La vida es circo

Este es probablemente mi último artículo del año, no por ello menos importante. He de reconocer que llevo una temporada de poco actividad pero es que, cuando a una le entra cierta desilusión por lo que hace, traduciéndose esta en apatía por escribir o ponerse delante del ordenador, mejor no forzarse. Hoy tengo fuerza, el último empujón del año, y con ustedes lo comparto.

Ayer tarde acudí con mi hija y unos amigos al circo, una actividad muy habitual en la Navidad pero que yo llevaba décadas sin practicar. Lo bonito fue acudir con mi pequeña y la compañía, mi pequeña familia, pero más aún hacer algo distinto a lo que vengo acostumbrada, que puede ser ir al parque, al cine o un desfile callejero. Fue una muy grata experiencia, además de por la novedad del asunto, por el significado que le he iba sacando conforme trascurría la función. Que empiece el espectáculo, el circo de la vida está aquí.

La primera actuación, las fieras y el domador. Cuatro tigres de bengala (y una tigresa, «Sonia») y un león. El hombre contra la bestia. Los instintos más primitivos, más básicos, que representan las fieras, y el domador, sumergido en el contexto (Sociedad) en el que se encuentra, con la imperiosa necesidad de domarlas, no se le puede escapar ninguna de esas fieras. Son esos instintos nuestros que son domados poco a poco mediante la educación conforme crecemos y la socialización, unas veces con látigo, otros con normas, castigo/premio y en general  por aprendizaje y condicionamiento. Ayer el domador nos mostraba como se doma a las fieras, y nosotros, los seres humanos, somos fieras, animales de iguales instintos que debemos ser domados.

Tras las fieras, una exhibición de unos perritos caniches monísimos que mostraban mucha cercanía y lealtad a su dueña. Acaso no somos los seres humanos, por regla general, leales. Acaso no necesitamos que nos sean leales. Esa lealtad es la compañía que necesitamos pues el ser humano es un ser «polis», con la necesidad de vivir en compañía de otros donde la lealtad y el cariño se erigen como ejes fundamentales de nuestro orden moral y la convivencia.

De repente, una preciosa adolescente, con unas alas brillantes que generaban estelas de luz y que a su movimiento agarró su cuerpo a un arnés y un aro y comenzó a ascender como si a los cielos se dirigiese, caminando sobre el aire, haciendo todo tipo de figuras que desafían extremadamente la gravedad. ¿Nunca han soñado volar y caminar sobre las nubes?¿O simplemente una gravedad 0 en la que sus cuerpos no pesen? Los sueños, los que nos persiguen desde niños. Esos sueños imposibles pero que nos hacen sentir que un día tocaremos la luna o el sol sin quemarnos. Que lo imposible ocurra. Y en todas las facetas de nuestra vida.

Seguidamente, los esperados malabaristas y equilibristas. El que con un cilindro y una tabla consigue mantenerse minutos y minutos sin caer. Desafiando de nuevo la gravedad. Utilizando los recursos físicos humanos como los reflejos o el equilibrio. El que con las manos maneja cinco objetos en el aire al mismo tiempo, como el que se encuentra en casa haciendo X cosas a la vez  ¿Acaso no somos todos nosotros equilibristas/malabaristas todos los días del año? Llegar a fin de mes, que nuestros hijos crezcan en el buen camino, estabilidad en el trabajo, conciliar trabajo y familia, las amistades y sus vaivenes. La vida nos obliga a ser equilibristas y malabaristas a cada momento. Y el que no lo consigue, se queda fuera, la supervivencia que decía Darwin.

El payaso, el que nos hace reír casi que tomándonos el pelo, con cosas tan absurdas como un pito o unos zapatones que le hacen caminar como un pingüino. La risa, eso tan necesario, eso tan sano, que dicen los expertos alarga la vida pero que, desde luego, hace que ésta sea más amena y agradable. Esa risa surgida de la sencillez de lo absurdo, de hechos cotidianos presentes en nuestras vidas que son los que realmente importan.

Y de repente, un hecho insólito, inesperado: un espectáculo de fuentes, luz y sonido. Cosa poco común en un circo, la verdad, pero maravilloso en sí mismo. El agua es ese elemento esencial para vivir, que necesitamos sí o sí, tanto microhumanamente en nuestro cuerpo como a nivel macro en la Tierra. Por algo nuestro planeta es 3/4 partes agua, la naturaleza es sabia. El verla salir a chorros, caer, que levemente te moje. Eso es parte del vivir.

No faltaron los caballos, los que fueron nuestro medio de transporte durante muchos siglos, dependíamos de ellos para poder movernos por toda geografía. Dóciles y fieles, representan la evolución del entendimiento del mundo a lo largo de la Historia: el hombre ha cambiado, su manera de vivir la vida, lo que tiene, pero cómo se mueve el caballo, fiel a su naturaleza, sigue cabalgando como hace siglos siglos e incluso milenos. Y con su cabalgar la belleza de su paso, de su estilo, de su cabello. En definitiva, su elegancia.

Y finalmente, de entre todo aquello, de entre todo aquél vaivén de hechos sustancialmente vitales que los artistas nos mostraban con sus números, apareció la infancia de todos los mayores allí presentes, entre sorpresa de los más pequeños fofitoque algo tarareaban gracias a adaptaciones que las nuevas tecnologías han permitido: Fofito. Sí señores, en su «auto Feo», tal cual, junto a Mónica Aragón. Desde luego hay personas para las que el tiempo no pasa, o pasa sin dejar huella, y ese es Fofito. Imagínense entre «Gallinas Turuleca», «Don Pepito» y muchas más. La carpa se vino arriba, nuestra infancia salió de la memoria y corazones. Retrocedimos en un momento treinta años o más, fuímos niños de nuevo. Y es que la infancia es parte de nuestra vida, una parte muy importante que el circo, en su particular manera, nos quiso traer.

Todos los artistas que ayer tuve la oportunidad que disfrutar son una sola familia, un solo apellido. Desde el abuelo, el más mayor, hasta los hijos y los nietos, pequeños pero con sus propios números, aprendiendo desde el nacimiento tan digna profesión. Al servicio de los espectadores, siempre, son artistas que no salen en televisión, que no obtienen de ello desorbitados sueldos pero que van a función diaria y tienen pasión y vocación por lo que hacen.  Recorren el mundo entero con su particular visión de la vida y ejerciendo una de las profesiones más antiguas que se pueden recordan pues ya en época de los romanos, aunque en singular manera, había circos. Un conocimiento que se transmite de generación en generación, que conlleva mucho entrenamiento, muchas horas de caer y volverse a levantar, de llevarse un mordisco o de quemarse con un malabar de fuego. Pero les merece la pena pues su vida es el circo. Pero es que, señores, nuestra vida es circo, es como un circo, en la que todos esos elementos y valores que les he enumerado están profundamente presentes, siendo los principales ejes del ser humano y su estructura de vida.

Valga este humilde escrito como apoyo para el mundo del circo que ahora, por cuestiones de política que no entro a evaluar, se está viendo perjudicado, e incluso peligrado. Qué manía nos ha entrado a todos por prohibir, prohibir y prohibir. Aprendamos un poco más de ellos y domemos, trabajemos duro, esforcémonos y ofrezcamos a nuestro particular público lo que queremos ofrecer. Porque, además, tienen el total derecho a ganarse la vida dignamente como hasta ahora. Solo propongo algo a los que mandan: que el que quiera prohibir, pase antes una temporada en el circo de gira. Ya luego, que decida. Pero viendo los «toros» en el ruedo y la realidad en su contexto más cercano, no desde la barrera.

Y es que la vida es circo. Cada una de nuestras vidas es un circo. Y el circo es la vida en sí misma, sin connotaciones peyorativas de ningún tipo.

Y tú, ¿has ido alguna vez al circo?

circo gotani

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