Inversiones de una vida

 

 

Cuando era pequeña, digamos que en edad de colegio, uniforme y canicas, mi vida se ceñía a vivir el día a día, a un día vista como mucho. Los días me resultaban largos, cada minuto contaba y mi percepción del tiempo hacía que viviese con énfasis cada experiencia o situación. No había para mí días, meses, semanas o años, como ahora, sino momentos. No planeaba, no necesitaba trazar ningún plan de vida: vivir, esa era mi ocupación y preocupación, sin más. Y la mía, la de mis hermanos, amigos o compañeros. Veía a mis padres como procuradores de todo lo demás sin imaginar, ni por asomo, lo que para ellos suponía que yo solo me dedicara exclusivamente a eso: vivir. Ellos, como digo, me procuraban todo lo necesario para esa vida y yo no era capaz de valorar el coste que les suponía. En eso los niños son ‘egoístas’, en el sentido de que su grado de madurez no les permite hacer esa valoración; solo ya de adultos y especialmente cuando se convierten en padres valoran (y no todos) lo que eso supone. A mí, al menos, es lo que me ocurrió.

La empatía (acompañada de la humildad), eso es lo que terminé de desarrollar al ser madre: ponerme en el lugar de mis padres. Eso no significa que no fuese ya empática antes (creo), pues entiendo que la empatía va relacionada en gran parte a la madurez (y algunos ni con esas, va en su forma de ser) pero la llegada de un hijo, ¡qué narices!, ese es el mayor baño de empatía que, al menos yo, me he pegado en lo que llevo de vida. Y espero muchos baños más, sin necesidad de vástagos de por medio. Es por ello que me pregunto: ¿hay alguna manera de educar a nuestros hijos en la empatía? Es decir, ¿no debiera formar parte básica de la formación de la persona el educar en empatía como eje fundamental para valorar lo que se tiene, lo que no se tiene, lo que se necesita o no y ser conscientes a edades más tempranas (antes) de lo que cuesta (no hablo de dinero), en definitiva, vivir? Algunos (muchos) de ustedes estarán pensando que eso es obligación de un padre desde hace ya mucho, un valor fundamental que todo padre debe inculcar. Si es así, ¿no tendríamos un mundo mejor al que tenemos? ¿No sería la sociedad muy distinta a la que es? ¿No serían las relaciones humanas más sanas en vez de más tóxicas cada vez? Porque sí, señores, vivimos en un momento en el que las relaciones humanas, de cualquier índole, son cada vez más tóxicas, entendiendo por ‘toxicidad’ individualismo, inmediatez, perfección, humillación, incapacidad de perdón (de pedirlo o ser consciente de que se debe pedirlo porque se ha obrado mal), incapacidad de reconocer errores, dependencia y egoísmo, mucho egoísmo. Si de algo somos muy pobres todos (como sociedad) es de empatía. La que conlleva, como señalaba antes, humildad. Esa toxicidad anula cualquier atisbo de empatía en el ser humano. Sé que no debo generalizar. Pero bien saben que gran parte de lo que les estoy exponiendo es una realidad. Y qué quieren que les diga: para qué queremos un mundo globalizado, ultra tecnológico, en el que internet dirige nuestras vidas y en el que el conocimiento está a un ‘clic’ de distancia, en el que la sobrecualificación y la titulítis es casi una constante, en el que todos tenemos muchos derechos… ¿Para qué? ¿Para luego utilizar esos medios, esos derechos, para dañarnos unos a otros sin miramiento alguno? ¿Dónde queda el «ser» como individuo íntegro formado de valores y entre los que se encuentra la empatía? ¿Para qué tanta demagogia entorno a la educación, la economía o el progreso si estamos asistiendo a una deshumanización en toda regla?

Pero ojo, no se me rasguen las vestiduras cayendo en el tópico de que «menuda juventud tenemos y lo que nos espera». No. Estoy viene de muy lejos. Y es posible que los niños sean poco empáticos por su inmadurez pero les aseguro que algunos no lo han sido en su vida ni lo van a ser, tengan 20, 40, 60 u 80 años. Es por ello, que de nuevo, me pregunto: ¿cuáles están siendo las inversiones de nuestra vida? Pregúnteselo, ahora que lee estas líneas: ¿en qué estoy invirtiendo mi vida? ¿Es positivo solo para mí el fruto de esas inversiones o algún semejante se beneficia? ¿Soy cada día un poco más humano y mejor persona?

Si bien es cierto que podríamos pensar que tanto la empatía como esas inversiones humanas de vida pueden hacernos vulnerables y ponernos en peligro por el mal de otros, de nuevo me pregunto: ¿tener arrojo, constancia y capacidad de miras es incompatible con la empatía y la humildad? ¿De verdad? Porque, entonces, yo me ‘borro’ de persona y me apunto a ameba. Pues consideraré, entonces, que absolutamente nada de lo hecho, de lo aprendido, de lo vivido e invertido tiene sentido. Esto no va de una rebelión con sus consignas derivadas que a mí me ha dado esta noche por emprender. Es que no puedo entender, de ninguna manera, que existan personas sobre la faz de la Tierra que caminen por ella sin haberse dado cuenta de que conviven con semejantes, que son iguales y sienten y padecen de la misma manera, tienen necesidades y luchan al igual. Exactamente por lo mismo y que es vivir.

¿Darwin y la selección natural? No solo sobreviven los más fuertes por rastreros, pisa cabezas y cabronería (perdón); sobreviven aquellos más fuertes de alma, de mente, de corazón y de valores cuyas inversiones de vida son sostenibles. Sí, sostenibles, donde cabe el semejante. Donde el «te quito a ti para ponerme yo» no es lo normal sino en el que caben todos, cada uno en su lugar. Y es que a través de esa empatía y la humildad somos capaces de llegar a tal conclusión. La astucia no es ser el más malo malote del mundo mundial, es tener la capacidad y fuerza mental de saber dónde se está, dónde está el resto y sostener el deber moral de caminar sin dañar o fastidiar al otro.

Para esta etapa que comenzamos en breve (para mí ya saben que el año empieza el 1 de septiembre) les deseo prosperidad, felicidad, salud y mucha ilusión. Pero, sobre todo, mucha empatía y humildad en las que sus inversiones de vida incluyan a cuantos más, mejor.

 

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