«El escultor necesita vivir para la escultura»

 

 

 

ENTREVISTA A GALO CONESA, ESCULTOR

Fotografía: galoconesa.com

«El escultor necesita vivir para la escultura»


Galo Conesa Vargas (La Unión, 28 de diciembre de 1959) no se considera discípulo de Paco Conesa, a pesar de ser éste quien le mostró por primera vez el mundo de la escultura, hecho a partir del cual estalló su pasión por ésta. Tampoco autodidacta, pues considera que los medios de los que se disponen hoy en día facilitan mucho el trabajo. Su vocación es doble: la mina y la escultura, de las que cree hay una reacción de doble sentido que habría que explotar. A día de hoy, Galo Conesa tiene esculturas por todo el territorio español, imaginería religiosa, principalmente. Se considera muy afortunado pues cree que tuvo mucha suerte, amén de una familia que lo ha apoyado en todo momento.  Vivir para la escultura es su lema aunque la dejaría para volver a la mina, pues sigue viviendo con la esperanza de que algún día la actividad minera en La Unión vuelva a ponerse en marcha.

ANA SOTO                                       26/08/17

– Desde pequeño, ¿habías mostrado habilidad alguna hacia la escultura?

– En mi familia no hay antecedentes artísticos, ninguno. En este sentido, a mí me viene la vocación un poquito tardía pues se producen una serie de desencadenantes que hacen que, para mí, mi vida y mi meta se conviertan en la escultura, gracias a un artista unionense, fallecido hace un año ahora, que era Paco Conesa. Realizó al lado de mi casa unas imágenes para la renacida Semana Santa de La Unión.

– ¿Por qué renacida?

– Hubo un parón muy gordo a partir del año 1968 hasta prácticamente 1996. Hasta ese momento, la única procesión que teníamos era la del Cristo de los Mineros, Jueves Santo, que se había convertido básicamente en un Vía Crucis. Se procesionaba el Cristo de los Mineros, le seguía mucha gente pero no había más desfiles procesionales. Con la llegada del nuevo Delegado del Gobierno en esa época, Eugenio Faraco, que es de La Unión y había estado residiendo en Madrid, la cosa cambia. Él se encarga de activar esa Semana Santa que había vivido con intensidad cuando era un niño. Por así decirlo, “mete” en esta historia a Paco Conesa que, siendo pintor, lo convierte en escultor.

– Y también escenógrafo, tal y como se ha mostrado estos días en las visitas programadas a su casa-estudio en La Unión, coincidiendo con el 57 Festival Internacional del Cante de las Minas…

– Sí, sin duda. Paco ha sido artista en todos los sentidos. Ha tocado muchos palos.

– ¿Y cómo conoces tú a Paco Conesa, con el que además compartes apellido?

– Lo conozco precisamente porque a la hora de realizar estas imágenes para la Semana Santa unionense, Eugenio Faraco le cede un local aquí en La Unión para realizar esas imágenes y que se sitúa justo al lado de mi domicilio. De ahí viene la relación: de verle, de prestarle la cocina para hacer, por ejemplo, el aparejo que se suele utilizar como soporte de las policromías de la obra escultórica religiosa. Todo eso lo hacía en mi casa, por lo que empieza a nacer una relación. Todo aquello fue para mí un estimulante, un detonante para no pensar desde ese momento en otra cosa que no fuera hacer escultura, esculpir.

– Aquello, ¿fue como un “enamoramiento”?

– En realidad un detonante de algo que yo llevaba dentro porque sí que es cierto que a mí, desde muy pequeño, me ha gustado la escultura religiosa, pero verla. Ir a un museo, disfrutar con ella, ir a alguna parroquia…

– Pero, ¿no imaginaste nunca que la realizarías tú?

– De realizarla yo, nunca, salvo desde ese momento que veo a Paco Conesa empezar a modelar barro y después, vaciado. Él hacía vaciado, no talla.

– ¿Qué es el vaciado?

– Es otra forma de realizar escultura, pues hay muchos sistemas de cara a llevar a cabo una obra final. Normalmente, el artista lo que utiliza es el barro, que es un medio transitorio. El barro se puede transformar en otro material; con el vaciado, desde ese barro original, se hace un “negativo” en escayola y, posteriormente, ese “negativo” en escayola que llamamos molde se puede volver a utilizar para rellenarlo de otras sustancias, pudiendo obtener (tras un método muy laborioso) una escultura que, en un principio, era en barro, pudiendo obtenerla ahora en marmolina, en resina, en escayola o en bronce, cuyo proceso es mucho más largo. El proceso de hacer talla es distinto, pues consiste en coger un bloque de madera y con unos cinceles especiales, que se llaman gubias, empezar a quitar lo que “sobra”, dejando la obra que se pretende esculpir. Con el mármol, pasa lo mismo.

– Luego, eres discípulo de Paco Conesa…

– No, no me considero discípulo de Paco.

– Pero aprendes viéndole trabajar…

– Paco me despierta el interés, después yo he practicado mucho por mi cuenta.

-¿Eres autodidacta?

– No me gusta la palabra “autodidacta”. Hoy en día con internet y en general con la cantidad de medios que tenemos a nuestro alcance es fácil serlo. Mi “despertar” se produce en el 1996, donde sí que hay facilidad para coger un libro… Autodidactas eran aquellos que aprendían por sí mismos en, por ejemplo, los siglos XVII y XVIII… Aquella gente, sin los medios que hoy en día tenemos, sí que eran autodidactas.

-¿Cómo te denominarías, entonces? ¿Curioso?

– No, simplemente me ha emocionado mucho este tema y he trabajado mucho por él para conseguir llegar a una meta que era, en aquellos momentos, llegar a realizar una escultura por mis propios medios.

– Religiosa.

– Religiosa, sí. Porque ahí es donde yo me siento bien. Me siento bien en ese campo, me siento realizado.

– ¿Cuál es la primera escultura religiosa que realizas?

– La primera escultura religiosa que hago, digamos de formato tamaño natural y de madera, la realizo precisamente al poco tiempo de suceder todos estos hechos que he narrado. A mí no se me pasaba otra cosa por la cabeza que meterme en este “lío”, así que en un determinado momento, de acuerdo lógicamente con mi familia, mi mujer, que me han ayudado mucho en los primeros pasos, lo que hice fue cortar directamente con lo que estaba haciendo y dedicarme durante un año a preparar escultura para una exposición.

– ¿A qué te dedicabas antes de iniciarte en la escultura religiosa?

– Antes de eso me he dedicado toda mi vida al sector minero de La Unión, hasta que en el año 1992 cerré la última explotación minera. Tengo ese entristecer. Pero mi meta desde que conozco a Paco Conesa se convierte en conseguir realizar una escultura de madera.

– ¿De madera?

– De madera, sí. Meterme en la talla. Corté, como digo, con lo que estaba haciendo y me dediqué durante un año a preparar varias esculturas. Tuve la enorme suerte de que antes de alcanzar esa meta pude terminar cuatro o cinco esculturas para una exposición que sale a través de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento de Murcia. Antonio González Barnés me abre las puertas de la concejalía y me sitúa en la Sala Caballerizas de Murcia, con una exposición.

– Luego tu primera exposición se produce en Murcia, no en La Unión.

– No. La primera exposición como tal fue en La Unión en el palacio del Festival Internacional del Cante de las Minas pero aún no había hecho nada de talla. Fue todo entorno a un montón de piezas pequeñas de barro, bustos y retratos que había hecho. Pero aún no había hecho nada de talla. A partir de ese momento ya estaba metido en preparar varias esculturas para una exposición pero, sobre todo, para valorar si yo era capaz de realizar ese trabajo. Entonces, empecé a complicarme la vida – (Ríe)-. Hice, primero, un Cristo muy sencillo y empecé a complicar y complicar el trabajo de tal manera que presenté allí unas siete obras y tuve la enorme suerte de vender todas la obras. Tuve muchísima suerte. Los comienzos suelen ser muy duros, para todo, y yo tuve la enorme suerte de llegar y “besar el santo”.

– Te consideras, entonces, afortunado en el mundo del arte.

– Muy afortunado. Como te digo, he tenido mucha suerte. Porque, además, la cofradía que compra estas esculturas, desde ese momento, empezó a encargarme muchas más. Esta cofradía de la que hablo es de Alhama de Murcia y allí se me abren unas puertas tales que a día de hoy debo de tener más de treinta esculturas allí, en Alhama.

– ¿Se procesionan?

– No todas, pues no todas son para eso. El grueso está repartido en dos cofradías: una tiene un museo donde se pueden visitar. Este es el Museo de las Siete Palabras de la Archicofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno de Los Moraos. La otra, tiene una sede que también se puede visitar, la Hermandad de la Santa Mujer Verónica de Los Coloraos. Y también tengo obras en casa de particulares, en el cementerio o en el Tanatorio Municipal de la localidad. Tuve una suerte tremenda.

– A partir de aquí, ¿surgen otros sitios donde empiezan a encargarte imagen religiosa?

– Afortunadamente tengo ya obras desde el País Vasco pasando por Toledo. En Albacete tengo en muchos sitios; en Alicante, también. Almería y, por supuesto, en la Región de Murcia, donde también tengo en muchos lugares.

– En Cartagena, ¿también?

– También allí. En Cartagena y en Murcia capital.

– En Murcia…

– En Murcia solamente tengo una escultura que no es de procesión. Se encuentra en los jardines del Seminario de Murcia y es una escultura que representa a la Virgen, a “la Señora” que la llaman allí y está hecha de mármol.

– Para la Semana Santa de Murcia…

– No ha habido ningún encargo. De momento, no lo hay.

La minería en la vida de Galo

– ¿Cuál es tu meta como escultor ahora?

– No me pongo metas. Seguir trabajando en esta actividad en la que llevo trabajando muchos años, sea escultura religiosa o no; en materiales distintos, como el mármol o la madera. No le hago “ascos” a nada de eso y no me planteo otras metas. Eso sí, por supuesto, sigo viviendo con la esperanza de que algún día vuelva a ponerse en marcha la actividad minera en La Unión, pues creo sinceramente que tiene grandes posibilidades y no me importaría dejar la escultura para volver a la minería. Es decir, de la minería a la imaginería y de la imaginería a la minería.

– ¿Un puente entre ambas cosas?

– Sí, una reacción de doble sentido.

– ¿Existe?

– Para mí, sí, indudablemente.

– En tu mente…

– En mi mente las dos actividades son realmente creativas. Las dos. Aunque no tengan nada que ver aparentemente, ambas son tremendamente creativas. Por tanto, eso es lo que a mí me llama la atención y me aporta mucha satisfacción, me llena mucho. Me daría igual seguir trabajando en una cosa o en la otra. Las dos me llenan plenamente.

– ¿Las dos al mismo tiempo?

– Eso es ya más difícil, porque tanto una actividad como la otra necesitan las 24 horas exclusivamente para ellas. Yo no creo que pudiese compartir ambas cosas, al igual que no entiendo compartir la escultura con cualquier otra actividad. Sé que hay muchos artistas que lo hacen; hay imagineros, escultores que no le dedican el tiempo suficiente pues tienen otro trabajo. Yo pienso que el escultor necesita vivir para la escultura.

– ¿Igual que el pintor para la pintura?

– Sí, estoy totalmente convencido.

– El artista, entonces, tiene que tener dedicación exclusiva…

– Sin duda. Si no, creo que no avanzaría nunca. Estoy convencido de ello.

Su relación con Paco Conesa

– En relación a Paco Conesa, cuentan que murió algo enfadado por el poco ambiente artístico que había en La Unión ya que todos los artistas e intelectuales unionenses, al margen de los ya fallecidos, se marcharon de La Unión…

– Es lógico.

– Pero, ¿fue así?

– Es cierto que La Unión ha dado grandes artistas, escritores, magníficos técnicos… Pero hay que tener en cuenta que La Unión es una población pequeña y la gente trata siempre de mejorar su vida. De hecho, él mismo se marchó a Madrid. Por lo tanto, yo creo que es algo totalmente lógico, se sea de La Unión o de cualquier parte del mundo, a no ser que puedas vivir o nazcas en una gran capital y puedas desarrollar tu actividad en un entorno más favorable. Pero cuando uno se encuentra en una población pequeña, como te digo, lo normal es que quien tiene aspiraciones se vaya fuera.

– Lo último que deja Paco Conesa es una serie llamada La Unión, el ocaso de un sueño, a través de la cual nos quiere mostrar ese malestar, que no se conforma, que no entiende que los talentos se marchen. Ve que La Unión ha entrado en el “ocaso” del arte, que La Unión ha quedado olvidada…

– Paco tenía un espíritu trágico y yo creo que no terminó de encajar nunca que ese apogeo del que siempre se habla de La Unión, de final del siglo XIX, parte del siglo XX, se termina por acabar. En las cuencas mineras siempre hay “vacas flacas”, por así decirlo. Paco siempre ha vivido en esa época de esplendor, de una época pasada que ni siquiera él vivió. Su mente siempre ha estado muy metida en esa época y no ha sabido asimilar nunca la realidad. De hecho hemos tenido muchas discusiones acerca de este tema –(Ríe)– , porque yo creo pisar más la realidad y quería que él la pisase un poco. Pero no lo aceptaba.

Salir a todo el mundo

– ¿Te planteas el extranjero como zona de expansión?

– El mundo es muy grande y si surgen trabajos fuera… -(Sonríe)-.

– Pero antes de que surgiese un encargo fuera, la obra hay que exponerla, ¿no?

– Hoy en día a través de las nuevas tecnologías y de las redes ya no es tan necesaria la exposición física en un local como hace tiempo. Yo creo que hoy ya no es necesario eso. Con internet es suficiente para que la gente conozca tu obra.

– Hombre, no es lo mismo ver el Miguel Ángel en persona que en una foto…

– Evidentemente, pero desde luego las fotos son muy importantes para difundir tu obra, y, como digo, con internet y todas las redes sociales la verdad es que el mundo se ha hecho pequeño.

– Y la tradición que tenemos en España de escultura religiosa, fuera, no la hay…

– No creas, sí que la hay. En los países sudamericanos y en Estados Unidos sí hay tirón. Me consta que otros escultores de gran nivel, como es el caso aquí en la región de Hernández Navarro, un muy reconocido imaginero, tienen obras fuera. Sí atraviesan, quiero decir, salen obras de manos de imagineros españoles hoy en día para todo el mundo.

– Algún día te llegará a ti…

– Pues sí, es posible. Ojalá… Pero vamos, tampoco me preocupa mucho.

– No te preocupa…

– (Ríe)-. En absoluto.■




La claridad de la Física

 

 

 

 

A Raúl.

Sopla el viento del levante. Recio levante. No hace calor, no hay boria, apenas unas nubes que se van disipando de medias en medias horas.

Segunda quincena de agosto. La sombra de la fachada no tiene la misma longitud que ayer. Ni que anteayer. Ni que hace dos meses, claro está. Pues la Tierra gira y la sombra mínima se da en el hemisferio norte con el solsticio de verano, a partir del cual la sombra va alargándose. Esto es una observación universal.

A pesar de toda la profundidad del paisaje que en este momento tengo delante, y que es el mar, veo el horizonte. Y cada vez con más claridad. Y si, además, septiembre no se presenta en demasía caluroso, la claridad que se percibirá es ciertamente asombrosa. La sombra, como decíamos, se alarga, luego la Tierra gira. La Tierra gira, ergo el tiempo, pasa. Y con el paso de este tiempo aumenta la claridad del horizonte.

Esto es, en principio, pura Física. En principio, digo, porque en realidad el transcurrir de la vida de uno (problemas, pérdidas personales, desamores, bancarrotas y un largo etcétera) con el paso del tiempo trae la claridad (por desgracia no hay fórmula con la que podamos calcular la cantidad de tiempo necesaria). Y esta claridad de la que hablo tiene, a mi entender, una vertiente doble.

La primera de ellas es esa claridad que nos permite ir hilando acontecimientos que, de manera aislada en un momento dado, no nos aportaron ninguna explicación. Y en en el momento menos esperado, nos atrapa esta claridad, cuando ya habíamos dejado de buscarla.

La segunda vertiente es la solución que le podemos dar a aquello que nos traía de cabeza o bien el descubrimiento de lo que realmente queremos, de lo que necesitamos, aquello que aportará el valor que sentimos que nuestra vida necesita.

Así pues, la claridad es fruto de la Física. Esa Física que en el instituto era tan árida de estudiar (no para todos, claro, pero sí para aquellos que veían con claridad su futuro en las letras…). Todos planificamos recorridos, manejando distancias y tiempos. Somos seres sujetos a la gravitación o manejamos objetos que se nos caen de las manos y sufren la caída libre…

Vivir es cuestión de Física. Estamos llenos, además, de energía, que también la Física recoge y estudia.

De una y otra manera, y en definitiva, la claridad como perspectiva de la vida es cuestión del paso del tiempo y unida, como no, a la observación y meditación de los acontecimientos que cada día vivimos.

Así que sea lo que sea que, querido amigo, te preocupe, no temas. Porque la Tierra gira, el tiempo pasa y con ello, llega la claridad. La correcta y positiva gestión que tú hagas  de ese fin o cambio que te llegó te conducirá con toda seguridad a ella (más o menos pronta…). Pero llegará, te lo aseguro. No lo dudes.

Es matemático. Pues es la claridad de la Física.

 

 




NO TENGO MIEDO / NO TINC POR

 

 

 

No tengo miedo.
No os tengo miedo.

Pues el miedo es vuestro arma más potente, esa que os hacer tener el poder de las personas en vuestras manchadas manos.

Manchadas manos con sangre de inocentes, sin apellidos ni adjetivos. Inocentes alrededor de todo el mundo cuyo «pecado» para vosotros es vivir en libertad.

Libertad que sólo queréis para vosotros y unos pocos. Libertad que es patrimonio de todos y propiedad de absolutamente nadie. Vosotros libres; el resto, vuestros sumisos esclavos.

Sumisos esclavos a los que sometéis con el miedo y bajo el nombre de una religión que no conocéis y que no respetáis con vuestras atrocidades. La religión no mata, lo hacen las personas.

No tengo miedo, no tinc por.

La meva llibertat, la llibertat de tots és la nostra «arma», nostre tractament, la nostra cura. Viure en llibertat es la nostra religió.

No tinc por. No tengo miedo.

 

 




Caminito de La Unión

 

 

 

Publicado el 27 de junio de 2014

http://blogs.laverdad.es/reflexionesuniversidad30/2014/06/27/caminito-de-la-union/

(Blog eliminado por La Verdad)

Era el plan familiar para los domingos. En alguna ocasión se cambiaba por sábado, pero rara vez. Era nuestra rutina de fin de semana, sin tener aquí la palabra “rutina” ningún tipo de connotación negativa, como la de “obligación” o “aburrimiento”. Fueron más de dos décadas de práctica de esta rutina familiar por lo que creo que muy raro será el que la olvide, así como todos aquellos pequeños detalles que en el momento resultaban ser nimios y ahora, a día de hoy, conforman mi infancia.

La ruta se iniciaba de camino a Cartagena en el Peugeot de mi padre a través de la carretera antigua Murcia-Cartagena. Recuerdo pasar por delante del hospital “Virgen de La Arrixaca” y tras éste, la Venta de La Paloma. Y luego, puerto arriba. Mi padre al volante, mi madre en el asiento del copiloto, mi hermano mayor en el asiento trasero derecho, mi hermano pequeño en medio y yo, en el trasero izquierdo, detrás de mi padre. Tuve suerte porque me tocó ventanilla, la que como digo fue para mí durante toda mi infancia mi ventanilla al mundo: al Puerto de la Cadena, el Campo de Cartagena, la Venta Garcerán, el Cabezo Cortao o el Mar Menor a lo lejos. Esa ventanilla, en tiempos de empresas químicas en Cartagena me sirvió también como parapeto de ese olor que al cerrar los ojos me viene a la nariz: sulfatos y mercaptanos que anunciaban que estábamos llegando a nuestro destino. De hecho, recuerdo a mi padre contestar a nuestras quejas decir: “ya sabéis lo que significa, hemos llegado casi”.

Una vez “aterrizados” en Cartagena, tocaba pasar todo el Paseo Alfonso XIII (mi padre tenía calculada la velocidad exacta para que todos los semáforos le tocaran en verde) para luego, por la Plaza de España y al lateral de una gasolinera primero y del Museo Naval luego, girar en la Calle Real hacia el barrio de La Concepción, conocido en Cartagena como “Quitapellejos”. Una vez aparcados frente a la casa de mis abuelos, y aunque ahora parezca increíble, tocaba estirar las piernas tras bajarnos del coche, pues el viaje había llevado no menos de una hora. Mis abuelos esperaban expectantes en el balcón y cuando veían aparecer el coche por la esquina empezaban a saludarnos y mandarnos besos, a la par que les sonreíamos por los cristales. Qué emoción.
Subíamos los dos pisos (sin ascensor) corriendo, mi hermano mayor más hábil, de dos en dos escalones. Nunca, pero nunca, faltó mi abuela en el rellano para abrazarnos fuertemente y “comernos” a besos. Mi abuelo se encontraba en la cocina terminando de freír esas patatas fritas que tanto nos gustaban, así que el siguiente paso era correr por el pasillo a saludarle y a coger una patata de las ya fritas sin que se diera cuenta. Lo que daría por volver a comer esas patatas fritas. De nuevo me vuelve el olor y también el sabor a la mente y al paladar. De hecho, estoy salivando.
Tras un aperitivo de navajas y mejillones (o almejas, dependía de lo que hubiese comprado fresco en “la plaza” el día anterior) y ya en la mesa del comedor (que ahora tengo en mi salón, aunque no es la original, es otra muy parecida que compró mi abuelo después) y sobre el mantel de cuadros rojos y blancos o verdes y beige (que también guardo para ponerlos de vez en cuando) degustábamos o bien arroz y conejo o bien salsa de ternera con esas patatas fritas únicas. Mi abuelo, con cierto gusto por ver los platos vacíos, siempre decía jocosamente que parecía que no habíamos comido en toda la semana. Mi abuela, nos insistía en que comiéramos más y más, pues para ella nunca comíamos lo suficiente. Tras un poco de embutido y fruta de postre, nos lanzábamos al salón a jugar con los juguetes que una vez fueran de mis primos mayores. Ahora mis abuelos y mis padres charlaban y tomaban café. Y también echaban una “cabezadica”, que para eso era domingo.

Era entonces, cuando a eso de las cuatro y media de la tarde, continuábamos con la rutina caminito de La Unión. Toda la Calle Real y llegábamos al destartalado por aquel entonces puerto y por la carretera que bordeaba el submarino Peral, pintado de gris y rojo, cogíamos en la Plaza Bastarreche la carretera de La Unión. Los Mateos, Los Partidarios, La Esperanza… Y el tren de FEVE Cartagena-Los Nietos a nuestro lado en numerosas ocasiones. Maderas Asuar, Frigoríficos Bolea, Tubaceros… Y enseguida la gasolinera de La Esperanza y el Cementerio Municipal, tras el que nos encontrábamos el ilustre letrero “LA UNIÓN. CIUDAD MINERA Y CANTAORA”. He de manifestar en este punto mi descontento porque este cartel haya desaparecido y que además la palabra cantaora se haya sustituido por flamenca ¹. Los unionenses (yo no lo soy directamente pero me siento como si lo fuera) no somos andaluces y lo que nos ha distinguido siempre y nos distinguirá es nuestro cante, no nuestro flamenco. Ese cante nacido en la mina, como modo de aliviar la dureza del trabajo y las largas jornadas en condiciones extremas. Eso es cante, cante jondo, no flamenco. El flamenco lleva aparejada otra serie de características que no se daban en la mina. De hecho, al Cristo de los Mineros, en su procesión de Jueves Santo se le cantan saetas, no se le bailan sevillanas (por poner un ejemplo, pongan otra cosa en vez de sevillanas). No sé si sabrán ustedes que el famoso “Soy minero” de Antonio Molina lo compuso un unionense con la inspiración del trabajo de las minas en La Unión. Lo que pasa es que, como en muchas ocasiones, uno no es profeta en su tierra, y fue el gran Molina el que lo interpretase. Su autor y creador hizo entonces un arreglillo y puso Sierra Morena, lo que ha despistado a generaciones de unionenses y ha hecho a otras tantas generaciones de andaluces creer que ese sentir que narra el tema era de un minero andaluz. Pero en primera instancia fue la Sierra Minera.

*Un tipo de los suelos en mosaico que había en la Casa del Piñón

Prosigo. Pasada la Calle Mayor llegábamos a la monumental Casa del Piñón, en cuyo balcón o mirador de su primer piso ya nos estaba esperando mi abuela, Isabelita Peñalver (1917-2007). Característica por estar algo “teniente”, tras diez minutos tocando al timbre nos abría la puerta (hubo alguna vez que mi madre tuvo que utilizar su llave pues la habíamos pillado durmiendo la siesta y entonces sí que no oía ni el fin del mundo) y esperaba en la puerta que pueden ustedes observar en la imagen. Desde 2009 la Casa del Piñón es sede del ayuntamiento de la localidad, por lo que la imagen que observan contiene un directorio de despachos y personas. Esas escaleras que observan en la otra foto las bajó mi madre el día de su boda vestida de novia y desde el segundo piso del edificio mis hermanos y yo (algunas veces junto a mi primo que venía de vacaciones) lanzábamos unos paracaidistas de plástico a los que se les abría el paracaídas y convirtiéndose sus piruetascírculos y un sin fin de cosas más que nos imaginábamos. Algún pobre paracaidista “murió” en acto de servicio pues el paracaídas venía defectuoso de fábrica y no se abrió. Descanse En Paz. Y descansen en paz el resto, pues menuda “tralla” que llevaron. Los susodichos nos los compraba mi abuela en el quiosco que tenía justo debajo, el de Micaela, así como cromos, revistas o cómics. Alguna golosina también caía, aunque lo que mejor recuerdo son los pasteles de Corví. Nada más llegar, siempre mandaba a mi hermano pequeño a recogerlos. “Os he comprado hamburguesas de esas” nos decía refiriéndose a unas deliciosas napolitanas de chocolate que nos comíamos mientras correteábamos por el primero izquierda de la Casa del Piñón, sobre suelos de mosaico* y bajo techos con frescos, relieves de ángeles o cenefas dignas de palacetes del siglo XIX. Bueno, no voy a ser modesta, es que la casa de mi abuela era todo un palacete por dentro pues fue la casa/apartamento que Joaquín Peñalver (“el Piñón”) se hizo a su gusto para vivir con su familia. En ese piso se jugaba de lujo al escondite, pues era tan grande y tenía tantos rincones que el que la encontraran a una era muy difícil (un día por poco no encontramos a mi hermano pequeño, menudo susto). También es cierto que yo nunca pasé de la cocina (bueno, un par de veces acompañada de mi abuela o mis padres) pues me daba un miedo terrible. Mi abuela tenía todos los balcones de esas habitaciones cerrados por lo que todo era oscuridad. Yo imaginaba fantasmas, dragones y un sin fin de seres extraños de la cocina hasta el final. Ya cuando tuve más conciencia y a modo de sarcasmo la llamaba la Terror House pues además de darme miedo como digo, tengo entendido que una vez en sus dependencias se rodó algún tipo de corto o película de miedo de serie B. ¿Se imaginan que durmiendo me aparece Drácula y me muerde? Callen, callen, qué miedo, como diría mi hermano pequeño “se me cae todo el pastel”. Y disculpen la expresión.

 

 

Escalera de la Casa del Piñón

Y bueno, hasta hace cuatro años y tras un parón por el traslado de mi abuela a Murcia y situaciones personales varias, yo siempre vi las procesiones, cabalgatas, desfiles de fiestas y maratones desde los balcones de la Casa del Piñón, desde los balcones de mi abuela. En Semana Santa la casa se llenaba de amigos y familiares pues el sitio para ver las procesiones era inmejorable. Ya más mayor no la veía terminar de pasar, pues a las tres había de estar en Cartagena vestida de capirote para desfilar en El Encuentro y me echaba a intentar dormir un rato. Y digo intentar porque la procesión subía por la Calle Numancia (la casa de mi abuela hacía una especie de L-chaflán) hacia la Calle Mayor por lo que el redoble de tambores era por duplicado. Y al ser la casa amplia y antigua retumbaban que no vean. Pero bueno, si al fin y al cabo en un rato me iba a desfilar entre tambores, ya voy acostumbrando el oído, pensaba yo.

Pero siempre, fuera Semana Santa o un domingo cualquiera, la rutina terminaba de la misma manera: bajando las escaleras de dos en dos o incluso por la barandilla (hecho real: vi a mi hermano mayor una vez hacerlo, doy fe) y cargados de pasteles para llevarnos de vuelta a Murcia. Cuando salíamos por el portal ya era de noche por lo que en el viaje de vuelta tocaba recordar todo lo hecho aquel día, pensar en que al día siguiente había “cole” y echar alguna cabezada tonta.
Ayer por cuestiones varias hice el mismo trayecto, eso sí, por autovía, sin unos abuelos a los que visitar y sin casa alguna a la que tocar al timbre y subir correteando. De Cartagena todo ha cambiado; por tener allí a mi familia y por la Semana Santa he ido viviendo su evolución. Pero aun así no entiendo algo, algo que pensé mientras esperaba en el semáforo de la Plaza Bastarreche caminito de La Unión: cómo es posible que Cartagena con su historia, su potencial turístico y su tejido empresarial no sea la nueva Barcelona del siglo XXI. Aquí me van a perdonar mis paisanos pero creo que parte de culpa la tenemos nosotros, los cartageneros, por nuestro carácter. Es muy posible que el día que asumamos que Cartagena ya no es ciudad militar por excelencia, que la refinería ya no es estatal y que «la Bazán» es Navantia y es deficitaria podamos entonces dar el paso a explotar el gran potencial de nuestra ciudad, que desde luego no está en esas tres cosas que acabo de citar. El pasado es preciso recordarlo siempre pero también es preciso mirar hacia el futuro y sin nostalgias que no sirven para nada. Fuimos lo que fuimos, vamos a luchar juntos ahora por ser otra cosa, sin olvidar nuestro pasado, pero sin nostalgia ni complejos.

Una vez se puso en verde, cogí la N-332, caminito de La Unión. La carretera básicamente la misma; el paisaje, no. Es en este punto en el que mi infancia y la actualidad entraron en conflicto. Pues mi infancia no ha cambiado ni va a poder cambiar ni con ella mis recuerdos pero los paisajes y lugares, sí. También las personas. Tras pasar el cementerio, mi cartel preferido ya no estaba. Continué por la Calle Mayor hasta llegar a la monumental Casa del Piñón, donde mi abuela no me esperaba. Eso sí, pude aparcar donde mi padre siempre lo hacía. Esas cosas parece que cambian poco. Al entrar, el quiosco de Micaela hecho conserjería. La puerta del portal la misma, eso sí, restaurada. La escalera y puertas principales de las casas también, pero poco más. No pude sentir mucha nostalgia, pues las dependencias son todas de nueva construcción. El patio donde mi abuela tenía a sus gatos y sus macetas totalmente renovado con un ascensor (¡lo que hubiese dado mi abuela Isabelita Peñalver por un ascensor! Lo que no sé es cómo no se lo ocurrió a ella…) al que subí a la terraza. Allí sí me invadió la nostalgia, pues poco había cambiado. Y aunque los paisajes se alteren con construcciones nuevas y demás, los naturales, en un periodo tan pequeño de tiempo que son veinte años para la madre Tierra, no.

Igual que creo que los abuelos deberían ser eternos, algunos personajes de pueblos y ciudades, también. Pues aunque el tiempo pase son seña de identidad de los mismos. Y algunos edificios y construcciones, por los que mucha gente ha luchado, también. Así que aprovechando mensaje viral que circula por las redes sociales diré que No eres de La Unión si… no has sido nieta de Isabel Peñalver.

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¹ En una entrevista posterior con el que era alcalde de la localidad cuando publiqué este artículo, Francisco Bernabé, tuvo a bien aclararme que el cambio de «cantarora» a «flamenca» se había decidido debido a que a día de hoy en el Festival Internacional del Cante de las Minas que se celebra todos los años La Unión son distintos los premios que se otorgan dependiendo de las distintas disciplinas en las que se compiten: intrumentistas, desplante, guitarra, etc.