¿Destino o azar? Me da igual.

Seré breve, se lo prometo. La historia es la que es, y no tiene más vueltas.

La narraré de manera lineal, desde un punto «A» a un punto «Z». Lo dicho, no tiene vueltas.

Un viaje previsto de trabajo y para traer de vuelta a un amigo que ha estado haciendo lo mismo. Que viva el trabajo. Eso sí, omito la parte trabajo, porque como digo, mejor breve. No viene al caso.

La mañana de antes, una llamada de socorro. No tenía preparado nada. Mi amigo necesita que lo rescate lo antes posible y yo, pensando lo que me gustaría que hiciesen conmigo, cojo los bártulos y a la carretera. Voy a la ciudad más importante de este país. No hace ni un mes que estuve allí y fue un infierno. Pero tengo trabajo y, lo más importante, un amigo que me necesita urgentemente. Pensamientos innecesarios a un lado y hacia adelante. Con lo grande que es la ciudad y la cantidad de población que tiene probabilísticamente es muy difícil, diría que acercándose a casi imposible, pero tampoco improbable, que me lo encuentre. Vamos, que imposible, concluyo.

A medio camino, pido a mi amigo la dirección en la que se encuentra. La meto en el GPS. Sigo con mi ruta y las prisas de saber cómo está este chico, la verdad que menudo papelón. En su lugar, para mí el tiempo habría pasado el doble de despacio. Una noche deambulando por la ciudad sin apenas posibles.

Ana Belén me canta mientras tanto que «al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver…«.Oiga, eso faltaba, que yo quiero tratar de volver. Si lo que quiero es terminar cuanto antes y efectivamente volver, pero a mi casa, y rauda.

Arribo a las afueras de la ciudad. Miro el GPS y la salida que me indica. Empiezo a ponerme nerviosa. Me da la sensación de que esa salida la tomé la última vez que anduve por allí. Pero la verdad que voy algo cansada y pienso que es más metida en la ciudad, más adelante.

Pero no. Me manda de cabeza por la salida habitual cogida durante cinco meses de mi vida. Me empiezo a poner nerviosa. Bastante nerviosa. Pero pienso que esa salida lleva a una zona bastante amplia de la ciudad y con pasar de soslayo es suficiente. Comienzo a ver construcciones conocidas y el GPS me pasa de largo. Menos mal. Al contrario del estado que pensaba que podía adquirir mi cuerpo cuando circulara por la zona, paso tranquila. Me siento tranquila. Ana, algo has avanzado.

Pero de repente, el GPS, me manda un giro a la derecha en una rotonda. Una avenida larga con centro comercial y puente y, casi en el final, un colegio. Se me encienden todos los pilotos. Pero los de mi mente y cuerpo, no los del coche. NO ME LO PUEDO CREER. Un colegio que conozco que se está empezando a llenar de coches por la salida de los niños y niñas y el GPS repitiendo sin cesar «ha llegado a su destino». 

Doy varias vueltas sin encontrar aparcamiento (pero vamos a ver, justo en esta zona aparcar es el atractivo estrella). Pienso en irme algo más lejos y llamar a mi amigo y decirle que se acerque a donde me encuentro. Entonces pienso: va cansado, cargado y yo, siendo sincera conmigo misma, no tengo que esconderme de nadie pues considero que no he hecho ningún daño ni me lo han hecho a mí. En todo caso es «lo normal» en las relaciones humanas. Un chaval en un Renault Clío de color rojo se está yendo, me paro, voy aparcar. A la vuelta del colegio.

Lo cito en el parque que hay enfrente. Así puedo andar mientras termina por calles aledañas. Le digo que arree, que hay prisa. No me hace mucho caso.

Pienso: aparte de que hay un 50% de probabilidades (no exactas) de que sea él que venga a la salida del colegio, tengo tres opciones claras. La primera, que es esconderme, y que como digo descarté, pues no soy una delincuente. La segunda, deambular por la zona y que me vea o crea haberme visto, piense cosas extrañas y me acuse de acosadora o algo así. O el pobre crea que ve fantasmas. Desde luego, dado lo increíble de la situación, poder pensarlo por un minuto tampoco es nada raro. La tercera y última es, que si le veo, me voy a acercar y saludar. No tengo ningún problema y para mí supondrá una prueba de superación. Además así dejo claro que nadie acosa a nadie, ni por asomo, yo esta mañana desayunaba tranquila en mi casa pensando que a lo largo del día no llegaría más allá de la Catedral. Veremos a ver si me atrevo.

Llega la hora. Mi amigo no baja. Él no está. Toque a mi amigo. Suspiro, lo reconozco. Me voy a escapar. Me relajo.

Pero no. Giro la cabeza y, ahí está, dentro de su coche sentado con la ventanilla bajada trasteando el móvil. Me empiezan a temblar las piernas. Ni de  coña me voy a acercar. Pero las mismas que tiemblan arrancan sin consultarme hacia él, es que estamos muy cerca, como levante la mirada me ve. Y la verdad, es una persona a la que le tengo cariño y quiero saber cómo está. Eso sí, no quiero que le dé un infarto. Porque a mí en su lugar me lo daría. Y llego al coche.

«Hola, y tranquilo que no soy un fantasma y no vengo a buscarte a ti, soy yo». Pega un respingo y se pone blanco. Tartamudea. Yo tiemblo pero lo disimulo (creo). Se baja del coche y nos saludamos.

El resto de la historia ya sobra. Desde luego o tenía que pasar y yo tenía que estar a esa hora y en ese sitio allí  y él también o mi amigo sabe de mi vida más de lo que yo pensaba, vamos, que es agente del CNI y me ha preparado una encerrona. Me inclino por lo primero. Yo, escéptica con el concepto destino y su existencia, me tengo que arrodillar ante él. Me ha ganado la batalla filosofal: existes, y si no, lo que estoy viviendo es en realidad un microsueño de la siesta de después de comer y me voy a despertar. O como les digo, está todo preparado por mi amigo agente del CNI.

Ya en el coche con mi amigo, al que por poco mato por la tardanza y que encima no para de reírse de la situación que he vivido, decidimos que ni centro comercial ni nada, un café y tostada rápidos y para casa de vuelta. Que son tres horas. Y el cansancio mental y físico por la situación, grandes. Tanto su situación como la mía.

Conforme vamos abandonando la ciudad, al contrario de lo que pensaba que sentiría, no siento nostalgia. Sí liberación. Y me siento muy orgullosa de haber decidido acercarme y «dar la cara», enfrentarme a mis miedos. Mi mente está mucho mejor de lo que yo pensaba. Y el proceso de recuperación de tiempos pasados, más adelantado, también. No siento necesidad de dar la vuelta. Solo quiero continuar, escuchando las risas y el marronazo de mi amigo y llegar a casa. Concluyo que él (el del encontronazo) va a ser siempre una persona importante para mí y a la que le voy a tener cariño. Me gustaría que pudiésemos mantener contacto, pues es una persona que, en el final, me suma, me aporta. Pero nada más. Quiero llegar a mi Murcia y decirle un te quiero en voz baja.

Por su parte, pues no lo sé. Ni me voy a parar a pensarlo. Tiene el derecho a elegir su decisión, a sentirse como quiera y a actuar en consecuencia, o no. La sensación que yo me llevo a casa es que, aunque algo reciente, no va a haber problema. Pero ese es mi parecer, fruto de como yo he vivido la increíble e inexplicable situación.

Cierre de ciclo, cambio de tercio. Fue bonito y me ha enseñado muchas cosas. Me quedo con lo bueno. Pero arribo a casa, mi sitio, con una sonrisa y feliz. Estoy donde quiero estar y ahora no lo dudo, lo sé de verdad, comprobado con hechos, que es lo que vale.

El destino existe. Ojo con él. Si son de los aún escépticos, ya les hará saber éste de su existencia. En este punto, entraríamos en el terreno de saber e investigar dónde está escrito y si alguien lo escribe.

Pero eso ya desde mi casa, en mi tierra, ya tendré tiempo de filosofarlo. Hay tiempo, tranquilidad, y tampoco muchas ganas.

Pero, desde luego, qué fuerte.

feliz-en-algun-lugar

image_pdfimage_print

Deja un comentario