Mi pequeña criatura

 

A mi sobrino Andrés

 

Delito tengo  por no haberte escrito antes, mi niño. Así es tu tía, en ocasiones inmersa en épocas de bloqueo creativo o, simplemente, en continuas épocas de cambio. Si bien, Andrés, no quiero oscurecerte, de alguna forma, la llegada a este mundo, ya te adelanto que la vida más o menos va de eso, del continuo cambio. Pero no te me asustes, pequeño, que el cambio no es ni mucho menos necesariamente de naturaleza negativa. Más bien lo contrario. Pues si algo nos hace aprender, crecer y desarrollarnos como seres humanos es precisamente el cambiar, entendiendo el proceso como un concepto inherente al paso del tiempo. Pero, de momento, cielico mío, no te voy a dar la ‘brasa’ con mis idas filosofófico-conceptuales, pues ya tendrás tiempo de mandarme a pasear al fresco cuando seas más mayor. Pues, ahora, ¡ay, pobre mío!, solo  tienes el recurso de llorar… Desde ya y hasta el resto de mis días tienes absoluta licencia para mandarme al infinito. Con confianza, no te cortes. Tómame la palabra.

Cada vez que me miras con esos ojos sencillamente me deshaces. Y al mismo tiempo me inundas de paz y tranquilidad infinitas. Eres un milagro de la vida, un regalo que tus padres, fruto del profundo amor que me consta (pues lo veo y percibo) se profesan. Y sé que es extensible a toda la familia, pues tu llegada a este mundo ha supuesto para todos nosotros un feliz cambio que, a pesar de algunas adversidades, promete ser lo mejor que nos ha pasado en mucho tiempo. Junto a tu prima Inés, sois nuestro más delicado, preciado y valioso tesoro.

No olvidaré jamás la primera vez que te vi. No olvidaré jamás el abrazo en el que me fundí con tu padre cuando salió para decirnos que ya estabas entre nosotros. Y todo en muy pero que muy buena parte gracias a la incalculable, abnegada, bendita y admirable paciencia y fuerza que tu madre tiene y ha tenido desde el momento de tu concepción, si cabe. Eres muy afortunado de tenerla, al igual que a tu padre, jamás lo olvides. Yo me encargaré, si lo haces, de recordártelo. Porque no te haces una idea, pequeño mío, del tesón, de la lucha, del aguante y la actitud admirablemente positiva que hasta el momento han tenido ambos. Me arrodillo ante ellos; mi más cariñosa y abnegada reverencia hacia ellos: qué ejemplo de amor incondicional cargado de ganas de luchar que me han dado. No lo voy a olvidar nunca. Chapeau.

Se dice que los niños vienen «con un pan debajo del brazo». Eso, a ti, se te queda escaso, pero que muy escaso. Has llegado con un «capazo» de infinitas emociones entremezcladas de tal manera que, como te he dicho antes, cada vez que te tengo en mi regazo me deshago, me paralizo.

Aquí me tienes, sobrino, para cuanto necesites. No importa el día. No importa la hora. No importa de lo que se trate: incondicionalmente. Y sé que, al igual, hablo de boca de mi pequeña Inés (tu prima) al decirte que sé que suscribe cada una de estas palabras. La has hecho tremendamente feliz con tu llegada. La has llenado de más ilusión y vida, si cabe. Has hecho que empiece a desarrollar emociones y sentimientos que hasta el momento ella misma no sabía que era capaz de experimentar.

Así pues, grandiosamente agradecida y sintiéndome infinitamente bendecida, ya puedo decir que tengo un sobrino, un precioso y milagroso sobrino. Otra razón más para tomar el ejemplo de tus padres y abuelos y luchar contra todo. En actitud positiva, sin miramientos ni duda alguna. Pues junto a mi niña, mi pequeña Inés, ahora te tengo en mi haber, mi pequeña criatura.

Con todas mis fuerzas pido a Dios que te bendiga y deseo que la vida te dé todo lo bueno que tiene y que es mucho. Y a mí, que me provea de salud para verlo. Te quiero.

Fdo.: tu tita pesada.