en un momento de inflexión, sí, pero no quiero que sea hacia detrás. Porque me tengo que perdonar y porque tengo que pedir perdón. A muchas personas, pero en especial al que está a mi lado, lo intenta, se lo dificulto, se lo hago imposible y todavía le reprendo. No tengo ningún tipo de complejo en reconocerlo. Tengo que pedir perdón, pero no solo eso, tengo que poner medios para que el pedir perdón no sea algo diario, algo que por estar siempre en mi boca pierda su valor. He de tomar mi vida «por los cuernos», valorar y cuidar a los que me rodean y disfrutar de ellos. Pero, lo primer
o, perdonarme y pedir perdón a quien me intenta ayudar y solo recibe daño.

perdon

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