Marcar los tiempos de una segunda oportunidad

 

 

No suelo mirar a ambos lados cuando salgo del portal de casa. Hoy tampoco lo he hecho. Llevo sentido, orientación y destino en mi cabeza ordenados. Es una suerte, pues no me siento perdida.

Bajando la calle, en breve, me encontraré la primera boca de metro. No lo voy a coger. Hoy camino, a pesar del frío. Necesito sentir el afuera: la gente, el ruido… Sentirme viva. Estoy ya a escasos metros de Gran Vía. Y una vez inmersa en ella todo es seguir y seguir… Hasta que mis pies me digan «basta», hasta que mi mente esté algo más clara. Hasta que lo que necesite en ese momento sea volver a casa y no salir.

Me encanta el espectáculo de luces que ofrece esta gran arteria de la ciudad. Me infunde alegría, me llena de energía positiva… ¡Por Dios, me siento capaz de todo! ¡Me voy  a comer el mundo!… Pero el mundo es muy difícil. No imposible, claro está, pero difícil. Imagino que todas estas personas que junto a mí abarrotan las aceras de Gran Vía tienen sentimientos similares. O no. Pero sentimientos, al fin y al cabo, que les motivan a caminar al igual que yo, a tomar decisiones, a actuar… En definitiva, a vivir. Porque al final se trata de eso, de vivir. Caminar es vivir y, vivir, caminar.

– ¡Victoria!-. Escucho de repente, entre toda esa gente, entre todo el ruido, mi nombre. Imagino que no es a mí a quien llaman. ¿Cuántas «Victorias» puede haber en este momento por aquí? Muchas-.

– ¡Victoria! ¡Wicky! -. Me temo que esa sólo puedo ser yo. Ese es mi apelativo cariñoso de quienes me conocen. Me están llamando a mí. Y voy a parar y girarme, cómo no.

No puedo creer lo que mis ojos ven. No puedo… ¡Tiene que ser una visión! ¡Imposible! Alguien que tanto me ha repudiado, que tanto silencio me ofreció, que pocas respuestas me dio, ¿de verdad está en la misma calle que yo, a escasos metros? ¿Me ha llamado? ¿Qué diablos quiere? No sé si debo no escucharle y seguir mi camino. Aquello es pasado. Él es pasado. Y me costó mucho superarlo. Pero todo el mundo merece una segunda oportunidad. O, al menos, ser escuchado. Quiero escuchar aquello que quiere decirme. Tan sólo será un saludo, imagino, aunque me sorprendería tras tanto silencio.

– Hola, César-. Se acerca corriendo hacia mí. Yo, parada en seco en medio de toda esta gente que se mueve… Ya no estoy caminando, pero vivo. O eso creo-.

– Victoria, ¡hola! Cuánto tiempo…

– Así es.

– ¿Qué tal todo?

– ¿Qué quieres, César? Entiendo que el silencio a mis llamadas, mensajes y cartas en dos años significa algo. Dímelo.

– Bueno…Ehm… Ha sido todo muy difícil. Y quiero explicártelo, lo necesito. Y  pedirte perdón.

– Entiendo. Pero yo no sé si quiero. Olvidarte ha sido de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida. Lo conseguí. No quiero líos, quiero seguir.

– Pero…

– No, no puede ser cuando tú quieras. No tuviste ni tienes ningún derecho a creer que tú marcas los tiempos. Ahora, es tarde-. En el fondo, estoy deseando escucharle y tener esa explicación que tanto esperé y ansié durante tanto tiempo… Pero, por otro, tengo que continuar, no quiero regresar al pasado. He salido de casa a vaciar la mente, no a llenarla más. Me va a cargar emocionalmente y no tengo ganas.

Wicky, lo siento. Y sé que no tengo ningún derecho a pedirte ahora que me escuches. Pero lo necesito, por favor.

– Te he dicho que es tarde, César. No.

– Te lo debo. Nos lo debemos. ¡No seas terca! Te conozco. Por favor, Victoria, es posible que luego te arrepientas de no haberme escuchado.

– César, no. Me alegra haberte visto, comprobando así que estás bien. Ahora, me voy. Continúo con mi camino.

– De acuerdo. Estás en tu derecho. Pero que sepas, Victoria, que no me arrepiento de haberte parado y haberlo intentado. Disculpa si te he hecho perder el tiempo.

– Cuídate, César. Hasta pronto.

– Igualmente. Hasta pronto, Victoria. Y suerte.

Me giro y reanudo mi camino. No quiero volver la mirada. No. En un rato lo habré olvidado todo. Seguir, caminar, vivir… Que no, que para seguir caminando y vivir necesito escuchar lo que César tiene que contarme. Lo contrario es engañarme a mí misma.

– ¡César, espera!-. Grito al volverme y echar a correr tras él. César se gira, esboza una leve sonrisa mientras, quieto, corrientes de gente le pasan a un lado y al otro. – Tomemos algo aquí mismo. Pero no quiero prisas. Tienes mucho que contarme.

Foto: https://www.cuadrosguapos.online/43-arte-pop

 

 

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