El empiece

 

 

Madrid. Coches, pitidos, taconazos, gritos. Humo de coche, humo de tabaco, humo de cocinas, humo de caldera de calefacción.

Se empiezan a oler los sofritos de los futuros pucheros. Aceites y calamares, ya salen los primeros bocatas. Es la hora del almuerzo, un buen chato de vino o una caña Mahou cinco estrellas. Pincho de tortilla de patata.

29 de octubre. 1977, en el Congreso se redacta la Constitución. Se huele a democracia, a derechos y deberes, a libertad y prosperidad. Ya nada es como antes y ya nada, absolutamente nada, será igual. Quizá parecido.

Clínica Nuestra Señora del Rosario, pleno centro de la capital de España. Una joven rubia de pelo lacio y tez clarita aguarda, como la Virgen María en el portal, que llegue el momento.
Aguanta los tirones que la criatura, de manera espontánea, ejerce hacia abajo, en un intento de poder ya ver a la que ha olido, ha oído y ya ama, su madre. Cada contracción es un empiece; la entereza y la dureza con la que esta rubia, de cara angelical y paciencia infinita afronta el momento estremecen su corazón pues sabe que va a conocer lo que sus entrañas han gestado durante meses, fruto del amor más transparente, puro y abnegado que ha sentido nunca.

Tras el otro lado de la puerta, un ir y venir de camillas, enfermeras encofiadas y recién nacidos y nacidas que ya tienen nombre. Son, tienen nombre. Aunque ya eran antes aunque no los viesen y  no lo tuviesen.
El futuro padre, con sus gafas oscuras (quizá en un intento de ocultar las emociones) rubio como la joven, joven como la rubia, pasea de un lado para otro. Impotencia de no poder hacer nada. Impaciencia de saber que su amada podrá, que su criatura será (lo que sea) y él, por primera vez, sabrá lo que tener un hijo o hija supone.

Y Mientras yo les narraba y les introducía en esta bonita historia, en un empujón de gracia y de entereza, la criatura, de manos del esfuerzo  de la joven rubia de tez blanca, pues ha nacido.

– ¡Es un niño, es un niño! Se oye tras la puerta.
¿¡Un niño!? Piensa el ya padre apretando la mano y mirando al cielo, en un intento de aguantar el sentimiento profundo de emoción. ¿Cómo será?¡Mi hijo!

A los dos minutos, enrollado en una mantita, con un gorrito de algodón y la carita algo arrugada, una enfermera, sonriente como si fuese la primera vez que sostiene a un bebé, muestra el recién nacido, al padre que es incapaz de quitarle ojo.

Blanquito de piel. Muy rubio, rubísimo. Mofletes colorados y ojos entreabiertos. Mira hacia todos lados, solo consigue percibir una luz blanca y reaccionar a la voz de su madre, al olor de la misma y a la tranquilidad de su regazo. 29 de octubre de 1977; 11.45 horas: llegaste al mundo para hacernos felices a muchos.

Han pasado ya unos cuantos 29 de octubre. Tú no lo sabes, pero en cada uno de ellos, una querubín rubia de pelo rizado y ojos algo azulados sobrevolaba tu estancia. Pero un día le tocó nacer y  por instinto y chivatazos de otros querubines que después vinieron ha ido sabiendo que has sido dichoso. Épocas mejores y peores; momentos de grandeza y de tremenda tristeza; un modelo de vida roto en dos; tu propia querubina de pelito castaño que, como una vez le pasó a tu padre, no le pudiste ni le has podido quitar ojo.

Has superado las dificultades, olvidado lo que no merece recordar y desplegado tus alas, en un intento de ser el querubín que un 29 de octubre de 1977 enamoró a muchos y que, a día de hoy, sigue enamorando. Te habrás podido caer pero siempre, absolutamente siempre, te has levantado. Porque los ángeles, los que lo son de nacimiento, jamás pierden el vuelo, es cuestión tan solo de coger impulso y volver a despegar. Y tú eres uno de ellos, sin ningún tipo de duda: tu pelo claro, tu tez blanca, tu olor y esa sonrisa, llena de vida, que llena de vida a los demás. Tu regazo es el refugio de tu pequeña, porque ahora tú eres el padre, y de muchos otros que de vez en cuando necesitan que los protejan del mundo. Sólo quienes eso son capaces de conseguir sin tan siquiera saberlo son los ángeles que nos rodean. Tú eres uno.

 

Decía tu idolatrado Shakespeare:

 

Dos amores tengo, de consuelo y de desesperación,

Que como dos espíritus se me insinúan sin cesar;

El ángel bueno es un hombre justo y hermoso,

El espíritu malo, una mujer de tintes oscuros.

Para llevarme presto al infierno, mi diablo femenino

Tienta a mi ángel bueno para alejarlo de mí,

E intenta corromper a mi santo volviéndolo diablo,

Seduciendo su pureza con su vil arrogancia.

Y que se vuelva demonio mi ángel

Sospecho, mas no afirmo directamente;

Mas, estando ambos lejos de mí, amigo uno del otro,

Creo ver un ángel en el infierno del otro:

Pero esto jamás sabré, sino que viviré con la duda,

Hasta que mi ángel malo haga arder a mi ángel bueno.

 

SONETO CVI (William Shakespeare)

 

Más digo yo que no siempre el malo gana al bueno y en cuestión de ángeles, en los que un día fueron querubines, no hay dualidad alguna. Aunque hayas visto el infierno del otro, nunca has llegado a entrar. Ni lo harás. FELICIDADES.

 

A Hilario Sancho del Real Rubí (HSRR) en el día de su cumpleaños. Y a su madre, claro está, pues sin su esfuerzo físico evidente de aquel día hoy no tendríamos la inmensa fortuna de tenerlo entre nosotros, custodiándonos y cuidándonos.

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