Marcar los tiempos de una segunda oportunidad

 

 

No suelo mirar a ambos lados cuando salgo del portal de casa. Hoy tampoco lo he hecho. Llevo sentido, orientación y destino en mi cabeza ordenados. Es una suerte, pues no me siento perdida.

Bajando la calle, en breve, me encontraré la primera boca de metro. No lo voy a coger. Hoy camino, a pesar del frío. Necesito sentir el afuera: la gente, el ruido… Sentirme viva. Estoy ya a escasos metros de Gran Vía. Y una vez inmersa en ella todo es seguir y seguir… Hasta que mis pies me digan «basta», hasta que mi mente esté algo más clara. Hasta que lo que necesite en ese momento sea volver a casa y no salir.

Me encanta el espectáculo de luces que ofrece esta gran arteria de la ciudad. Me infunde alegría, me llena de energía positiva… ¡Por Dios, me siento capaz de todo! ¡Me voy  a comer el mundo!… Pero el mundo es muy difícil. No imposible, claro está, pero difícil. Imagino que todas estas personas que junto a mí abarrotan las aceras de Gran Vía tienen sentimientos similares. O no. Pero sentimientos, al fin y al cabo, que les motivan a caminar al igual que yo, a tomar decisiones, a actuar… En definitiva, a vivir. Porque al final se trata de eso, de vivir. Caminar es vivir y, vivir, caminar.

– ¡Victoria!-. Escucho de repente, entre toda esa gente, entre todo el ruido, mi nombre. Imagino que no es a mí a quien llaman. ¿Cuántas «Victorias» puede haber en este momento por aquí? Muchas-.

– ¡Victoria! ¡Wicky! -. Me temo que esa sólo puedo ser yo. Ese es mi apelativo cariñoso de quienes me conocen. Me están llamando a mí. Y voy a parar y girarme, cómo no.

No puedo creer lo que mis ojos ven. No puedo… ¡Tiene que ser una visión! ¡Imposible! Alguien que tanto me ha repudiado, que tanto silencio me ofreció, que pocas respuestas me dio, ¿de verdad está en la misma calle que yo, a escasos metros? ¿Me ha llamado? ¿Qué diablos quiere? No sé si debo no escucharle y seguir mi camino. Aquello es pasado. Él es pasado. Y me costó mucho superarlo. Pero todo el mundo merece una segunda oportunidad. O, al menos, ser escuchado. Quiero escuchar aquello que quiere decirme. Tan sólo será un saludo, imagino, aunque me sorprendería tras tanto silencio.

– Hola, César-. Se acerca corriendo hacia mí. Yo, parada en seco en medio de toda esta gente que se mueve… Ya no estoy caminando, pero vivo. O eso creo-.

– Victoria, ¡hola! Cuánto tiempo…

– Así es.

– ¿Qué tal todo?

– ¿Qué quieres, César? Entiendo que el silencio a mis llamadas, mensajes y cartas en dos años significa algo. Dímelo.

– Bueno…Ehm… Ha sido todo muy difícil. Y quiero explicártelo, lo necesito. Y  pedirte perdón.

– Entiendo. Pero yo no sé si quiero. Olvidarte ha sido de las cosas más difíciles que he hecho en mi vida. Lo conseguí. No quiero líos, quiero seguir.

– Pero…

– No, no puede ser cuando tú quieras. No tuviste ni tienes ningún derecho a creer que tú marcas los tiempos. Ahora, es tarde-. En el fondo, estoy deseando escucharle y tener esa explicación que tanto esperé y ansié durante tanto tiempo… Pero, por otro, tengo que continuar, no quiero regresar al pasado. He salido de casa a vaciar la mente, no a llenarla más. Me va a cargar emocionalmente y no tengo ganas.

Wicky, lo siento. Y sé que no tengo ningún derecho a pedirte ahora que me escuches. Pero lo necesito, por favor.

– Te he dicho que es tarde, César. No.

– Te lo debo. Nos lo debemos. ¡No seas terca! Te conozco. Por favor, Victoria, es posible que luego te arrepientas de no haberme escuchado.

– César, no. Me alegra haberte visto, comprobando así que estás bien. Ahora, me voy. Continúo con mi camino.

– De acuerdo. Estás en tu derecho. Pero que sepas, Victoria, que no me arrepiento de haberte parado y haberlo intentado. Disculpa si te he hecho perder el tiempo.

– Cuídate, César. Hasta pronto.

– Igualmente. Hasta pronto, Victoria. Y suerte.

Me giro y reanudo mi camino. No quiero volver la mirada. No. En un rato lo habré olvidado todo. Seguir, caminar, vivir… Que no, que para seguir caminando y vivir necesito escuchar lo que César tiene que contarme. Lo contrario es engañarme a mí misma.

– ¡César, espera!-. Grito al volverme y echar a correr tras él. César se gira, esboza una leve sonrisa mientras, quieto, corrientes de gente le pasan a un lado y al otro. – Tomemos algo aquí mismo. Pero no quiero prisas. Tienes mucho que contarme.

Foto: https://www.cuadrosguapos.online/43-arte-pop

 

 




José Eduardo

A José Eduardo Pérez Madrid, desde el más profundo cariño y respeto.

Recuerdo la primera vez que desfilé, de manera inesperada, como penitente en el tercio del Paso de la Primera Caída. La directiva en ese momento (1999), con José Eduardo como presidente de la agrupación (Santísimo Descendimiento de Cristo y Paso de la Primera Caída -Cartagena, Marrajos-) había decidido crear un fuelle femenino en dicho tercio. En la reunión previa de cada año de formación de tercios (entre otras cosas), expuso la decisión adoptada. Aquellas hermanas que quisieron se apuntaron como penitentes pero faltaba una, quedaba una vacante por rellenar. José Eduardo preguntaba si alguien más se animaba, mientras, mi padre, me daba codazos y me decía que me atreviese, que me animase a unirme. Tenía 14 tiernos años y jamás había pasado por mi cabeza el salir de «capirote». Nunca. Cuando ya José Eduardo iba a dar por finalizado el tema, de un impulso y sin apenas pensarlo, levanté la mano y tímidamente grite: yo. Recuerdo su sonrisa al ver mi gesto inesperado. Con la simpatía que siempre le ha caracterizado, cariño y mucha educación me pidió que me levantase para comprobar  mi altura. Así lo hice, y tras decir con toque jocoso-cordial que daba la talla sin problema, me embarqué en la que ahora es una de las pasiones de mi vida: la Semana Santa de Cartagena. Rectifico, José Eduardo me embarcó, junto a mi padre, en la que, como digo, es una de mis pasiones y además, a través de un gesto  que para mí  fue y es de gran importancia y trascendental: dar entrada a la mujer como penitente en la agrupación.  Un gesto que viniendo de su persona y su entorno no me extraña, pues así era José Eduardo, una persona  de hechos, y que, por amor a su mujer, se hizo marrajo, del Descendimiento y muy posiblemente se presentó a presidente.

Un año después (2000), y junto a la la directiva, me haría Madrina de la agrupación, algo que no olvidaré jamás. Por muchos motivos, los tres principales son, por un lado, la ilusión de mi padre, a quien hizo muy feliz con la propuesta; por otro lado, de nuevo me cogía de sorpresa, pues jamás habría imaginado, aún viendo desde pequeña lo que era, que yo un día sería la Madrina.  Una vez más, de manera discreta, generosa y cariñosa me había dado otro «empujón» hacia esa pequeña gran pasión que es para mí la Semana Santa cartagenera. Además de mi padre, José Eduardo tiene mucha «culpa» de esa pasión. El tercero de ellos (para mí marcado a fuego en corazón y mente) es que por ese hecho, ese gesto, pude desfilar dentro del tercio del Santísimo Descendimiento de Cristo, la noche del Viernes Santo, bajo el color burdeos de su capa, con su escudo bordado y el fajín en mi cintura, ambos de belleza indescriptible. Como cartagenera y procesionista es un honor y un privilegio que jamás olvidaré.

Escribir sobre José Eduardo supone para mí que un torrente de imágenes, recuerdos y momentos invadan mi cabeza desde mi más tierna infancia. Esos recuerdos, de momento, me van a permitir que me los guarde para mí. Pues tras su reciente pérdida son los que, entre otras cosas, me reconfortan.

De educación exquisita, amable, humilde, culto, buen padre y esposo. Trabajador y luchador, eso sí, sin afán de protagonismo. Así era él. Y así se fue el pasado 7 de septiembre, rodeado de los suyos, con discreción, intentando causar las mínimas «molestias» a sus hijos y a Dulce, su esposa. Esa gran mujer que siempre, absolutamente siempre, estuvo a su lado. El amor existe, ya lo creo, y José Eduardo y Dulce son un ejemplo indiscutible de ello.

Como bien dicen sus hijos ahora, especialmente Javier, la muerte no es el final. Y la marcha de José Eduardo no es ni mucho menos su final, ya lo creo que no. Por el legado humano (en valores y personas) que deja.  Y porque sé que está ahí, en algún lugar, tranquilo, sosegado, sonriente y en paz.

Es por esa razón que me van a permitir que me dirija a él, pues sé y siento que de alguna manera leerá estas líneas, no me cabe la menor duda:

José Eduardo, te has «ido» sin apenas avisar. Quisiste ser discreto hasta para eso. Como periodista que soy, al igual que tú, tengo mucho que aprender de ti. Como persona, aún más. Gracias por ese ejemplo que me dejas de lo que debo de llegar a ser, tanto como colega de profesión como  persona y marraja. No tengas duda alguna de que tu amada Dulce y tus hijos, Eduardo y Javier, estarán arropados siempre no sólo por ésta que estas palabras te escribe, sino por la gran cantidad de personas que tu estela, al igual que pasó conmigo, alumbró. Y por descontado por la familia, esa piedra angular tan importante para ti que de manera magistral inculcaste junto a Dulce en tus dos hijos, cuya simetría fraternal es otra muestra más de tu legado. Estarás siempre en mi recuerdo.

Desde este humilde medio, desde mi corazón y junto con mis recuerdos: gracias.

Foto: Ana Soto.




La claridad de la Física

 

 

 

 

A Raúl.

Sopla el viento del levante. Recio levante. No hace calor, no hay boria, apenas unas nubes que se van disipando de medias en medias horas.

Segunda quincena de agosto. La sombra de la fachada no tiene la misma longitud que ayer. Ni que anteayer. Ni que hace dos meses, claro está. Pues la Tierra gira y la sombra mínima se da en el hemisferio norte con el solsticio de verano, a partir del cual la sombra va alargándose. Esto es una observación universal.

A pesar de toda la profundidad del paisaje que en este momento tengo delante, y que es el mar, veo el horizonte. Y cada vez con más claridad. Y si, además, septiembre no se presenta en demasía caluroso, la claridad que se percibirá es ciertamente asombrosa. La sombra, como decíamos, se alarga, luego la Tierra gira. La Tierra gira, ergo el tiempo, pasa. Y con el paso de este tiempo aumenta la claridad del horizonte.

Esto es, en principio, pura Física. En principio, digo, porque en realidad el transcurrir de la vida de uno (problemas, pérdidas personales, desamores, bancarrotas y un largo etcétera) con el paso del tiempo trae la claridad (por desgracia no hay fórmula con la que podamos calcular la cantidad de tiempo necesaria). Y esta claridad de la que hablo tiene, a mi entender, una vertiente doble.

La primera de ellas es esa claridad que nos permite ir hilando acontecimientos que, de manera aislada en un momento dado, no nos aportaron ninguna explicación. Y en en el momento menos esperado, nos atrapa esta claridad, cuando ya habíamos dejado de buscarla.

La segunda vertiente es la solución que le podemos dar a aquello que nos traía de cabeza o bien el descubrimiento de lo que realmente queremos, de lo que necesitamos, aquello que aportará el valor que sentimos que nuestra vida necesita.

Así pues, la claridad es fruto de la Física. Esa Física que en el instituto era tan árida de estudiar (no para todos, claro, pero sí para aquellos que veían con claridad su futuro en las letras…). Todos planificamos recorridos, manejando distancias y tiempos. Somos seres sujetos a la gravitación o manejamos objetos que se nos caen de las manos y sufren la caída libre…

Vivir es cuestión de Física. Estamos llenos, además, de energía, que también la Física recoge y estudia.

De una y otra manera, y en definitiva, la claridad como perspectiva de la vida es cuestión del paso del tiempo y unida, como no, a la observación y meditación de los acontecimientos que cada día vivimos.

Así que sea lo que sea que, querido amigo, te preocupe, no temas. Porque la Tierra gira, el tiempo pasa y con ello, llega la claridad. La correcta y positiva gestión que tú hagas  de ese fin o cambio que te llegó te conducirá con toda seguridad a ella (más o menos pronta…). Pero llegará, te lo aseguro. No lo dudes.

Es matemático. Pues es la claridad de la Física.

 

 




Serás entonces el maquinista

 

 

La vida no pregunta,
no espera ni avisa.

La vida es un tren cargado de personas y situaciones,
que no contempla paradas, que no entiende de sendas ni destinos…

Sólo sigue su vía sin mirar,
ni hacia delante ni hacia atrás.

Le da igual arrollar. Arrollarte.
Pasa sin respetar señales.
Es tan arrogante que, para ella, no existen.

Pero tú sí puedes aprovechar sus carencias,darles la vuelta,
y quitarle el mando.

Ríete de ella.Toréala a carcajadas: tu felicidad le asusta.
Sé inteligente y cámbiale la aguja de la vía a tu antojo.

Si no pregunta, házlo tú a gritos.
Si no avisa, ni para, ni mira:
pégale latigazos sin pudor.

Ya verás como entonces se indigna,
luego se amedrenta y con ello,
te respeta.

No le prestes atención,
latigazos de indiferencia;
Es prepotente y ¡lo sabe!
Necesita que la hagan humilde.

Verás que así se detiene,
para que subas y hagas bajar;
serás entonces el maquinista.

Prepara el pito y el gorro que el tren ahora lo llevas tú.

Y a tu manera.

 

 




En el final, Ítaca

Artículo recuperado de http://blogs.laverdad.es/reflexionesuniversidad30/. Publicado en enero de 2015 por mí en dicho blog.

Registrado en Safe Creative. Ana María Soto Barrionuevo, 2015. Todos los derechos reservados. Número de registro: 1502013153173

El sábado una persona a la que le voy cogiendo cariño (¡animalico! Si es que se les coge cariño…xD) me pasaba en relación a la lectura de un libro y las conclusiones relacionadas este poema. Al leerlo sabía de antemano el contexto por todos conocido, la Odisea, el caso es que yo le vi un sentido y significado distintos al que se supone se le otorga por los entendidos. Y cada vez que más lo leo, más me convenzo.

Mi querido amigo me “escribe sobre ello” y eso voy a hacer. No obstante, darle las gracias por despertar mi curiosidad intelectual y saber más que yo, lo que realmente me fascina. Gracias.

No esperen un análisis exhaustivo y correcto, no es a lo que me dedico. Intentaré hacerlo lo mejor que pueda y acorde a ciertas normas o reglas que le son inherentes (al análisis, digo). Así que lean, disfruten y comprueben si puedo estar en lo cierto. Gracias de antemano.

 

                                ÍTACA

                Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
                pide que el camino sea largo,
                lleno de aventuras, lleno de experiencias.

               No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
               ni al colérico Poseidón,
               seres tales jamás hallarás en tu camino,
               si tu pensar es elevado, si selecta
               es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
               Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
               ni al salvaje Poseidón encontrarás,
               si no los llevas dentro de tu alma,
               si no los yergue tu alma ante ti.

              Pide que el camino sea largo.
              Que muchas sean las mañanas de verano
              en que llegues -¡con qué placer y alegría!-
              a puertos nunca vistos antes.
              Detente en los emporios de Fenicia
              y hazte con hermosas mercancías,
              nácar y coral, ámbar y ébano
              y toda suerte de perfumes sensuales,
           cuantos más abundantes perfumes sensuales puedas.
              Ve a muchas ciudades egipcias
              a aprender, a aprender de sus sabios.

             Ten siempre a Ítaca en tu mente.
             Llegar allí es tu destino.
             Mas no apresures nunca el viaje.
             Mejor que dure muchos años
             y atracar, viejo ya, en la isla,
             enriquecido de cuanto ganaste en el camino
             sin aguantar a que Ítaca te enriquezca.

             Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
            Sin ella no habrías emprendido el camino.
            Pero no tiene ya nada que darte.

            Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
           Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
           entenderás ya qué significan las Ítacas.

                                                             Kavafis (*), dedicado a Odiseo, Ulises.

 

Contextualicemos en primera instancia el poema y su fundamentación histórico-literaria. Este es un poema que (*)Constantino Petrov Kavafis/Cavafis (Alejandría 1863-1933), poeta griego,  dedica a Odiseo (Ulises), protagonista de La Odisea, de Homero. Como saben, Odiseo rey de la Ítaca, isla Jónica frente a las costas griegas. Su esposa en La Odisea es Penélope y tras marchar a la Guerra de Troya, pasa diez años de su vida intentando regresar a Ítaca, su hogar.

Dicho esto, es fácil y aparente pensar que Cavafis lo único que hace es aconsejar a Odiseo en su vuelta a casa con una más que posible experiencia en las tierras y en el viaje que éste ha de emprender (Cavafis conoce la zona, es de la zona). Yo no creo que Cavafis le hablase a Odiseo sobre cómo volver a su casa sino que escribió utilizando un recurso literario a mi entender brillante sobre la muerte. Para Cavafis, Ítaca es la muerte, el final del camino al que no solo va Odiseo sino que vamos todos. Y es por ello que durante todo el poema hay alusiones a un viaje que ha de disfrutar, que ha de ser largo pues cuando llegue a Ítaca todo se habrá acabado.

Como ven he remarcado en negrita las referencias que considero que Cavafis utilizó para hablar de la muerte, utilizando Ítaca como un símbolo de la muerte y el camino hacia ella la vida que todos hemos de emprender y vivir y cuyo final es la muerte, es decir, Ítaca. Es por tanto que Cavafis está reflexionando a mi entender sobre cómo vivir la vida pues al final viene la muerte y utiliza la Odisea de Homero como recurso. A mi parecer, ya les digo, simplemente genial.

Analicemos ahora pues esas referencias que en  mi humilde opinión hacen a la muerte la protagonista del poena.

Pide que el camino sea largo.- Desea, reza a esos dioses en los que crees en que tengas una larga vida antes de llegar a su destino final, que es la muerte. Pide un camino largo hasta Ítaca pues significará que estás vivo y tienes posibilidades de vivir y experimentar muchas cosas.

Perfumes sensuales; cuantos más perfumes sensuales puedas.- Los perfumes son claramente las mujeres, a mi modo de entender. Es cierto que Cavafis se mostró abiertamente homosexual por lo que más concretamente los perfumes son los amores, cuantos más amores sensuales puedas. Para Cavafis la vida ha de llevar consigo el amor, el amor sensual y con una esencia pues elige “perfume” como símbolo del amor. Una esencia entonces única y que no se olvide, que la memoria de olfato (y en el caso no figurado, nuestro recuerdo) sea capaz de recuperar cada vez que quiera o, de manera inconsciente, cuando una esencia se parezca a aquel perfume/amor que nos encandiló. Por tanto la vida es amar y cuanto más, mejor.

Ve a muchas ciudades egipcias a aprender de sus sabios.- Cavafis hace aquí un gesto directísimo a su vida ya que considera que hay que parar en ciudades egipcias a aprender de sabios, como Alejandría, por ejemplo, ciudad en la que nació y vivió. Aquí se refiere también a que la vida es estudio, es aprendizaje, no solo amores y cosas materiales, hay que dedicar tiempo a la mente y su enriquecimiento, aunque luego vayamos a morir, es una mercancía necesaria para sobrevivir en nuestro camino hacia el final, que es Ítaca, que es morir.

Ítaca siempre en tu mente, es tu destino– Cavafis le dice a Odiseo que morir es el destino y fin último de su viaje por la vida ergo es el fin del viaje de la vida de cada uno de nosotros. Depende del camino que elijamos para llegar a Ítaca y lo que lo disfrutemos será la esencia de lo que vivamos. Eso sí, sin olvidar que un día llegaremos a Ítaca y habremos de rendir cuentas (vamos a morir). Y es un destino inexorable, por lo que Cavafis afirma tajantemente que es el destino de Odiseo (de todos nosotros), no hay otro más, ese es seguro al cien por cien.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje, sin ella no habrías emprendido el camino.– El conocer que nos vamos a morir (Ítaca) nos brinda el hermoso viaje de vivir, sin tener conocimiento de nuestra muerte no viviríamos la vida de igual manera. El saber que tenemos un fin y que ese fin es ineludible hace que la muerte, lo opuesto a la vida, sea lo que nos empuje a vivir, nuestra motivación. Cavafis así lo refleja.

– Mas no apresures nunca el viajeMejor que dure muchos años y atracarviejo ya, en la isla.- Cavafis aconseja a todo aquel que le lea que no tenga prisa por vivir, que la vida dure muchos años y la muerte se venga ya viejo, atracado en Ítaca. Es decir, llega a la muerte habiendo vivido durante muchos años y viejo, ya no tienes nada que perder sino yacer en la tierra.

Sabio como te has vuelto, con tanta experiencia, entenderás ya qué significan las Ítacas.- Efectivamente, solo la sabiduría recogida durante el viaje de la vida hacia la muerte (hacía Ítaca) y la experiencia vivida nos hará entender qué es la muerte, quizá un punto necesario en la vida de una persona cuando ya ha experimentado y vivido y cuya vejez impida caminar más. Y con ello, no tener miedo a morir, pues esa experiencia y sabiduría harán que no lo tengamos y nos otorgarán paz interior.

 

Quizá haya algún filólogo, escritor, literato que pueda discutir conmigo esta afirmación tan sencilla de que este poema habla de la vida y especialmente la muerte, en forma de recurso literario y utilizando Ítaca, esa isla a la que parece que Odiseo nunca llegaba pues estaba viviendo. Estaré encantada, pues como he dicho, cada vez que lo veo son nuevos parámetros lo que me hacen verlo más claro.

 

 




Maestría

A Encarna Talavera

Son muchos los nubarrones, las malas épocas o, simplemente, el perder la perspectiva de lo que realmente merece la pena  lo que no debemos dejar que nos haga olvidar quien apostó por nosotros cuando nadie lo hacía y, no sólo eso, sino que también tuvo la paciencia y la ilusión de enseñarnos, de insistir en que estrujásemos cada momento y, como si de una esponja se tratase, absorbiéramos todo lo que nos podía aportar abriéndonos  una pequeña gran ventana al mundo. Ni en el mejor de mis sueños hubiese podido imaginar que, a día de hoy, muchos de los contactos que tengo y la visibilidad que poseo se lo debo a ese gesto de generosidad, esa mano tendida y esas enseñanzas tan valiosas que no dan ni una universidad ni un título sino una maestra que te abre su «escuela» para que aprendas.

Luego, vas y te crees que ya está todo hecho. Ves ataques inexistentes, adoptas una actitud prepotente y te olvidas de que, una vez, no eras nadie y apostó por ti y que, además, te otorgó el privilegio (porque es un privilegio) de aprender, sin pagar, el oficio.

Recuerdo el examen de Comunicación Televisiva de la carrera de hace unos años. La pregunta de teoría, «Describa todo lo que pasa en un plató de televisión cuando está funcionando». 5 puntos valía la pregunta. Qué suerte la mía. No había necesitado un libro para saberlo sino que alguien que una vez confió en mí, me lo había enseñado semana a semana, dándome reiteradamente una oportunidad.

Sobresaliente. Y comentario añadido del mismo profesor: «Ana, menudo examen me has hecho. Como si dentro de un plató te lo hubieses preparado».

No le contesté. Pero debiera haberlo hecho. Y decirle, con esa sinceridad (que no siempre es buena alternativa) y que me caracteriza que así había sido. Y que si no hubiese sido por ella, pobre de mí. Porque su manual era infumable y su docencia, mejorable.

Profesores habrá, siempre, muchos. Maestros, muy pocos. Y maestros que insistan en ti, apuesten por ti, menos aún.

Ella es el principio y el punto de partida de mi aún corta carrera profesional. Ha sido, es y será mi maestra. Siempre. Y no sólo en el oficio, ojo. Como persona, madre, mujer y en valores. Valiosos valores, que siento que hayan brillado por su ausencia en mí en algunas ocasiones, lo que no duden me apena el alma y me pesa.

Creo que en este momento (qué narices, toda la vida) solamente hay una palabra que resuma mis sentimientos y que profundamente le debo y deberé: un gracias.

Gracias por ser mi maestra. Gracias por creer en mí. Y gracias, además, por esa pequeña gran ventana que me abriste.

Ella. Y nadie más.

 

 

 




La cuestión del cambio

A Carlos.

Cuánto tiempo sin «pasarme» por aquí… Cambios, la reestructuración del equilibrio, la observación… En definitiva, periodos de reflexión y vivencias personales que son necesarios para determinar en qué posición se encuentra una, y a partir de ahí, tomar el camino. En definitiva, la perspectiva, eso que jamás debemos de perder, tal y como decía Cela en boca de doña Rosa en La Colmena.

Estos periodos son, además de naturales, necesarios vitalmente. Equilibrarse por dentro es un proceso que no sólo es beneficioso, es aquello que nos hace aprender y ejercer la supervivencia más pura. Y no se trata, en muchas ocasiones, de únicamente estar pasando «un mal momento» (una connotación negativa que tendemos muy a menudo a darle a este proceso) sino de la más beneficiosa de las curaciones. Que no le vendan que se puede vivir siempre entorno al equilibrio. Eso es una falacia generada por las nuevas tendencias que nos impone la Sociedad dirigidas a que hay que estar siempre feliz y contentos (los mensajes publicitarios, publicaciones en redes y un largo etcétera van dirigidos claramente a eso; de hecho, hay merchandising entorno a ello…).

Usted tiene derecho a sentirse mal, parar, desaparecer un tiempo y reflexionar. Lo que es obligatorio, siempre, es volver. Y  con un cambio.

¡Benditos cambios! ¿Qué sería de la vida de las personas sin los cambios? ¿Qué sería de la Humanidad entera sin los cambios? Seguiríamos, básicamente, intentando hacer fuego con dos piedras y comunicándonos a gritos/señales.

Y todo cambio conlleva convulsiones y acontecimientos negativos.

¿Dónde está la diferencia entre aquel que se levanta y el que no lo hace? Muy fácil: la gestión de esos acontecimientos y la capacidad de ver, como si de un análisis DAFO/FADO (*) se tratase, de que nos encontramos ante una oportunidad devenida de una amenaza y/o debilidad.

Sólo hay un cambio, sólo uno, que no nos genera oportunidad. Y ese es, como ya estarán pensando, la muerte. Pero, ojo, no se me descuiden, que hasta ver la muerte venir, pasar a nuestro lado o, desgraciadamente, en otros, es también una oportunidad.

Seguramente les parezca de Perogrullo, obvio, lo que estoy exponiendo. Sin embargo, me van a permitir con toda humildad que les diga que no todos tienen la capacidad de verlo. Y no se trata de una cuestión de intelecto. Se trata de una cuestión de dolor. El dolor parece insuperable a veces. En mi opinión, es una energía a transformar en otra de connotaciones positivas. Pero eso hay que saber hacerlo. Conlleva años. Incluso toda la vida.

Así pues, bienvenidos los cambios y las reflexiones que los han generado.  No estará usted en el equilibrio pero, desde luego, sí muy próximo a él. Y lo más importante: se sentirá tranquilo, en paz y, en definitiva​, 0 feliz o algo más feliz que antes.

Estar vivo. Vivir. De eso va la cuestión del cambio.

 

 

 

(*) «¿Qué es un análisis DAFO?»  http://gestio.suport.org/index.php?option=com_content&view=article&id=25%3Aque-es-una-analisi-dafo&catid=32%3Apmf-estrategia&Itemid=39&lang=es