Caminito de La Unión

 

 

 

Publicado el 27 de junio de 2014

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(Blog eliminado por La Verdad)

Era el plan familiar para los domingos. En alguna ocasión se cambiaba por sábado, pero rara vez. Era nuestra rutina de fin de semana, sin tener aquí la palabra “rutina” ningún tipo de connotación negativa, como la de “obligación” o “aburrimiento”. Fueron más de dos décadas de práctica de esta rutina familiar por lo que creo que muy raro será el que la olvide, así como todos aquellos pequeños detalles que en el momento resultaban ser nimios y ahora, a día de hoy, conforman mi infancia.

La ruta se iniciaba de camino a Cartagena en el Peugeot de mi padre a través de la carretera antigua Murcia-Cartagena. Recuerdo pasar por delante del hospital “Virgen de La Arrixaca” y tras éste, la Venta de La Paloma. Y luego, puerto arriba. Mi padre al volante, mi madre en el asiento del copiloto, mi hermano mayor en el asiento trasero derecho, mi hermano pequeño en medio y yo, en el trasero izquierdo, detrás de mi padre. Tuve suerte porque me tocó ventanilla, la que como digo fue para mí durante toda mi infancia mi ventanilla al mundo: al Puerto de la Cadena, el Campo de Cartagena, la Venta Garcerán, el Cabezo Cortao o el Mar Menor a lo lejos. Esa ventanilla, en tiempos de empresas químicas en Cartagena me sirvió también como parapeto de ese olor que al cerrar los ojos me viene a la nariz: sulfatos y mercaptanos que anunciaban que estábamos llegando a nuestro destino. De hecho, recuerdo a mi padre contestar a nuestras quejas decir: “ya sabéis lo que significa, hemos llegado casi”.

Una vez “aterrizados” en Cartagena, tocaba pasar todo el Paseo Alfonso XIII (mi padre tenía calculada la velocidad exacta para que todos los semáforos le tocaran en verde) para luego, por la Plaza de España y al lateral de una gasolinera primero y del Museo Naval luego, girar en la Calle Real hacia el barrio de La Concepción, conocido en Cartagena como “Quitapellejos”. Una vez aparcados frente a la casa de mis abuelos, y aunque ahora parezca increíble, tocaba estirar las piernas tras bajarnos del coche, pues el viaje había llevado no menos de una hora. Mis abuelos esperaban expectantes en el balcón y cuando veían aparecer el coche por la esquina empezaban a saludarnos y mandarnos besos, a la par que les sonreíamos por los cristales. Qué emoción.
Subíamos los dos pisos (sin ascensor) corriendo, mi hermano mayor más hábil, de dos en dos escalones. Nunca, pero nunca, faltó mi abuela en el rellano para abrazarnos fuertemente y “comernos” a besos. Mi abuelo se encontraba en la cocina terminando de freír esas patatas fritas que tanto nos gustaban, así que el siguiente paso era correr por el pasillo a saludarle y a coger una patata de las ya fritas sin que se diera cuenta. Lo que daría por volver a comer esas patatas fritas. De nuevo me vuelve el olor y también el sabor a la mente y al paladar. De hecho, estoy salivando.
Tras un aperitivo de navajas y mejillones (o almejas, dependía de lo que hubiese comprado fresco en “la plaza” el día anterior) y ya en la mesa del comedor (que ahora tengo en mi salón, aunque no es la original, es otra muy parecida que compró mi abuelo después) y sobre el mantel de cuadros rojos y blancos o verdes y beige (que también guardo para ponerlos de vez en cuando) degustábamos o bien arroz y conejo o bien salsa de ternera con esas patatas fritas únicas. Mi abuelo, con cierto gusto por ver los platos vacíos, siempre decía jocosamente que parecía que no habíamos comido en toda la semana. Mi abuela, nos insistía en que comiéramos más y más, pues para ella nunca comíamos lo suficiente. Tras un poco de embutido y fruta de postre, nos lanzábamos al salón a jugar con los juguetes que una vez fueran de mis primos mayores. Ahora mis abuelos y mis padres charlaban y tomaban café. Y también echaban una “cabezadica”, que para eso era domingo.

Era entonces, cuando a eso de las cuatro y media de la tarde, continuábamos con la rutina caminito de La Unión. Toda la Calle Real y llegábamos al destartalado por aquel entonces puerto y por la carretera que bordeaba el submarino Peral, pintado de gris y rojo, cogíamos en la Plaza Bastarreche la carretera de La Unión. Los Mateos, Los Partidarios, La Esperanza… Y el tren de FEVE Cartagena-Los Nietos a nuestro lado en numerosas ocasiones. Maderas Asuar, Frigoríficos Bolea, Tubaceros… Y enseguida la gasolinera de La Esperanza y el Cementerio Municipal, tras el que nos encontrábamos el ilustre letrero “LA UNIÓN. CIUDAD MINERA Y CANTAORA”. He de manifestar en este punto mi descontento porque este cartel haya desaparecido y que además la palabra cantaora se haya sustituido por flamenca ¹. Los unionenses (yo no lo soy directamente pero me siento como si lo fuera) no somos andaluces y lo que nos ha distinguido siempre y nos distinguirá es nuestro cante, no nuestro flamenco. Ese cante nacido en la mina, como modo de aliviar la dureza del trabajo y las largas jornadas en condiciones extremas. Eso es cante, cante jondo, no flamenco. El flamenco lleva aparejada otra serie de características que no se daban en la mina. De hecho, al Cristo de los Mineros, en su procesión de Jueves Santo se le cantan saetas, no se le bailan sevillanas (por poner un ejemplo, pongan otra cosa en vez de sevillanas). No sé si sabrán ustedes que el famoso “Soy minero” de Antonio Molina lo compuso un unionense con la inspiración del trabajo de las minas en La Unión. Lo que pasa es que, como en muchas ocasiones, uno no es profeta en su tierra, y fue el gran Molina el que lo interpretase. Su autor y creador hizo entonces un arreglillo y puso Sierra Morena, lo que ha despistado a generaciones de unionenses y ha hecho a otras tantas generaciones de andaluces creer que ese sentir que narra el tema era de un minero andaluz. Pero en primera instancia fue la Sierra Minera.

*Un tipo de los suelos en mosaico que había en la Casa del Piñón

Prosigo. Pasada la Calle Mayor llegábamos a la monumental Casa del Piñón, en cuyo balcón o mirador de su primer piso ya nos estaba esperando mi abuela, Isabelita Peñalver (1917-2007). Característica por estar algo “teniente”, tras diez minutos tocando al timbre nos abría la puerta (hubo alguna vez que mi madre tuvo que utilizar su llave pues la habíamos pillado durmiendo la siesta y entonces sí que no oía ni el fin del mundo) y esperaba en la puerta que pueden ustedes observar en la imagen. Desde 2009 la Casa del Piñón es sede del ayuntamiento de la localidad, por lo que la imagen que observan contiene un directorio de despachos y personas. Esas escaleras que observan en la otra foto las bajó mi madre el día de su boda vestida de novia y desde el segundo piso del edificio mis hermanos y yo (algunas veces junto a mi primo que venía de vacaciones) lanzábamos unos paracaidistas de plástico a los que se les abría el paracaídas y convirtiéndose sus piruetascírculos y un sin fin de cosas más que nos imaginábamos. Algún pobre paracaidista “murió” en acto de servicio pues el paracaídas venía defectuoso de fábrica y no se abrió. Descanse En Paz. Y descansen en paz el resto, pues menuda “tralla” que llevaron. Los susodichos nos los compraba mi abuela en el quiosco que tenía justo debajo, el de Micaela, así como cromos, revistas o cómics. Alguna golosina también caía, aunque lo que mejor recuerdo son los pasteles de Corví. Nada más llegar, siempre mandaba a mi hermano pequeño a recogerlos. “Os he comprado hamburguesas de esas” nos decía refiriéndose a unas deliciosas napolitanas de chocolate que nos comíamos mientras correteábamos por el primero izquierda de la Casa del Piñón, sobre suelos de mosaico* y bajo techos con frescos, relieves de ángeles o cenefas dignas de palacetes del siglo XIX. Bueno, no voy a ser modesta, es que la casa de mi abuela era todo un palacete por dentro pues fue la casa/apartamento que Joaquín Peñalver (“el Piñón”) se hizo a su gusto para vivir con su familia. En ese piso se jugaba de lujo al escondite, pues era tan grande y tenía tantos rincones que el que la encontraran a una era muy difícil (un día por poco no encontramos a mi hermano pequeño, menudo susto). También es cierto que yo nunca pasé de la cocina (bueno, un par de veces acompañada de mi abuela o mis padres) pues me daba un miedo terrible. Mi abuela tenía todos los balcones de esas habitaciones cerrados por lo que todo era oscuridad. Yo imaginaba fantasmas, dragones y un sin fin de seres extraños de la cocina hasta el final. Ya cuando tuve más conciencia y a modo de sarcasmo la llamaba la Terror House pues además de darme miedo como digo, tengo entendido que una vez en sus dependencias se rodó algún tipo de corto o película de miedo de serie B. ¿Se imaginan que durmiendo me aparece Drácula y me muerde? Callen, callen, qué miedo, como diría mi hermano pequeño “se me cae todo el pastel”. Y disculpen la expresión.

 

 

Escalera de la Casa del Piñón

Y bueno, hasta hace cuatro años y tras un parón por el traslado de mi abuela a Murcia y situaciones personales varias, yo siempre vi las procesiones, cabalgatas, desfiles de fiestas y maratones desde los balcones de la Casa del Piñón, desde los balcones de mi abuela. En Semana Santa la casa se llenaba de amigos y familiares pues el sitio para ver las procesiones era inmejorable. Ya más mayor no la veía terminar de pasar, pues a las tres había de estar en Cartagena vestida de capirote para desfilar en El Encuentro y me echaba a intentar dormir un rato. Y digo intentar porque la procesión subía por la Calle Numancia (la casa de mi abuela hacía una especie de L-chaflán) hacia la Calle Mayor por lo que el redoble de tambores era por duplicado. Y al ser la casa amplia y antigua retumbaban que no vean. Pero bueno, si al fin y al cabo en un rato me iba a desfilar entre tambores, ya voy acostumbrando el oído, pensaba yo.

Pero siempre, fuera Semana Santa o un domingo cualquiera, la rutina terminaba de la misma manera: bajando las escaleras de dos en dos o incluso por la barandilla (hecho real: vi a mi hermano mayor una vez hacerlo, doy fe) y cargados de pasteles para llevarnos de vuelta a Murcia. Cuando salíamos por el portal ya era de noche por lo que en el viaje de vuelta tocaba recordar todo lo hecho aquel día, pensar en que al día siguiente había “cole” y echar alguna cabezada tonta.
Ayer por cuestiones varias hice el mismo trayecto, eso sí, por autovía, sin unos abuelos a los que visitar y sin casa alguna a la que tocar al timbre y subir correteando. De Cartagena todo ha cambiado; por tener allí a mi familia y por la Semana Santa he ido viviendo su evolución. Pero aun así no entiendo algo, algo que pensé mientras esperaba en el semáforo de la Plaza Bastarreche caminito de La Unión: cómo es posible que Cartagena con su historia, su potencial turístico y su tejido empresarial no sea la nueva Barcelona del siglo XXI. Aquí me van a perdonar mis paisanos pero creo que parte de culpa la tenemos nosotros, los cartageneros, por nuestro carácter. Es muy posible que el día que asumamos que Cartagena ya no es ciudad militar por excelencia, que la refinería ya no es estatal y que «la Bazán» es Navantia y es deficitaria podamos entonces dar el paso a explotar el gran potencial de nuestra ciudad, que desde luego no está en esas tres cosas que acabo de citar. El pasado es preciso recordarlo siempre pero también es preciso mirar hacia el futuro y sin nostalgias que no sirven para nada. Fuimos lo que fuimos, vamos a luchar juntos ahora por ser otra cosa, sin olvidar nuestro pasado, pero sin nostalgia ni complejos.

Una vez se puso en verde, cogí la N-332, caminito de La Unión. La carretera básicamente la misma; el paisaje, no. Es en este punto en el que mi infancia y la actualidad entraron en conflicto. Pues mi infancia no ha cambiado ni va a poder cambiar ni con ella mis recuerdos pero los paisajes y lugares, sí. También las personas. Tras pasar el cementerio, mi cartel preferido ya no estaba. Continué por la Calle Mayor hasta llegar a la monumental Casa del Piñón, donde mi abuela no me esperaba. Eso sí, pude aparcar donde mi padre siempre lo hacía. Esas cosas parece que cambian poco. Al entrar, el quiosco de Micaela hecho conserjería. La puerta del portal la misma, eso sí, restaurada. La escalera y puertas principales de las casas también, pero poco más. No pude sentir mucha nostalgia, pues las dependencias son todas de nueva construcción. El patio donde mi abuela tenía a sus gatos y sus macetas totalmente renovado con un ascensor (¡lo que hubiese dado mi abuela Isabelita Peñalver por un ascensor! Lo que no sé es cómo no se lo ocurrió a ella…) al que subí a la terraza. Allí sí me invadió la nostalgia, pues poco había cambiado. Y aunque los paisajes se alteren con construcciones nuevas y demás, los naturales, en un periodo tan pequeño de tiempo que son veinte años para la madre Tierra, no.

Igual que creo que los abuelos deberían ser eternos, algunos personajes de pueblos y ciudades, también. Pues aunque el tiempo pase son seña de identidad de los mismos. Y algunos edificios y construcciones, por los que mucha gente ha luchado, también. Así que aprovechando mensaje viral que circula por las redes sociales diré que No eres de La Unión si… no has sido nieta de Isabel Peñalver.

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¹ En una entrevista posterior con el que era alcalde de la localidad cuando publiqué este artículo, Francisco Bernabé, tuvo a bien aclararme que el cambio de «cantarora» a «flamenca» se había decidido debido a que a día de hoy en el Festival Internacional del Cante de las Minas que se celebra todos los años La Unión son distintos los premios que se otorgan dependiendo de las distintas disciplinas en las que se compiten: intrumentistas, desplante, guitarra, etc.