Chorros de vida

 

Escrito en marzo de 2015

Hace una semana sentí que tenía que huir. Bueno, más que huir, desconectar. En ocasiones la rutina unida a problemas de trascendencia se convierten en insoportables y el simple hecho de cambiar de lugar, aunque uno se los lleve consigo, parece que los mitiga. Así pues por recomendación de una amiga que creo que sabe bastante bien de lo que hablo, reservé una habitación, cogí el coche y me presenté en plena noche en Riópar, Provincia de Albacete. Dirán ustedes que estoy loca yéndome yo sola a un sitio “tan escondido” y en plena noche; les diré que para mí es uno de los ataques de lucidez más clarividentes que he tenido nunca.

Esa noche al acostarme los ruidos de coches, camiones de basura y ruidos varios típicos de la ciudad se sustituyeron por un leve sonido de agua correr, imagino que de algún riachuelo cercano al hotel y a la cara de éste donde daba mi ventana. Pero desde luego, lo mejor vino a la mañana siguiente.

Un gallo me despertó de mi placentero sueño. El gallo andaba algo “civilizado” pues ya había amanecido, pudo ser que esa mañana se le pegaron las sábanas al animal. Es entonces cuando corrí las cortinas de mi ventana/balcón y lo vi. Vi donde estaba, lo que me rodeaba y la belleza indescriptible del paraje. Creo que estuve unos diez minutos callada simplemente observando. Ese entorno había diluido de alguna manera mi desgracia y es entonces cuando pensé que me importaba bien poco que me llamasen loca. Y es que el alma no solo se cura con pastillas.

Paseando por el pueblo y creyendo que lo había visto todo, cogí mi coche y me desplacé al nacimiento del Río Mundo, donde se encuentran sus famosos chorros y cascadas. No, no lo había visto todo. Ahora venía lo bueno.
Conforme ascendía a pie por la ruta y comenzaba a ver que el riachuelo cada vez era más ancho y caudaloso escuchaba de lejos agua caer, cada vez más fuerte. Esa fuerza que sólo la naturaleza es capaz de transmitir en forma de una energía que se le mete a una en el corazón y las entrañas, sin mucha explicación.

Iba observando los chorros y cascadas de lejos pero cada vez más grandes. Yo, lloraba. El paraje, lloraba conmigo. Ambos desfogábamos nuestro malestar, nos íbamos purificando con cada chorro/lágrima. Yo siempre digo que el agua sana, de una u otra manera. O es que acaso el mejor remedio para su malestar no ha sido en ocasiones meterse bajo la ducha y dejar el agua correr sobre su cabeza y cuello. Sana, de eso no les quepa la menor duda.

Iba sola con mi móvil, entusiasmada grabando el sonido del agua para mandárselo a algunos amigos y familia; ese sonido tan ensordecedor pero a la vez agradable y calmante…

Por la tarde visité Riópar Viejo, donde los primeros habitantes establecieron su morada. Las vistas, indescriptibles. Un horizonte que difícilmente olvidaré.

Quiero agradecer al personal del Hotel Spa Riópar su trato exquisito pues sentirse como en casa cuando uno está fuera es vital. Asimismo al alcalde de Riópar quien, por obligaciones totalmente justificadas, no pudo recibirme. Habrá una segunda vez, no lo dude.

Pero sin duda alguna, y con el mayor de los méritos, agradecer que casi minuto a minuto y pese a estar a 150 km. de distancia hiciese de guía indicándome qué ver y qué no y preocupándose, que es lo más importante, de que estando sola allí todo estuviese correcto y a mi agrado. Este no es otro que Ángel Santamaría, de Pedro Muñoz (Ciudad Real). Gracias, Ángel.

Y para finalizar, me van a permitir que les dé un consejo, no siendo muy partidaria de darlos: si necesitan desconectar, soledad, trabajar con concentración o simplemente pasar unos días en familia, no hace falta que vayan a la otra punta de España, que cojan un avión y marchen por Europa o América. Tenemos pequeños paraísos a la vuelta de la esquina, como aquel que dice, y no lo sabemos.

Señor alcalde, potencie lo que tiene, que no es poco. Los paraísos deben ser por todos conocidos, y este que ustedes tienen ha de ponerse más aun de relieve y darse con énfasis a conocer. Les queda aún por hacer. Fíjense qué atrevida, tengo consejo hasta para el alcalde, pero ciertamente es la verdad y una percepción no sólo mía sino de muchos, lugareños incluidos a los que pregunté y con los que charlé. Potencien sus chorros de vida.

Fotografía: Ana Soto

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