Lalilálilálilá

Cerca de cumplir un año más, no solo físico o mental sino también de vivencias, me pregunto muchas veces por qué merece la pena seguir, aparte de lo obvio. La vida es dura, a veces mucho, y por mucha alegría y buena cara que le ponga, hay días que cuesta encontrar un solo motivo. A mí me parece estupendo entrar a las redes sociales por las mañanas y encontrar frases del tipo «hoy va a ser un gran día» o hastags como #FelizLunes. Si solo eso bastase, con tener un móvil, tableta o pc con el que acceder a esas cosas bastaría también en la vida. Reconozco que no me gustan los mundos de «yupi» virtuales que se han creado en las redes. Ahora, los respeto y me parecen a ratos agradables. Pero no se engañen: muchos de los que están poniéndoles el «meme» mañanero de «hoy es tu día porque eres un triunfador» con la foto del gatito sonriendo, muy probablemente traicionarán a alguien ese día, serán traicionados o pondrán del color de la hoja de la lechuga a muchos de esos «amigos» de la red de turno en la que le cascan el gatito. Además, ya saben que el community management se ha convertido en profesión y negocio que da dinero, por lo que probablemente quieran captar su atención para un «me gusta» o «sigue a» que le reportará beneficio. No todos, pero un buena puñado. Palabrita.

Hace falta algo más, algo real, auténtico, que nos haga seguir. El simple hecho de la inercia por vivir me vale, pero yo les pido que en este punto paren, levanten la mirada y piensen qué les hace seguir. Lo primero que les venga, es. Seguro que hay más, muchas, pero el primero que les venga, es el de verdad, el auténtico.

El mío, se llama Inés. Su nombre le viene de que a aquí una servidora le encanta Don Juan Tenorio y lo que encarna y representa doña Inés. Desde que era una adolescente. Inés del alma mía.

Es una rubita de ojos verdosos grandes y pelo muy lacio. Está hecha una «raspica» como yo le digo, pero la chiquilla le hace ascos a muy poco. De casta le viene al galgo y es que es de familia de buen comer por ambos lados, principalmente por la de su padre.

Sus dedos son largos. Y sus pies. Es la ternura hecha persona. Obediente, inteligente y buena. Y feliz, que es lo que a mí me importa. Que sea feliz. El resto, es parte de su educación, de la cual formo parte, pero también su padre, al que hoy reconozco la labor que hace con ella. No me importa dejarlo escrito a pesar de los pesares, Inés es afortunada por el padre que tiene y yo me siento tranquila por ello. Al césar lo que es del césar. Y un césar con unos valores y una manera de educar que siempre compartiré. Y se le agradezco, sobre todo, en las ausencias.

Porque estar lejos de mi pequeño ángel no es fácil, no señores. Su risa, sus besos, sus palabritas y charlas, su olor, su todo, es mi vida. Ella tira y tira de mí, sin juzgarme, me obliga a vivir con determinación y pasión. Ella va a conseguir hacer de mí cosas verdaderamente impensables. Vale que yo soy la ejecutora de las acciones pero ella el motor y el empujón. Y la luz cuando cuando la cosa se pone oscura o nubosa.

Buscar un futuro mejor lejos de casa significa para mí que Inés tenga un futuro. Porque yo quiero tenerlo, pero para dárselo. Es para ella.

El día que volví a la universidad, con la culpa de haberla dejado en la guardería, al ir a subir las escaleras me quedé paralizada. Sentía que ya no era mi tiempo, que mi sitio estaba criándola. A los pocos segundos, miré hacia arriba, subí el primer escalón y me dije «por ella» y subí. Ahora estoy a punto de terminar. Y desde luego mereció la pena subir las escaleras.

Por eso, el día que me subí al coche cargada de maletas pensé, al igual «por ella». El futuro dirá si mereció la pena, desde luego, intentarlo, sí.

Si por casualidad casualidosa me encontrase mañana al salir de casa una lámpara con un genio, lo primero, me acojonaría, desde luego. Pero sé qué le pediría: felicidad para mis padres, hasta que llegase su día; mucha felicidad y bienestar.

En segundo lugar, prosperidad para aquellos a los que amo, que son pocos pero intensos y donde van incluidos, entre otros, mis hermanos. Y por último, que Inés, aunque tenga que aprender con la vida, algo inevitable, fuese fuerte y positiva. Una actitud fuerte y positiva. Pues con eso, lo demás viene solo. No, no pido nada para mí, pues si esos tres deseos se viesen cumplidos, yo tendría lo que quiero y necesito.

Recuerdo que cuando Inés tenía dos añítos (para tres) pusimos en casa el árbol de navidad. Su fascinación aquel año no tenía parangón. Y como estaba aprendiendo hablar, para referirse a él ya utilizaba su palabra correspondiente, pero a su manera: «Mamá, ¡el abo de lalilálilálilá!». Paseábamos por la calle y el lalilálilálilá. Nos moriríamos de la risa. Pero no la corregí pues era tan auténtica, que, coñe, hasta yo los terminé llamando así.

Querida Inés, hija mía, difícil me resulta justificar mis ausencias. Pero las entiendes y me recibes llenándome de savia nueva por dentro. Ya sabes, no lo dudes, que llegará una «lalilálilálilá» en la que, en forma de ovillo, me meteré debajo del árbol y como regalo tendrás una madre licenciada, competente, curtida y con un futuro para ti.

Tú no hace falta que te metas debajo. Eres un regalo cada día, hora, minuto. Eres el regalo que la vida me dio hace ya seis años.
Y ese regalo tiene validez hasta el día que muera. No quiero más.

Qué bonita la «lalilálilálilá».

Te quiero.

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