Semper mecum, amicus meus

 
   A mi adorado Rubén. Desde el cariño más profundo, desde la pena de tu ausencia. Descansa En Paz.

Dice la canción que «algo se muere en el alma cuando un amigo se va». No solo eso. Una parte de la vida de uno, una parte de vida conjunta que anidaba en mi interior en forma de llama que, de repente, se apagó.  Y se hizo la   oscuridad… Que nubla mi mente y mi corazón, inundándome de una profunda tristeza, impotencia y rabia. La mezcla: un bomba dolorosamente explosiva.

Una llamada de teléfono y ya no estás. Se hizo el caos en mí  y ya nada, absolutamente nada, volverá a ser como antes. Ahora debo aprender a vivir sin ti… No sé cómo lo voy a hacer. Pues la estela que dejas en mi alma y en mi vida es infinita.

«Todo es fabuloso» cantábamos en trío junto a Maite. No lo era, para ninguno. Pero nos reíamos de ello, consiguiendo de alguna manera que lo  fuese. Cocinaste ancas de rana y, entre los nervios de la novedad y el    atrevimiento, te cachondeabas de nosotras. Al mismo tiempo, Siri nos llamaba básicamente inadaptados por preguntarle el resultado de dividir cero entre cero. Y nosotros, como buenos inadaptados (y dándole así la razón) nos reíamos mientras, como tontos, se lo volvíamos a preguntar una y otra vez deseosos de escuchar su respuesta.

Muchos ‘besings’ y ‘abracings’… Te enamoraste de mi Murcia desde el primer momento en que la pisaste (y mira que precisamente no está de moda). Motu proprio te uniste a mi indignación  por nuestra mala reputación: repetías junto a mí ese «Murcia no tiene ná» que reconozco terminé por exagerar en su pronunciación por la sonrisa y ese reír tuyo que así te sacaba. Soñamos futuro, limpiamos pasado. Nos creímos capaces incluso y por un instante de cambiar el mundo, a sabiendas de que engañándonos de esa manera cogeríamos el impulso necesario para seguir.

Noble, amable, generoso, humilde. Amigo hasta de sus enemigos; incapaz de juzgar pues su tremenda empatía se lo impedía.  Tremendamente inteligente, inasequible al desaliento. El rendirse nunca fue una opción para él. Y me consideraste una soldado y, por tanto, compañera, por luchadora y tenaz. ¿Cómo no serlo si tenía tu ejemplo constante? Merecía además la pena, por todos los ratos vividos juntos y en compañía de muchos que, al igual o más que yo, vivimos inmersos en una profunda desolación ahora que no estás. Dime Rubén, dime ‘Johnny’, ¿ahora qué hago sin ti?

Pasarán días, meses, años. Y mi mente, de manera totalmente insana tendrá siempre la esperanza de volverte a ver. Porque si bien la muerte es parte de la vida y algo natural, debiera haber respetado en tu caso el orden también natural y cronológico de las cosas.

Estés donde estés sigue brillando como siempre. Procura que tu estela sea intensa. Pues es y será mi luz y mi consuelo. Y probablemente no solo el mío.

Hasta siempre, amigo mío. Entre lágrimas me veo en la injusta obligación de despedirme de ti. Pero no es un adiós sino un hasta luego. Pues la muerte no es el final y, muchísimo menos, el nuestro. Siempre conmigo, amigo mío.

 

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