En una calle de Madrid

Vaya por delante, como saben ustedes, mi amor a Murcia y mi pasión por Cartagena. Son sentimientos que irán conmigo hasta el día que muera pero el vivir y experimentar hacen, por suerte, que aparezcan otros nuevos. Como se dice comúnmente a mi tierra a morir, desde luego. Pero España es algo más que mi entorno más cercano y surgen más amores que se pueden compatibilizar con los otros y que hacen que, al final, se valore mucho más lo que todos los días se tiene a tan solo traspasar el portal de casa y no valoramos o, en su caso, aquellas carencias que son perfectamente importables y que no hacemos por miedo a perder la identidad. La identidad de un lugar son las personas y sus comportamientos, el lugar en sí no tiene más identidad que la belleza que uno percibe y es inanimada. Son las gentes que pasan generación tras generación las que dotan de esa identidad. Así que fuera ciertos complejos.

Complejos de reconocer, por ejemplo, que Madrid, capital quizá de chiripa (o no) de nuestro país tiene una belleza e identidad que son innegables. Pero es que además tiene una vida, un vivir, un estar vivo, un movimiento que hacen de ella la ciudad que nunca duerme, sin ningún tipo de envidia a ciudades como Nueva York o Londres. Yo no sé ustedes, pero ver un domingo por la mañana la Plaza Mayor madrileña (sin relaxing cup of café con leche) y aledaños con un ir y venir de gente viviendo tiene, al menos para mi, un valor incalculable. Soy persona que odia los domingos por encima de todas las cosas, los domingos son esos días de estar cerradas hasta las calles, de tener que coger el coche y marchar fuera de Murcia para poder sentirse vivo. Esto, señores, no ocurre en lugares como Madrid.

Ayer tarde caminaba por El Retiro. Sí, qué típico, pero qué verdadera gozada. Y terminé en una barquita, como manda el protocolo ‘retiril’, y me reí como hacía mucho que no lo hacía. El estanque estaba a reventar de barcas (y de unas pedazo de carpas que pegaban saltos y salían a superficie del tamaño de mi brazo)  pero es que el parque en sí estaba a reventar de familias, parejas, corredores, músicos, artistas, etc. y otro etc. más. Ayer en el Retiro no era domingo, no era ningún día de la semana, era vida, gente, sentimientos, emociones y ambiente donde, personalmente, no sentí esa nostalgia dominguera que tanto me asalta en mi Murcia no natal pero sí original. Los hay que necesitamos de vida, de vidas, para estar vivos. Y eso, señores, solo lo encontramos en ciudades como Madrid, donde la Gran Vía era un ir y venir de gente y coches, así como Sol y muchas otras. Yo quisiera una Madrid en Murcia pero también una Cartagena en Madrid, ojo.

Es evidente que comparar el puerto de Cartagena, mi puerto, mi valle de lágrimas, sus faros, su mar abierto y su lebeche con el Retiro es como comparar, no sé, una ensalada del burguer con unas buenas verduras a la plancha en el Rincón Huertano. Debo de reconocer que «me metí» y reí de cuantos me acompañaban un buen rato, desde luego el estanque del Retiro, aún con unas carpas como terneros de grandes, no es ese Mar Mediterráneo o Mar Menor que nos baña. Es por eso que entonces diré que quiero una Madrid en Murcia con Cartagena y con lebeche, por favor. Y es que vaya, vaya, aquí no hay playa… Ni marineras, por cierto.

Porque ayer comí de tapeo. Cuando me preguntan qué quiero, lo primero que dije, sin pensarlo: «pues para abrir boca, una marinera, ¿no?». Al segundo, caras de interrogación. Ganas de meterme en la cocina y prepararles una no me faltaron, pero ya saben, intento comportarme. Ahora, el invento les hubiese encantado. Me lo juego a una carta con ustedes. Pero no acaba aquí lo anecdótico, pues en Madrid el atún no es atún sino bonito así que no sé si el bonito será directamente pez espada o qué. Qué manía. Una que llega de puerto de mar y encuentra empanadillas de bonito, pregunta si es bonito o atún, le dicen que atún, y replica que si es atún para qué ponen en el cartel que son de bonito. Ya saben, yo siempre haciendo amigos. Eso sí, resultó que la camarera era asturiana y se echó a reír, aconsejándome que no insistiese, que esa batalla estaba perdida, ya lo sabía ella bien. Había optado la buena mujer por poner lo que diga mi jefe. Pues disculpa pero tu jefe es un poco cateto. Hablemos y escribamos con propiedad. Y de paso, vendamos lo que es.

Así pues mi reflexión no viene a ser otra que Murcia es mi amor, Cartagena mi pasión pero Madrid ese lugar donde todo, absolutamente todo, es posible. Donde siempre hay algo que hacer o ver, donde la gente vive más en la calle de lo que los murcianos nos pensamos, donde para algunos profesionales con titulaciones/profesiones de ciertas características  tenemos la puerta más grande y donde, además, el carácter capitalino de «todo el mundo a su bola» que asignamos a Madrid sin saber ni juzgar pues a lo mejor no es tal y es injusto que así continuamente lo hagamos.

Y es que hay que ser justos: no nos gusta en Murcia que nos acusen de ser el trasero del mundo y los últimos en todos los ránkings, como decía Yayo Delgado. No acusemos, por tanto,  a Madrid de ser la devora personas sin sentimientos, vivencias ni cultura propia.

Murcia, cachíto de cielo que Dios una tarde se dejó caer.

Cartagena, Puerto de Culturas, Semana Santa y mar, mucho mar.

Pero de Madrid, al cielo. 

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