Amorosa y positiva experiencia

 

De lo que versa sobre la experiencia… De lo que versa sobre el amor… De lo que versa sobre la experiencia en el amor… De lo que versa sobre el amor experimental… De todo se ha escrito ya. Siglos y siglos (incluso milenios) de literatura. Distintos autores (y autoras) y distintas opiniones… ¿Dadas desde la experiencia vivida en el terreno del amor? ¿Sobre el amor en sí mismo? El amor, como sentimiento, es finalmente fruto de la experiencia y sobre la cual ya se ha escrito mucho. Voy más allá: ¿qué es el amor?¿Amor a qué o quién? ¿Hay distintos tipos de amor o se trata de grados? Pues no lo sé. Respecto a estas preguntas puedo tener una opinión, pero no una respuesta. Porque hablaría desde la experiencia, lo que no es en absoluto objetivo.

Es por ello que lo que les propongo para que sigan leyendo estas líneas es lo siguiente: positivicemos el amor, en el sentido de ‘racionalizarlo’ de alguna manera y con la única intención de extraer un mensaje en positivo que nos ayude a todos, es decir, un mensaje universal y transversal. Pero, sobre todo, real. Y digo real para que se pueda ajustar al día a día de cualquiera. Ello, inevitablemente, me lleva al terreno de la ‘necesidad’, acotando el término por un lado, como la necesidad de analizar lo que necesitamos para que ese amor positivizado nos ayude. Por otro, de la necesidad de entender que es el amor en sus diversas ¿formas? (como les he dicho, es algo que no sé) el que mueve el mundo. Alguien, en este punto, es seguro que está girando su cabeza izquierda a derecha negando tal afirmación, pues en realidad es el dinero. No, querido lector: el amor al dinero, en todo caso. Pues lo que mueve a las personas a nivel tanto ‘micro’ como ‘macro’ son las emociones y sentimientos hacia las cosas, no las cosas en sí mismas.

¿Cómo positivizar -que no positivar, pues no es lo mismo- el amor? Pues tampoco lo sé, supongo que es difícil, por eso me lo propongo, es lo que les propongo. Pues si de algo me he dado cuenta es que lo que se hace con amor y aprecio siempre tendrá un resultado positivo y satisfactorio. Y si no lo tiene, nos quedará el sentimiento o sensación de haberlo hecho de la manera más sana y mejor que se puede hacer. Y eso, sin duda, ayudará a hacer frente a las consecuencias y/o responsabilidades derivadas de lo llevado a cabo desde una posición tranquila, desde una actitud positiva, desde el amor positivizado que lleva a una clara y sana perspectiva.

La perspectiva y el amor positivizado. Me quiero centrar ahora en este punto que me parece  de relevante importancia. ¿De qué depende la perspectiva a través de la cual abordamos la vida? ¿De la necesidad?¿O más bien de la experiencia? Seguramente de ambas. Pero ya tengo las tres incógnitas de mi ecuación: perspectiva, necesidad y experiencia. Siempre digo (los que me leen con asiduidad lo saben pues está presente en muchos de mis artículos) que para mí la perspectiva es casi lo único importante; el no perderla nunca, tal y como decía Camilo José Cela a través del personaje de doña Rosa en su novela La Colmena. Para no perder la perspectiva es necesario no perder el control de nuestra mente ni de lo que nos lleva a hacer. Aquí hacemos válido el axioma todo es mente,  pero ello a través de una canalización de sentimientos y emociones, que es el ‘quid’ de mi exposición y positivizando el amor, entendido este como un término abierto y muy amplio.

Así pues, dejemos de teorizar y vayamos a la práctica con un ejemplo. Es seguro que así verán con más claridad (o lograrán entender) lo que les expongo pues tediosa disertación la que están sufriendo, lo reconozco. Escojamos, para ello, algo común, que aglutine al mayor número de personas en ese ejercicio de mensaje universal y transversal que queremos extraer: el madrugar. No me pongan esa cara, parece banal, pero hay ‘chicha’, vean:

  1. Necesidad de madrugar.
  2. Tomar perspectiva de la necesidad de madrugar.
  3. El madrugar no le gusta a nadie. A muchas personas les induce hasta odio. Vamos a ‘positivizar amorosamente’.
  4. «Aunque necesito madrugar, lo voy a hacer con amor y aprecio hacia mí mismo y hacia el día que tengo por delante, pues cada día es un regalo. Este día me devendrá todo tipo de cosas que, con mi actitud, lograré solventar». Mensaje: confianza en que todo tiene solución desde una perspectiva positiva.
  5.  «El amor a la vida y al nuevo día que tenemos por delante me produce sensación de tranquilidad, de felicidad y alegría. Ahora, tengo el control sobre lo que siento». Mensaje: el amor positivizado a vivir nos genera sentimientos y emociones estimulantes . Y nos hace sentir que tenemos el control. Luego pensar que afrontar con ‘cariño’ positivo la necesidad de madrugar (recordemos que he hablado de ‘amor’ como término abierto) ya nos ha predispuesto en un sentido motivante.
  6. «Tengo que madrugar para trabajar/estudiar/ponga usted lo que quiera. ¿Amo positivamente lo que hago/estudi0/X? Si no lo hago, tengo que positivizar el sentimiento que me produce. ¿Mi tarea es por obligación? Pues si lo hago con amor positivizado la jornada se me hará llevadera y corta. ¿Si lo amo? Pues voy a hacer grandes cosas con grandes resultados. Pues cuento con el amor a lo que hago y la herramienta de amar positivamente aquello que me suponga un obstáculo o, simplemente, no es agradable. Mensaje: relativizar minimizando la experiencia de lo que nos disgusta y maximizando la satisfacción conduce al éxito de algún u otro modo.

Me ha gustado esto de aprender a positivizar el amor como herramienta para afrontar la vida. Ahora, sí que sí, toca aplicarlo. Para todo, ante todo. Entrenemos nuestra mente.




Semper mecum, amicus meus

 
   A mi adorado Rubén. Desde el cariño más profundo, desde la pena de tu ausencia. Descansa En Paz.

Dice la canción que «algo se muere en el alma cuando un amigo se va». No solo eso. Una parte de la vida de uno, una parte de vida conjunta que anidaba en mi interior en forma de llama que, de repente, se apagó.  Y se hizo la   oscuridad… Que nubla mi mente y mi corazón, inundándome de una profunda tristeza, impotencia y rabia. La mezcla: un bomba dolorosamente explosiva.

Una llamada de teléfono y ya no estás. Se hizo el caos en mí  y ya nada, absolutamente nada, volverá a ser como antes. Ahora debo aprender a vivir sin ti… No sé cómo lo voy a hacer. Pues la estela que dejas en mi alma y en mi vida es infinita.

«Todo es fabuloso» cantábamos en trío junto a Maite. No lo era, para ninguno. Pero nos reíamos de ello, consiguiendo de alguna manera que lo  fuese. Cocinaste ancas de rana y, entre los nervios de la novedad y el    atrevimiento, te cachondeabas de nosotras. Al mismo tiempo, Siri nos llamaba básicamente inadaptados por preguntarle el resultado de dividir cero entre cero. Y nosotros, como buenos inadaptados (y dándole así la razón) nos reíamos mientras, como tontos, se lo volvíamos a preguntar una y otra vez deseosos de escuchar su respuesta.

Muchos ‘besings’ y ‘abracings’… Te enamoraste de mi Murcia desde el primer momento en que la pisaste (y mira que precisamente no está de moda). Motu proprio te uniste a mi indignación  por nuestra mala reputación: repetías junto a mí ese «Murcia no tiene ná» que reconozco terminé por exagerar en su pronunciación por la sonrisa y ese reír tuyo que así te sacaba. Soñamos futuro, limpiamos pasado. Nos creímos capaces incluso y por un instante de cambiar el mundo, a sabiendas de que engañándonos de esa manera cogeríamos el impulso necesario para seguir.

Noble, amable, generoso, humilde. Amigo hasta de sus enemigos; incapaz de juzgar pues su tremenda empatía se lo impedía.  Tremendamente inteligente, inasequible al desaliento. El rendirse nunca fue una opción para él. Y me consideraste una soldado y, por tanto, compañera, por luchadora y tenaz. ¿Cómo no serlo si tenía tu ejemplo constante? Merecía además la pena, por todos los ratos vividos juntos y en compañía de muchos que, al igual o más que yo, vivimos inmersos en una profunda desolación ahora que no estás. Dime Rubén, dime ‘Johnny’, ¿ahora qué hago sin ti?

Pasarán días, meses, años. Y mi mente, de manera totalmente insana tendrá siempre la esperanza de volverte a ver. Porque si bien la muerte es parte de la vida y algo natural, debiera haber respetado en tu caso el orden también natural y cronológico de las cosas.

Estés donde estés sigue brillando como siempre. Procura que tu estela sea intensa. Pues es y será mi luz y mi consuelo. Y probablemente no solo el mío.

Hasta siempre, amigo mío. Entre lágrimas me veo en la injusta obligación de despedirme de ti. Pero no es un adiós sino un hasta luego. Pues la muerte no es el final y, muchísimo menos, el nuestro. Siempre conmigo, amigo mío.

 




Inversiones de una vida

 

 

Cuando era pequeña, digamos que en edad de colegio, uniforme y canicas, mi vida se ceñía a vivir el día a día, a un día vista como mucho. Los días me resultaban largos, cada minuto contaba y mi percepción del tiempo hacía que viviese con énfasis cada experiencia o situación. No había para mí días, meses, semanas o años, como ahora, sino momentos. No planeaba, no necesitaba trazar ningún plan de vida: vivir, esa era mi ocupación y preocupación, sin más. Y la mía, la de mis hermanos, amigos o compañeros. Veía a mis padres como procuradores de todo lo demás sin imaginar, ni por asomo, lo que para ellos suponía que yo solo me dedicara exclusivamente a eso: vivir. Ellos, como digo, me procuraban todo lo necesario para esa vida y yo no era capaz de valorar el coste que les suponía. En eso los niños son ‘egoístas’, en el sentido de que su grado de madurez no les permite hacer esa valoración; solo ya de adultos y especialmente cuando se convierten en padres valoran (y no todos) lo que eso supone. A mí, al menos, es lo que me ocurrió.

La empatía (acompañada de la humildad), eso es lo que terminé de desarrollar al ser madre: ponerme en el lugar de mis padres. Eso no significa que no fuese ya empática antes (creo), pues entiendo que la empatía va relacionada en gran parte a la madurez (y algunos ni con esas, va en su forma de ser) pero la llegada de un hijo, ¡qué narices!, ese es el mayor baño de empatía que, al menos yo, me he pegado en lo que llevo de vida. Y espero muchos baños más, sin necesidad de vástagos de por medio. Es por ello que me pregunto: ¿hay alguna manera de educar a nuestros hijos en la empatía? Es decir, ¿no debiera formar parte básica de la formación de la persona el educar en empatía como eje fundamental para valorar lo que se tiene, lo que no se tiene, lo que se necesita o no y ser conscientes a edades más tempranas (antes) de lo que cuesta (no hablo de dinero), en definitiva, vivir? Algunos (muchos) de ustedes estarán pensando que eso es obligación de un padre desde hace ya mucho, un valor fundamental que todo padre debe inculcar. Si es así, ¿no tendríamos un mundo mejor al que tenemos? ¿No sería la sociedad muy distinta a la que es? ¿No serían las relaciones humanas más sanas en vez de más tóxicas cada vez? Porque sí, señores, vivimos en un momento en el que las relaciones humanas, de cualquier índole, son cada vez más tóxicas, entendiendo por ‘toxicidad’ individualismo, inmediatez, perfección, humillación, incapacidad de perdón (de pedirlo o ser consciente de que se debe pedirlo porque se ha obrado mal), incapacidad de reconocer errores, dependencia y egoísmo, mucho egoísmo. Si de algo somos muy pobres todos (como sociedad) es de empatía. La que conlleva, como señalaba antes, humildad. Esa toxicidad anula cualquier atisbo de empatía en el ser humano. Sé que no debo generalizar. Pero bien saben que gran parte de lo que les estoy exponiendo es una realidad. Y qué quieren que les diga: para qué queremos un mundo globalizado, ultra tecnológico, en el que internet dirige nuestras vidas y en el que el conocimiento está a un ‘clic’ de distancia, en el que la sobrecualificación y la titulítis es casi una constante, en el que todos tenemos muchos derechos… ¿Para qué? ¿Para luego utilizar esos medios, esos derechos, para dañarnos unos a otros sin miramiento alguno? ¿Dónde queda el «ser» como individuo íntegro formado de valores y entre los que se encuentra la empatía? ¿Para qué tanta demagogia entorno a la educación, la economía o el progreso si estamos asistiendo a una deshumanización en toda regla?

Pero ojo, no se me rasguen las vestiduras cayendo en el tópico de que «menuda juventud tenemos y lo que nos espera». No. Estoy viene de muy lejos. Y es posible que los niños sean poco empáticos por su inmadurez pero les aseguro que algunos no lo han sido en su vida ni lo van a ser, tengan 20, 40, 60 u 80 años. Es por ello, que de nuevo, me pregunto: ¿cuáles están siendo las inversiones de nuestra vida? Pregúnteselo, ahora que lee estas líneas: ¿en qué estoy invirtiendo mi vida? ¿Es positivo solo para mí el fruto de esas inversiones o algún semejante se beneficia? ¿Soy cada día un poco más humano y mejor persona?

Si bien es cierto que podríamos pensar que tanto la empatía como esas inversiones humanas de vida pueden hacernos vulnerables y ponernos en peligro por el mal de otros, de nuevo me pregunto: ¿tener arrojo, constancia y capacidad de miras es incompatible con la empatía y la humildad? ¿De verdad? Porque, entonces, yo me ‘borro’ de persona y me apunto a ameba. Pues consideraré, entonces, que absolutamente nada de lo hecho, de lo aprendido, de lo vivido e invertido tiene sentido. Esto no va de una rebelión con sus consignas derivadas que a mí me ha dado esta noche por emprender. Es que no puedo entender, de ninguna manera, que existan personas sobre la faz de la Tierra que caminen por ella sin haberse dado cuenta de que conviven con semejantes, que son iguales y sienten y padecen de la misma manera, tienen necesidades y luchan al igual. Exactamente por lo mismo y que es vivir.

¿Darwin y la selección natural? No solo sobreviven los más fuertes por rastreros, pisa cabezas y cabronería (perdón); sobreviven aquellos más fuertes de alma, de mente, de corazón y de valores cuyas inversiones de vida son sostenibles. Sí, sostenibles, donde cabe el semejante. Donde el «te quito a ti para ponerme yo» no es lo normal sino en el que caben todos, cada uno en su lugar. Y es que a través de esa empatía y la humildad somos capaces de llegar a tal conclusión. La astucia no es ser el más malo malote del mundo mundial, es tener la capacidad y fuerza mental de saber dónde se está, dónde está el resto y sostener el deber moral de caminar sin dañar o fastidiar al otro.

Para esta etapa que comenzamos en breve (para mí ya saben que el año empieza el 1 de septiembre) les deseo prosperidad, felicidad, salud y mucha ilusión. Pero, sobre todo, mucha empatía y humildad en las que sus inversiones de vida incluyan a cuantos más, mejor.

 




Solsticio de Verano (II)

 

 

 

El amor nos unió en un principio de verano…
Conjuro de emociones,
magia de sensaciones,
hogueras de pasión.

El mar fusiona nuestros espíritus
en busca de una bendición divina
mientras
mojando nuestros pies
bautiza la inmensidad del cambio que este solsticio de verano
nos llevará a lugares imposibles.

El verano es a nuestro amor
lo que la Luna a la Tierra:
su satélite con órbita propia que garantiza que nunca,
más lejos, más cerca,
según el solsticio o el equinocio que juntos vivamos
estemos unidos.

Calidez veraniega que resplandece su risa,
que ilumina su cara,
que alimenta sus sueños,
que nutre su fuerza.

Vamos, juntos, a cruzar el océano de la inmortalidad
que,
ahora con sus cálidas aguas
nos permite disfrutar más tiempo juntos.

Pues la luz es mayor
y apenas sin necesidad de ropajes
podemos conquistar aquellos lugares imposibles
que,
el cambio de este solsticio de verano
con sus pasiones, conjuros y hogueras de magia
fusionó nuestros espíritus,

Pues el amor nos unió
en un principio de verano.

 




Solsticio de Verano (I)

 

A mi pequeña Inés...

Azul y amarillo, colores de mi infancia.
Estíos vacíos del frío viento del invierno…

Pero sopla, igualmente sopla, en chorros de brisa salina…
Que cura heridas pasadas,
que cura heridas presentes,
que alienta mi alma y mi ser…
Pudiendo seguir adelante sin parar, sin barreras
¡Fuerza bendita!

Ahora es su infancia.
Los azules e intensos amarillos esbozan su silueta en la profundidad de mi corazón.
Ella adora estos estíos vacíos de viento invernal,
adora la sal sobre su piel,
en el aire,
esa sal que sana al secar mis lágrimas
ante la impotencia de no poderla retener.

Pero ahora es su infancia.
Sigue, dura, permanece…
Aún no se ha ido.

Y esos colores profundos a la vez que triviales
conforman la fotografía que,
en su alma,
en la mía,
siempre quedará expuesta.




«A porrón»

 

A mi padrino y tío, Paco.

El viernes por la mañana me disponía a comenzar a pintar un cuadro. Hace mucho tiempo que no pinto, mucho. En el sentido más amplio de la palabra. Además, ni tan siquiera lo hago bien, lo hago por expresarme quizá, por intentar aprender… Tengo varios pintados, los tiene casi todos mi padre; ¿acaso él me va a decir lo feos que son y que deje de pintar? Evidentemente ambos hemos consensuado que no es mi fuerte; no obstante, bien me conoce y sabe que la pintura me hace escapar. Al igual que la escritura.

Con la música puesta y ante un lienzo en blanco, me puse a pensar qué pintar. No se me ocurría absolutamente nada. Y miren que siempre he sido de pintar aunque fuesen formas geométricas, algo siempre salía. Pues no. totalmente bloqueada. Pero como hace ya unos meses, para qué lo voy a negar. Si son ustedes algo seguidores de mis reflexiones (gracias por gastar su tiempo en mis humildes letras) lo habrán percibido. Si no, pues ya les informo yo. Así pues, al igual que ante el lienzo, igual que ante ciertas situaciones que se me han dado en el día a día: hay algo que no me deja seguir.

En ese momento de bloqueo me vino a la cabeza un cuadro. Pero no un cuadro famoso o de alto valor. Se trata de un cuadro que tengo en mi trastero guardado como oro en paño, que en su día guardé porque me transmitía cosas indescriptibles y que ahora ha cobrado un valor emocional inmenso y de gran potencia. Ahora, por fin,  (sí, por fin) me ha hecho «estallar»: una casa de pescador en una pequeña playa con dos barcos varados, de manera paralela, en la arena. Y con nombre ambos, el de dos hermanos: uno de ellos, el de su mujer. El otro, el del «cuñao», mi padre, su hermano pequeño. Esa fue su relación siempre. Y lo pintó, habrán podido entrever ustedes que mi único tío, mi padrino, Paco, un segundo padre para mí amén de una persona tremendamente especial. Pues la familia no se elige. Afortunada me siento de que un día lo eligieran a él para formar parte de la mía.

Que yo sepa, mi padrino no había recibido clases de pintura. Lo que se cuenta es que un día, como a mí el viernes me dio el puntazo, se compró todo lo necesario para ponerse a pintar, escogió una lámina en la que inspirarse y, como si de una de sus maquetas se tratase (era muy mañoso), paso a paso lo pintó. Pues menos mal que no sabía, pues si lo llega a hacer, deja a muchos en mantilla. ¿Veis? Si es que no puedo no sentirme identificado con él: alguien capaz de ponerse ante un lienzo sin saber y, lo más importante, sin temblarle el pulso. Alguien que encontraba su refugio en los libros. Quien, a veces, no entendía cosas de este mundo y sufría sin ser entendido; alguien que estoy segura se sintió en muchas ocasiones y de manera callada, distinto. Es que lo era, ¡qué narices! Eso es lo que le hizo para mí que siempre tuviese un punto que me unía a él… Alguien a quien siempre admiraré por su lucha, su fuerza, por haberse hecho a sí mismo. Desde la humildad y como las hormigas, día a día. Eso sí: lo primero, los suyos. Hasta el último día de sus días siempre pensó en nosotros antes que en él. Cómo te echo de menos, coñe, todos los días me acuerdo de ti, todavía no cabe en mí la creencia de que te hayas ido para siempre. La muerte no es el final, eso es cierto, pero, mientras, ¿qué? En estos momentos (lo reconozco a manos abiertas) echo de menos ese Dios justo que te debería haber dejado entre nosotros unos bastantes años más. Estoy  indignada. Que no me conformo.

Podría pasarme horas delante de la pantalla contando batallas y anécdotas de su vida; habilidades que tenía (a porrón), recuerdos a su lado. No me apetece. Además, creo que si él  pudiera leer esto valoraría que en vez de contarlas expresase mi no conformidad ante su ausencia, que mostrase mi indignación y no tuviera pelos en la lengua. Como una vez me dijo tras leer uno de mis escritos: «qué valor que tienes, Anica, qué cojones. Ser capaz de escribir y contar, sin cortarte. No pares nunca». Tras eso, se fundió conmigo en un abrazo, todavía lo siento. Pues sí, a «echarle cojones» a esto, incluso en lo que se supone que tenía que ser un bonito obituario para ti. De momento, me quedo con mis recuerdos, que míos son. Es posible que algún día salgan, no lo sé. Lo que tengo clarísimo es que no me voy  a obligar a ello. Igual que me va a costar sobremanera acostumbrarme a tu ausencia. A carecer ahora de tu risa, tu ironía, tu picardía. A esa alegría que siempre me transmitiste. A esa adoración que siempre sentí que sentías por tu familia, a tu bondad, tremenda bondad. A tu afán luchador y espíritu de sacrificio.

Un Jueves Santo te marchaste. Dicen que los que nacen ese día lo hacen con «Gracia». Yo creo que los que mueren ese día es que la han tenido. Como el mismísimo Jesucristo. No se me indignen algunos por la comparación. Pero cada vez menos creo en las casualidades. Y su marcha, tu marcha, padrino, en un día tan señalado, tampoco creo que lo sea. Qué vanidad la mía, ¿verdad? Pues vale.

A ver si me mandas desde el «más allá» algo de inspiración para mi cuadro, porque desde luego en blanco se va a quedar o me saldrá un churro en toda regla listo para tirarlo a la basura… ¡Vamos!




Cachitos de recuerdos

 

Laura, asomada por la ventanilla del avión y a la espera de que despegue, intenta no recordar. Sabe que hacerlo sería dar un paso atrás: melancolía y apego. Pues quiere pensar que la libertad real no es tanto haber quedado exentos de algo o alguien que nos tenía «atados» sino haber sabido desprenderse del bagaje emocional que nos impide avanzar, esto es, melancolía hacia todo lo bueno vivido y apego a las cosas y personas que sentimos que abandonamos. Y, no, ser libre no se trata de olvidar y abandonar sino de educar mente, alma y, en definitiva, actitud, hacia un futuro en que todo lo pasado tiene perfecta cabida, sin duda, pero en forma de impulso positivo que nos empuja y ayuda a despegar. De una vez por todas. Como ese avión en el que Laura se encuentra y está a punto de hacerlo.

El despegar de un avión tiene muchísimas similitudes al inicio de un proyecto o cambio en nuestras vidas. En primer lugar, uno se decide a comprar ese billete hacia el cambio. Seguidamente, se prepara para ello; al margen de aquellas cosas materiales necesarias como son un destino o las pertenencias personales, hay una fase de preparación mental, en el que imaginamos qué nos encontraremos, a quiénes y cómo será, en definitiva, aquello que nos espera. Una vez subidos al «avión», llega la fase de preparación e instrucciones (sí, esas que nos dan muy amablemente las/los azafatas/os y a las que no solemos prestar atención alguna) y que, la vida misma, nos emite constantemente. Quizá por ceguera algunos, por ignorancia otros, obviamos. Después, llega el esperado despegue, en el que el avión toma gran velocidad y nuestro corazón y cuerpo, también.  Y de repente, una sensación extraña e inexplicable nos invade por completo: nuestro cuerpo reacciona orgánicamente a esa elevación que estamos experimentando y lo acompañamos de manera inevitable e inconsciente de una gran sensación de vulnerabilidad. Pues en ese preciso momentos sabemos que no depende de nosotros cómo vaya a transcurrir el vuelo, lo mismo que ocurre en una fase de cambio: uno despega con el corazón a mil y con gran velocidad (si un despegue es lento no es un despegue sino una mera transición). Tanto en el caso del despegue real de un avión como en el despegue personal, una vez tomada cierta altura, nuestro cuerpo vuelve a su estado anterior, no así la mente, que ya entró en fase de cambio. Y busca, necesariamente y por cuestión de supervivencia, cambiar el ‘chip’.

Tras haber despegado, Laura saca de su bolso la cartera. Mientras busca unas monedas para tomar un café, encuentra un sobre amarillento que contiene fotografías. Sabía, nada más ver el sobre, que las contiene. Ella las puso ahí. Pero… ¡Cómo somos los seres humanos! Lo abre, igual que haríamos cualquiera de nosotros (-¿No lo harías tú? Lo dudo mucho-) y comienza a contemplar su contenido.

Recuerdos, melancolía y apego en grandes dosis. Regodeo en todo esto. Y, además, esa sensación inconsciente y humana de que se está olvidando y abandonando todo lo que se contempla. No, Laura, viajas hacia un cambio, a un nuevo destino, hacia algo desconocido que efectivamente te da miedo, pero no abandonas y olvidas sino que vas en busca de nuevos recuerdos, cosas, lugares y personas que sumarás a tu nueva vida y circunstancia. Todo eso que contemplas, Laura, ya lo tienes; ahora, vas en busca de más. Eso es crecer y evolucionar, no olvidar ni abandonar. Así que tú decides si lamentarte  por aquello que crees dejar o pensar en todo lo bueno nuevo que te espera y podrás compartir con aquellos que no abandonas ni olvidas sino que llevas, de alguna manera, contigo en tu viaje. Porque, en algún momento, volverás, y el recuerdo de ese miedo, melancolía y sensación de desapego no harán sino que sacarte una sonrisa. Porque lo lograste. Por todo lo que hayas alcanzado, por todo lo que hayas experimentado y aunque haya sido malo, te habrá hecho más fuerte y aprender.

– ¿Y si el avión se estrella, querida narradora?- Me pregunta Laura con actitud un tanto chulesca. Piensa que voy de «listilla» con toques de «sabelotodo¨… Y razón no le falta…

Efectivamente, puede estrellarse. Al igual que un proyecto o un cambio pueden fracasar. E incluso, sin planearlo -¡Eso nunca se tiene planeado!- encontrarnos con la muerte.  En cualquiera de estos casos, dime, Laura, ¿qué beneficio te habrá reportado el regodeo entre melancolía, apegos y recuerdos? Nada. Más dolor, si cabe. Y, además, haber gastado un valiosísimo tiempo que podrías haber empleado en algo que te hiciese sentirte bien, situarte en el plano positivo de tu ser.

Porque, al igual que cómo se desarrolle el vuelo que has tomado y su final no depende de ti, en la vida hay infinidad de factores que tampoco dependen de ti, es decir, no están en nuestras manos. Gobierna y aprende a saber ver y distinguir aquellas cosas que puedes llegar a controlar y que la vida está constantemente destellándote y no gastes energía en aquello que no depende de ti. Es en eso en lo que consiste la libertad real, la libertad individual, la libertad de nuestro ‘yo’.

La muerte no es el final (en mi opinión, no lo es); un fracaso, tampoco. Así que, querida Laura, guarda esos cachitos de recuerdos para seguramente compartirlos con aquellos que forman parte de tu presente y tu futuro y, ahora, sé libre y vuela. Disfruta del camino. Porque aquello que te espera es del todo incierto.