Un brindis por Marina y Andrés

Murcia, 4 de junio de 2016

 

“Como sabéis, somos tres hermanos, y yo,  la única mujer y la que está en medio.  Son mi adoración.

 Me sospecho que soy la primera mujer que trataron, es decir, por mí han conocido qué es una niña, una mujer… Nuestra manera de ver la vida, de manejar las emociones…  Eso de ir a la peluquería y aprender qué son unas mechas o un tinte; que las medias se rompen, que no tenemos pilila (lo digo por la cantidad de baños que nos hemos dado los tres juntos en la bañera),  o qué es el periodo.

Un consejo en el momento justo. Y por supuesto, ser su asesora de imagen por excelencia: “Ana, ¿qué camisa me queda mejor?; ¿este pantalón o el otro?; ¿me engomino?  O huele este perfume a ver si te gusta…”.  No lo cambio por nada.  Pues yo he aprendido muchísimo de ellos también: sé jugar a las chapas,  al fútbol, al baloncesto,  al pin-pon, qué es un fuera de juego y me tuve que tragar `Bola de Dragón´.

Hay cosas de las que una se da cuenta cuando se hace adulta, cuando la vida nos toca  jugarla a nosotros. Y es que haber tenido un hermano mayor, a Andrés, curte como lo que más en esta vida.

Fue mi primer amigo,  y  por tanto,  quien me enseñó lo básico para sobrevivir: la primera colleja, la primera pelea, los primeros juegos, ser mi protector y en quien, curiosamente, he tenido la posibilidad de ver el futuro. Andrés ha sido quien iba abriendo el camino, y por tanto, el espejo en el que siempre me he podido ver para saber cómo afrontar la vida cuando me tocase.  Así que ya creo que me has curtido bien,  Andrés,  pues aparte de todo esto, siempre tuviste como afición  hacerme rabiar, porque sabías que me picaba.  Y disfrutabas. Pero nada cae en saco roto,  desde luego que no. Gracias en parte a ti soy, hoy, más fuerte.

Optar por familia numerosa no tuvo que ser fácil para ellos. Ojo,y teniendo a Andrés dando la lata por dos. Tirar de tres fieras todos los días. Educarnos. Sufrir por tres. Paciencia por tres y amor también por tres.

 Y no ha pasado nada, aquí estamos este sábado 4 junio, algo más crecidos, incluso con una nueva generación.

Siempre lo digo sin titubear,  les debo todo lo que soy  y tengo. Y creo que hablo en nombre de los tres cuando afirmo que les debemos todo lo que somos y que aquí estamos hoy gracias a su sacrificio y dedicación. Me refiero a mis padres, Andrés y Ana. Hoy no dejo pasar la ocasión de daros las gracias, un enorme gracias, como mínimo por tres o un gracias elevado al cubo.

Me acuerdo mucho hoy de los que ya no están.  Pero sí están. Ahí  arriba en una mesita especial para cuatro. Mi abuelo manolo alza su copa de vino. La Maru, llora mientras nos come a besos y nos dice lo mucho que nos quiere. Mi abuela Isabelita está pendiente de que sonría para no parecer “desaboría” (es verdad que a veces lo soy), y mi abuelo Paco se toma un buen café con leche, lleva su sombrero y el bastón de mando en su mano. Os echo de menos.

Para terminar, y perdón por mi extensión,  ya puedo decir que tengo una hermana. Dios provee.  A su manera, pero provee.

Una tarde de navidad la conocí. Una rubia descomunal, con un abrigo rojo de paño precioso, el pelo algo ondulado a lo Marilyn y unos labios rojos que cortaban el aliento. `Menudo bellezón. Qué saber estar, qué sonrisa y qué ojos´, pensé. Me encandiló, no tengo problema en reconocerlo.

Después  ha venido la mejor parte, que es, ir conociéndola.  Su risa, su espontaneidad, su decisión.  Sus piruletas de chocolate, su roscón de reyes y, ¡esas tartas!

Pero lo mejor, lo más valioso, su mayor virtud de todas, de todas: el hacer feliz a mi hermano. No es el mismo desde que ella apareció, no sé si él se ha percatado; desde luego, los que le rodeamos, sí.

Sin apenas conocerme, me prestó su apoyo de manera incondicional. Se ha convertido en mi confidente de urgencia y no urgencia,  a la única que le cuento secretos inconfesables, quien me ha visto llorar, reír, ha tomado a mi hija como si de la suya se tratase y siempre que la he necesitado, absolutamente siempre, ha sacado hueco de ese tiempo que no tiene para escucharme, aunque fuera a las nueve de la noche tras más de ocho horas de trabajo. Ahora tengo una hermana, esa hermana que siempre anhelé y que, al final, la vida me ha puesto en el camino. Dios provee…

 Deciros, Marina y Andrés, que estaré siempre para vosotros. Solo tenéis que hacer un “chas” y apareceré a vuestro lado.

Alzo mi copa y os pido que alcéis la vuestra por Andrés y Marina,  pues quien tiene un hermano, ya de por sí tiene un tesoro. Pero si además este añade una hermana, una bendición.

Pero hoy brindo, principalmente, por todos los que hoy estáis aquí,  deseando que la felicidad sea la flecha que guíe vuestras vidas.

 

Salud.”

Foto: Carmen Fuster Laguna (Más maja que las pesetas, ¡gracias!)

Foto: Carmen Fuster Laguna
(Más maja que las pesetas, ¡gracias!)

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