Hasta San Antón… Y más allá

 

 

Todo el año. Todos los lunes. Y en cada rincón de nuestra ciudad. Es así como encontramos la huella de San Antón, su obra, hecha forma y realidad de manos de su Cofradía, de sus allegados y, en definitiva, de todo un barrio. Con solera, que sí.

 

Contaba Don Jorge a los niños en su misa dominical la labor de la Cofradía ya en el siglo XIV, fecha de su fundación. Una labora caritativa, humildemente caritativa de ayuda al prójimo, en especial a aquellos que las autoridades no dejaban pasar por una de las puertas de Murcia por estar enfermos y considerarse, por tanto, foco de enfermedad para la población. Porque sí, San Antón ya era Murcia y en su final, una de las puertas de la ciudad amurallada por la que, no sé si saben ustedes, los mismísimos Reyes Católicos pasaron para entrar a nuestra noble ciudad. Así que sus majestades lo primero que pisaron fue San Antón, con mucho apremio y hermosura. Pero es que, además, cuentan que el coche que llevaba al rey Alfonso XIII desde Madrid a Cartagena donde cogería un barco para exiliarse, tras ser declarada la Segunda República, pasó por lo que ahora es la Calle San Antón. Amarga supongo que era su travesía pero seguro, segurísmo, vio la belleza de la ermita a través del cristal de su coche. Una hermosa ermita en medio de la huerta. Con escultura salzillesca. Digo yo que pudo su majestad parar un momentico a admirarla, si bien corría el riesgo de quedarse en el intento. Pero seguro que en su retina quedó esa imagen, pues es de lo último que vio hasta llegar a Cartagena y zarpar.

Que mi barrio tiene solera es cosa demostrada. Pero tiene la verdadera solera en sus gentes y las obras que llevan a cabo. Y en la Cofradía, qué duda cabe.

Lo que esconden bajo sí esas capas no es un ser humano; no es un disfraz o prenda que abrigue por ser enero. Lo que la capa, originaria de la época en que se fundó la institución, arropa, es otra cosa. Algo inmaterial, algo casi divino. Son corazones, buenos corazones, cuya única motivación es continuar la obra que en la Murcia del 1500 aproximadamente llevaba a cabo el «hospitalico de San Antón». Caridad, hospitalidad, ayuda. Pero sobre todo, esperanza, humanidad cristiana. No hay nombres, sino hombres y mujeres con la firme creencia de que hoy en día se necesita más que nunca ayuda caritativa, de cualquier tipo, a cualquier hora, haga el tiempo que haga. Que a nadie le falte lo básico. Qué planteamiento más sencillo pero qué difícil de llevar a cabo, sobre todo porque dejar de destinar nuestro tiempo a nuestros intereses y ofrecérselo a los demás es lo más difícil.

Son las fiestas de mi barrio, son las fiestas de San Antón. Hoy vuelve el patrón a su ermita tras festejos diversos. Es solo la punta del iceberg, un iceberg que se llama Cofradía de San Antón. 365 días activa, 7 días a la semana, 24 horas. No hay lucro alguno, bueno sí: una sociedad más justa, caridad cristiana, apoyo y ayuda al necesitado. Eso lucra, ya lo creo, porque el vínculo humano entre hermanos, hijos de un mismo Dios, lucra el alma, se goza.

Son las fiestas de mi barrio, como digo. Vivo contenta el que las haya. Pues son vehículo para recaudar hasta el último céntimo posible para los que han tenido menos suerte que yo. Son el «Equipo A» de la ayuda y caridad y por su capa los distinguiréis. Aunque no la lleven en ese momento.
Porque se nota, se siente, San Antón está en el ambiente.

Y es que hasta San Antón, pascuas son. Pero yo diría que más allá de pascuas y otros eventos. Hasta San Antón, y más allá… La obra de todos los cofrades es la gran bendición.

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Comunicarse en extinción

En ocasiones, aunque duela, como si uno de los anteriores tigres sacase sus garras y me rasgase fuertemente el corazón, hay que decir lo que se piensa.

Primero se piensa que mejor que no, que no sirve para nada, que lo único que provocarás es un dolor innecesario. Pero luego, lo piensas y lo repiensas, y ese dolor que posiblemente a uno le causes es tu dolor, el de todos los días, una pequeña chinita de esas que no permite avanzar en el paso.
Una cuenta con que no se va a explicar bien, que el otro no lo va a entender bien. Todo se va a tergiversar, se le dará tintes y vueltas insospechados, pero la necesidad de hacerlo pesa. No me gusta la ley del silencio, si de algo nos diferenciamos del resto de animales es por la comunicación y el lenguaje y hemos de hacer uso de ello. Sin excesos, pero es básico. Si hablásemos más y nos escuchásemos con talante positivo muy probablemente no existirían guerras ni necesitaríamos armas para la defensa. La mejor y más útil arma sería la palabra, en descargaforma de comunicación no sesgada, dentro del respeto y la no agresión verbal, entendiendo lo que nos dicen y no lo que queremos o pretendemos escuchar y sin pensar que toda palabra o comunicación con una misión clarificadora es un ataque. No. No lo es. Pero va a llegar el día que pueda refutar mi teoría de que la sinceridad, aún de corazón, está mal vista, le tenemos miedo, y nos ocultamos bajo escudos tras lo que traspasamos la línea roja de la comunicación y nos pasamos al ataque y al verbeneo, no quitamos todo tipo de complejos. Pasamos de no decir nada a la cara/ oído a soltar perlas de más innecesarias porque entramos en el vicio y en el morbo. No, eso no es sano. Y plataformas de mensajería instantánea y redes sociales están cargándose de pleno nuestra faceta comunicativa, la están pervirtiendo, la están pasando al lado oscuro de la comunicación, la falta de respeto, la mentira o el insulto. Os lo dice, además de una víctima, alguien desesperada por tener que vivir sí o sí sometida a esta nueva realidad que hasta ahora le ha traído más problemas que beneficios.

Tengo que reconocer que le estoy cogiendo miedo a la gente. En general, aunque a alguno/a ya se lo haya dicho en particular. Nadie es igual tras estas pantallas que en persona. La privacidad se vulnera, los malentendidos son la piedra angular y los que somos incapaces de desengancharnos tampoco podemos intentarlo, puesto que se nos viene impuesto.

Sé que a veces me paso de sincera, procuro que sea por teléfono o en persona. Pero me queda la tranquilidad de que el que conmigo ha de tratar sabe por donde voy, que no oculto nada, que mi estela es tan larga cono dura una conversación conmigo.

Sin embargo he recibido reacciones de todo tipo. He recibido malas palabras o insultos, vulneraciones de mi privacidad, etc, a lo largo de toda esta nueva era pero a lo que me niego, de manera rotunda, es a sustituir la comunicación eficiente por la comercial e impuesta. Conmigo ya han tocado roca, como diría mi padre, así que ahora toca cambiar.

He perdido muchas personas queridas por el camino por mi terquería o por la suya, lo reconozco sin complejos. Pero desde luego, a partir de ahora solo les podré decir una cosa: si quieren algo, me llaman o directamente tomamos un café, una marinera o lo que se tercie. Y si usa mensajería, que sea para decirme hora y sitio.

Ya vale. A mi no me tragan los grandes de las comunicaciones. O no al menos sin la dignidad de haberlo intentado.

 

 

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