José Eduardo

A José Eduardo Pérez Madrid, desde el más profundo cariño y respeto.

Recuerdo la primera vez que desfilé, de manera inesperada, como penitente en el tercio del Paso de la Primera Caída. La directiva en ese momento (1999), con José Eduardo como presidente de la agrupación (Santísimo Descendimiento de Cristo y Paso de la Primera Caída -Cartagena, Marrajos-) había decidido crear un fuelle femenino en dicho tercio. En la reunión previa de cada año de formación de tercios (entre otras cosas), expuso la decisión adoptada. Aquellas hermanas que quisieron se apuntaron como penitentes pero faltaba una, quedaba una vacante por rellenar. José Eduardo preguntaba si alguien más se animaba, mientras, mi padre, me daba codazos y me decía que me atreviese, que me animase a unirme. Tenía 14 tiernos años y jamás había pasado por mi cabeza el salir de «capirote». Nunca. Cuando ya José Eduardo iba a dar por finalizado el tema, de un impulso y sin apenas pensarlo, levanté la mano y tímidamente grite: yo. Recuerdo su sonrisa al ver mi gesto inesperado. Con la simpatía que siempre le ha caracterizado, cariño y mucha educación me pidió que me levantase para comprobar  mi altura. Así lo hice, y tras decir con toque jocoso-cordial que daba la talla sin problema, me embarqué en la que ahora es una de las pasiones de mi vida: la Semana Santa de Cartagena. Rectifico, José Eduardo me embarcó, junto a mi padre, en la que, como digo, es una de mis pasiones y además, a través de un gesto  que para mí  fue y es de gran importancia y trascendental: dar entrada a la mujer como penitente en la agrupación.  Un gesto que viniendo de su persona y su entorno no me extraña, pues así era José Eduardo, una persona  de hechos, y que, por amor a su mujer, se hizo marrajo, del Descendimiento y muy posiblemente se presentó a presidente.

Un año después (2000), y junto a la la directiva, me haría Madrina de la agrupación, algo que no olvidaré jamás. Por muchos motivos, los tres principales son, por un lado, la ilusión de mi padre, a quien hizo muy feliz con la propuesta; por otro lado, de nuevo me cogía de sorpresa, pues jamás habría imaginado, aún viendo desde pequeña lo que era, que yo un día sería la Madrina.  Una vez más, de manera discreta, generosa y cariñosa me había dado otro «empujón» hacia esa pequeña gran pasión que es para mí la Semana Santa cartagenera. Además de mi padre, José Eduardo tiene mucha «culpa» de esa pasión. El tercero de ellos (para mí marcado a fuego en corazón y mente) es que por ese hecho, ese gesto, pude desfilar dentro del tercio del Santísimo Descendimiento de Cristo, la noche del Viernes Santo, bajo el color burdeos de su capa, con su escudo bordado y el fajín en mi cintura, ambos de belleza indescriptible. Como cartagenera y procesionista es un honor y un privilegio que jamás olvidaré.

Escribir sobre José Eduardo supone para mí que un torrente de imágenes, recuerdos y momentos invadan mi cabeza desde mi más tierna infancia. Esos recuerdos, de momento, me van a permitir que me los guarde para mí. Pues tras su reciente pérdida son los que, entre otras cosas, me reconfortan.

De educación exquisita, amable, humilde, culto, buen padre y esposo. Trabajador y luchador, eso sí, sin afán de protagonismo. Así era él. Y así se fue el pasado 7 de septiembre, rodeado de los suyos, con discreción, intentando causar las mínimas «molestias» a sus hijos y a Dulce, su esposa. Esa gran mujer que siempre, absolutamente siempre, estuvo a su lado. El amor existe, ya lo creo, y José Eduardo y Dulce son un ejemplo indiscutible de ello.

Como bien dicen sus hijos ahora, especialmente Javier, la muerte no es el final. Y la marcha de José Eduardo no es ni mucho menos su final, ya lo creo que no. Por el legado humano (en valores y personas) que deja.  Y porque sé que está ahí, en algún lugar, tranquilo, sosegado, sonriente y en paz.

Es por esa razón que me van a permitir que me dirija a él, pues sé y siento que de alguna manera leerá estas líneas, no me cabe la menor duda:

José Eduardo, te has «ido» sin apenas avisar. Quisiste ser discreto hasta para eso. Como periodista que soy, al igual que tú, tengo mucho que aprender de ti. Como persona, aún más. Gracias por ese ejemplo que me dejas de lo que debo de llegar a ser, tanto como colega de profesión como  persona y marraja. No tengas duda alguna de que tu amada Dulce y tus hijos, Eduardo y Javier, estarán arropados siempre no sólo por ésta que estas palabras te escribe, sino por la gran cantidad de personas que tu estela, al igual que pasó conmigo, alumbró. Y por descontado por la familia, esa piedra angular tan importante para ti que de manera magistral inculcaste junto a Dulce en tus dos hijos, cuya simetría fraternal es otra muestra más de tu legado. Estarás siempre en mi recuerdo.

Desde este humilde medio, desde mi corazón y junto con mis recuerdos: gracias.

Foto: Ana Soto.