Comunicarse en extinción

En ocasiones, aunque duela, como si uno de los anteriores tigres sacase sus garras y me rasgase fuertemente el corazón, hay que decir lo que se piensa.

Primero se piensa que mejor que no, que no sirve para nada, que lo único que provocarás es un dolor innecesario. Pero luego, lo piensas y lo repiensas, y ese dolor que posiblemente a uno le causes es tu dolor, el de todos los días, una pequeña chinita de esas que no permite avanzar en el paso.
Una cuenta con que no se va a explicar bien, que el otro no lo va a entender bien. Todo se va a tergiversar, se le dará tintes y vueltas insospechados, pero la necesidad de hacerlo pesa. No me gusta la ley del silencio, si de algo nos diferenciamos del resto de animales es por la comunicación y el lenguaje y hemos de hacer uso de ello. Sin excesos, pero es básico. Si hablásemos más y nos escuchásemos con talante positivo muy probablemente no existirían guerras ni necesitaríamos armas para la defensa. La mejor y más útil arma sería la palabra, en descargaforma de comunicación no sesgada, dentro del respeto y la no agresión verbal, entendiendo lo que nos dicen y no lo que queremos o pretendemos escuchar y sin pensar que toda palabra o comunicación con una misión clarificadora es un ataque. No. No lo es. Pero va a llegar el día que pueda refutar mi teoría de que la sinceridad, aún de corazón, está mal vista, le tenemos miedo, y nos ocultamos bajo escudos tras lo que traspasamos la línea roja de la comunicación y nos pasamos al ataque y al verbeneo, no quitamos todo tipo de complejos. Pasamos de no decir nada a la cara/ oído a soltar perlas de más innecesarias porque entramos en el vicio y en el morbo. No, eso no es sano. Y plataformas de mensajería instantánea y redes sociales están cargándose de pleno nuestra faceta comunicativa, la están pervirtiendo, la están pasando al lado oscuro de la comunicación, la falta de respeto, la mentira o el insulto. Os lo dice, además de una víctima, alguien desesperada por tener que vivir sí o sí sometida a esta nueva realidad que hasta ahora le ha traído más problemas que beneficios.

Tengo que reconocer que le estoy cogiendo miedo a la gente. En general, aunque a alguno/a ya se lo haya dicho en particular. Nadie es igual tras estas pantallas que en persona. La privacidad se vulnera, los malentendidos son la piedra angular y los que somos incapaces de desengancharnos tampoco podemos intentarlo, puesto que se nos viene impuesto.

Sé que a veces me paso de sincera, procuro que sea por teléfono o en persona. Pero me queda la tranquilidad de que el que conmigo ha de tratar sabe por donde voy, que no oculto nada, que mi estela es tan larga cono dura una conversación conmigo.

Sin embargo he recibido reacciones de todo tipo. He recibido malas palabras o insultos, vulneraciones de mi privacidad, etc, a lo largo de toda esta nueva era pero a lo que me niego, de manera rotunda, es a sustituir la comunicación eficiente por la comercial e impuesta. Conmigo ya han tocado roca, como diría mi padre, así que ahora toca cambiar.

He perdido muchas personas queridas por el camino por mi terquería o por la suya, lo reconozco sin complejos. Pero desde luego, a partir de ahora solo les podré decir una cosa: si quieren algo, me llaman o directamente tomamos un café, una marinera o lo que se tercie. Y si usa mensajería, que sea para decirme hora y sitio.

Ya vale. A mi no me tragan los grandes de las comunicaciones. O no al menos sin la dignidad de haberlo intentado.

 

 

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