Desmontando a Ana

Soy culpable de verter opiniones y de personas aquí. Es una de las misiones de la web, pero no la única. Ya saldrán otras, esto es como un árbol, crece el tronco, luego las ramas que dan paso a las hojas. Yo, lo voy regando.

¿Y si por un día opino de mí misma? No es nada perjudicial ni presuntuoso. No es malo para nada. Hay que saber ser crítico con uno mismo. Solo así se mejora. Y no tiene por qué ser en silencio, no son hemorroides, son defectos, errores y subsanables.

Hoy me desmonto a mí misma. Sin complejos.

Soy una persona muy obstinada, cabezota. Es verdad que la obstinación me ha traído algunos problemas; la cabezonería es algo que me nubla, que me nubla más obstinadamente todavía. Y si se mezcla con enfado, más. Sé que he dejado personas heridas por ello en el camino; otras que me conocen no me lo tuvieron en cuenta. Lo cierto es que a día de hoy la cabezonería ha ido en decremento pues además de perjudicial para mi salud, no es una buena estrategia de vida: hace tiempo aprendí que si con ella me hago daño yo, mal menor; pero los demás no se merecen ser mis víctimas. Aunque la llevo en los genes, creo que en la mayoría de las veces, hoy, la oriento hacia una meta positiva. A la resolución de un conflicto. A protegerme. Pero sin herir. O al menos eso intento.

He de decir que gracias a mi cabezonería conseguí evolucionar, he conseguido metas que ni me planteaba como tales y, sigo viva, que es lo que cuenta. Por eso el grado justo de obstinación sería el idóneo. Pero a ver quién es el que le pone el cascabel al gato.

Soy demasiado sensible. Lo que me hace estar en alerta 24 horas al día. Como me dice mi padre, «siempre andas con la escopeta cargada». Y eso, cansa, es cansadísimo, agotador. Todavía no entiendo por qué vivo y siento tanto las cosas. Hubiese sido buena militar, aunque me hubiese venido abajo a la primera. El enemigo, con tan solo una palabra, me hubiese abatido. Esto contrasta con mi cabezonería pero, si se fijan, son las dos caras de una misma moneda, dos actitudes enfrentadas pero unidas entre sí, de manera que la sensiblería no se da sin cabezonería. Y viceversa. He sufrido mucho en esta vida por la dichosa moneda, aún lo hago. Pero algo estoy aprendiendo: yo puedo decidir qué cara de la moneda utilizar y, además, si me interesa o la desecho. Nunca es tarde para cambiar de monedero. Y de monedas, claro.

Soy demasiado entusiasta. Si bien es cierto que sin ilusión no se avanza, poner mucha en personas y cosas puede ser devastador. Algo que vuelve a contrastar con mi escopeta cargada; yo misma me doy cal y arena. Pero forman parte de un proceso muy sencillo: ilusión, desilusión, sensibilidad, abatimiento y «cuidado con mi escopeta que va cargada». Pues la voy a cargar de golosinas, de sonrisas o de risas de bebé. Así cuando piense de lo que va cargada, o bien no dispararé o bien lo haré para echarme a reír.

Lo analizo todo, absolutamente todo. Les puedo sacar diez significados por lo menos distintos de una frase, diez sentidos; ver el vaso de diez formas y explicarles el porqué. Para mí tiene todo tiene punto de partida y final. Se actúa con justificada motivación. De las que les puedo sacar otras diez. Si bien es una cualidad en el desarrollo de mi profesión y en la supervivencia en sí misma, también cansa. Porque en la mayoría de los casos, en la más sencilla, está la explicación. Pero en mi defensa añadiré que he llegado a adivinar cosas de manera sorprendente, yo diría que rozando el miedo. El mío y el de los que me rodean. Yo me canso de los análisis y los que me rodean, también. Por eso siempre digo que se me calle con un buen beso o abrazo, depende de la confianza, porque me estará ayudando. Muchísimo.

Finalmente, algo que destacaría, es mi demasiado desarrollado sentido de la Justicia. Y este mundo ni es justo ni va a serlo. Y las personas, algunas lo son y no siempre. Tendemos al caos, ya lo dice la Física, no a la Justicia. Y yo tampoco soy nadie para impartirla. Absolutamente nadie y Dios me libre.

Así pues, esta soy yo, en rasgos generales, en un esbozo rápido. También tengo muchas virtudes y lo sé, pero esas no necesitan revisión ni soluciones. Me importa más mejorar.

Y en honor a la verdad y a este artículo y a ustedes, lectores, diré que siempre he actuado conforme a lo que creí conveniente en cada momento; de algunas cosas me arrepiento, de otras es seguro que no.

Pero lo más importante: si me importas, me pondré cabezota contigo, me echaré a llorar ñoñamente en tus brazos, te tendré dos horas analizando la cuadratura de la luna y notarás mi sangre hervir al ver los informativos o te diré que has sido injusto conmigo.

Pero si de mí solo percibes indiferencia, todo es un enceflograma plano de emociones, siento decirte que pintas poco en mi vida, me importas poco, no me interesas.

Y es que yo soy así: jamelga bravucona con el corazón en un puño porque «me vas a hacer pupita». Y me echaré a llorar. Y, en realidad, ni jamelga, ni brava, ni pupa.

Simplemente, Ana.

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