Sobrellevar el infinito

El amor no tiene límite. No tiene significado académico ni descripción, ni forma. Es como el agua, también: incolora, inodora, insípida y, añadimos: invisible.

Muchas veces he escuchado que si uno no se quiere a sí mismo, no puede querer a los demás. Mil veces he pensado que es una simpleza, pues no tiene que ver una cosa con la otra.

Pero es la verdad, la pura realidad. Uno se da cuenta cuando llega el amor de verdad, ese que te llena del todo, que explota tu corazón para que, él solo, se una a trozos de vivencias, de energía, de pureza, alegría, fuerza y valentía. Y a ser posible, trocitos del de la otra persona. Y conforman un nuevo heterogéneo corazón.

Amar es algo así como el término «infinito» en las matemáticas: además de lo difuso del concepto, no tiene ni principio ni fin. Como un círculo pero con otra forma, otro camino. Donde tiene puntos de encuentro, como un ocho, pero no acaba nunca. Y puede empezar en ese ombligo del ocho. Pero ya no tiene fin. Ya no acaba.

No le podrás querer si no te quieres a ti mismo primero. No. Probado y comprobado desde que el mundo es mundo. Quizá amarle en la utopía, pero no funcionará. La razón es muy fácil: amar a alguien es aceptarlo y amarlo tal cual es, con su circunstancia y sean las circunstancias que le rodean y, que además, puedan venir. Es decir, como debemos querernos a nosotros: tal cual somos, con nuestras circunstancias que nos rodean y las que puedan venir. Si no, fracaso total. Repito.

Pero me imagino que hay trucos a sobrevivir al hecho de amar pero no querernos a nosotros, y por tanto, que no funcione la relación con la persona a la que amas. La más simple pero a la vez casi única: sobrellevarlo en el día a día.

Sobrellevar el amor de tu vida en el día a día es encajarlo en tu vida y corazón, llevarlo a todas partes contigo. Funcione como funcione tu vida. En la rutina; en momentos felices en el que lo pensarás deseándolo a tu lado, y en los malos, en los que también lo pensarás deseando que estuviese.

Conviene darle una vía de escape a través de un diario, del arte, de hacer ganchillo; otros le dan a la bebida, a las drogas o a la mala vida en general. Pero no hay que llevarlo a ese extremo. Sobrellevarlo es la clave.

¿Y si eres correspondido pero aún así eliges amar en silencio porque no te amas a ti y, por tanto, no funciona?
Parece incongruente, de buscar la infelicidad, de contraproducir contra uno mismo.

La respuesta es fácil: evitar daños al otro, a otros; evitar daños colaterales. Y mientras, aprender a quererte y conseguirlo. Y utilizar ese amor para ello, como empuje. Con la motivación de que cuando te quieras y por tanto conseguirás que funcione lo vuestro.

Con el paso del tiempo y alcanzado el objetivo «quererse», uno se encontrará  con dos posibles situaciones: que la otra persona te ame igual, te siga amando, te abra sus brazos y finalmente funcione, o que, por el contrario, esa persona ya no te quiera, no haya esperado. Pero tú ya habrás aprendido a quererte tal cual, a ti y a los demás, gracias a la motivación de ese amor. Y es seguro que ese amor siempre dorado será tu impulso para todo lo demás. Y te llevas el quererte.

Ama y ensancha el alma.
Pero ama y aprende con ello a quererte y querer a los demás. Son condiciones suficientes y necesarias.

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